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Zúrich: el secreto del lujo cotidiano

Ocho girasoles cabizbajos de una misma planta rodeada de maleza miran en lo que se convertirán: en el girasol vecino con corazones de semillas negras de pétalos aún amarillos que caen sin terminar de caer. Algunos lo hacen en la fuente de piedra semicircular que tienen debajo.

Es un rincón asilvestrado del centro de Zúrich que parece rebelarse contra el orden de la ciudad. Un pequeño caos de belleza inesperada en una placita que cuenta con una de las más de 1.200 fuentes con agua potable de esta ciudad que lidera listas tan codiciadas como la de mayor prosperidad o inclusión, y que ocupa el segundo lugar de rankings como el de ciudades inteligentes o de mejor calidad de vida, después de Viena. Zúrich condensa el espíritu de Suiza, segundo país con mayor esperanza de vida del mundo: 82,9 años, solo detrás de Japón, con 83,9 años, según la Unesco.

Aunque para muchos es sinónimo de bancos, negocios, dinero, money, argent, Geld, i soldi…, Zúrich quiere ser más que el motor financiero de la Confederación Helvética y uno de los epicentros del capitalismo mundial. Buena parte de su presupuesto anual, de unos 9.000 millones de euros, lo invierte, desde hace 25 años, en ser una ciudad amigable, multicultural, abierta y diversa.

La milenaria génesis babélica de Zúrich ha vuelto para que lidere el futuro. Su metamorfosis es la herencia ancestral de viajeros de los cuatro puntos cardinales que pasaban por allí en armonía de culturas, lenguas, negocios y conocimientos y hoy con la inmigración, que representa la tercera parte de sus 434.000 habitantes.

Salto a las aguas del río Limmat desde el puente de Kornhaus.
Salto a las aguas del río Limmat desde el puente de Kornhaus.

En el siglo XXI su prestigio no para de crecer gracias a ser pionera en áreas como educación superior, tecnologías emergentes, ciencia, creación de proyectos y empresas innovadoras, integración, oferta cultural y una gran complicidad con la sostenibilidad y la naturaleza convertidas allí en lujos cotidianos para…

antes de ir al trabajo, o en cualquier momento, bañarse, nadar o bucear en mitad de la ciudad en alguno de los once balnearios del lago o en su río cristalino…

descubrir bajo el sol o la luna los secretos de la ‘Puerta del infierno’, de Auguste Rodin y Camille Claudel, una de las 1.300 obras de arte al aire libre…

Como el resto de los suizos, los zuriqueses hablan tres o cuatro idiomas: de base, el alemán (y el dialecto suizo-alemán), el francés o el italiano, según su cantón, pero entienden uno o dos de los que no les corresponde; más el inglés y otro idioma más, como el español.

El espíritu multicultural de Zúrich se ha potenciado aún más desde 2008, cuando Suiza entró al espacio europeo Schengen. Doce años después, eso podría estar en peligro por el Swixit: este 27 de septiembre los suizos decidirán en una votación sobre el control de la inmigración, lo cual significaría el fin del acuerdo sobre la libre circulación de personas con la Unión Europea. Dudan de que la iniciativa salga adelante, pero no se fían vistos los resultados de recientes votaciones diferentes en otros países y por las circunstancias de la covid-19. Sobre esta iniciativa advierte, incluso, Jöel Mesot, presidente de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich o Universidad ETH (1854), sexta del mundo, primera de la Europa continental y pionera en investigaciones en diferentes campos:

—Si la iniciativa se aprueba, otros acuerdos bilaterales importantes entre Suiza y la UE, como el de investigación, pueden estar en peligro. Agregaría incertidumbre innecesaria a una situación ya frágil y pondría en peligro la innovación y la investigación en Suiza a largo plazo.

Zúrich parece no escapar a su sino de avanzar en medio de la tensión. Ni de la fama de ciudad cara, pero así mismo son sus sueldos: de media, un albañil gana 5.500 euros mensuales; un maestro de primaria, 7.000, y un diplomático, 13.555 (aunque los suizos asumen las cotizaciones), según el informe Lohnbuch (nómina de sueldos) de 2018. Gratis, la ciudad da sorpresas como…

Corine Mauch, la primera mujer frente a la alcaldía de la ciudad suiza, en la Stadthaus a finales de agosto.
Corine Mauch, la primera mujer frente a la alcaldía de la ciudad suiza, en la Stadthaus a finales de agosto.

extraviarse en el laberinto de callejuelas por el casco antiguo y pasar de una época a otra en un minuto…

sentarse en los muelles de las aguas que la atraviesan con un sándwich y jugar con los pies descalzos con el agua cerca de algún pato desdeñoso…

A mediodía, el sol cubre de purpurina de colores el lago y el río Limmat, que nace allí rumbo al norte. A lado y lado de las aguas, la ciudad se encarama sobre montañas hasta perderse en bosques. Solo las agujas de las casi 60 iglesias, protestantes y católicas, rompen su arquitectura de elegante serenidad desde la terraza de la ETH, en el costado oriental del río.

Más de 50.000 estudiantes de todo el mundo van y vienen en el pequeño funicular que lleva a la ETH y la vecina Universidad de Zúrich, o suben hasta aquí por calles sombreadas de árboles a pie o en bicicleta. Y 20.000 estudian en otros puntos de la ciudad, en universidades de ciencias aplicadas. Viven, asegura Mesot, el mundo dual, analógico y digital, que ya empezó en ETH:

—Durante décadas hemos invertido en tecnologías digitales. Tratamos de combinar la enseñanza digital con experimentos prácticos analógicos para los estudiantes. Esta forma híbrida preparará a nuestros estudiantes para el futuro. Un proceso que se ha acelerado con la covid-19.

Uno de los tranvías de Zúrich, blancos con franja azul, en Paradeplatz.
Uno de los tranvías de Zúrich, blancos con franja azul, en Paradeplatz.

El éxito del progreso de Zúrich se debe al acceso abierto a una educación pública de alta calidad, defiende Jöel Mesot. Hasta hoy, 21 premios Nobel, como Albert Einstein, han tenido vínculo con la ETH de Zúrich:

—Casi el 88% de los adultos ha completado la educación secundaria superior. Zúrich es uno de los centros tecnológicos más importantes de Europa. El próspero ecosistema tecno permite que en la ETH se hayan originado entre 25 y 30 empresas start-up en información y tecnología de las comunicaciones, materiales avanzados o biotecnología. En el último año, GetYourGuide se convirtió en el primer proyecto escindido de la ETH en lograr el estatus de puntero con una valoración de mil millones de dólares antes de que se publicara.

Son muchos los proyectos de la ETH que han transferido conocimiento y bienestar a la sociedad. Cuatro a punto de salir son liderados por Vanesa Rocha Martín, de Argentina; Etienne Jeoffroy, de Francia, y Yurena Seguí Femenias y Alejandro García, de España. Los estudiantes-investigadores hablan de sus hallazgos en la planta abuhardillada del Laboratorio de Innovación y Emprendedores de la ETH. De salir el proyecto de Vanesa Rocha, los futuros padres la podrían poner en un pequeño altar:

—Los bebés en sus primeros meses lloran sin que se sepa por qué. Parte de ese llanto puede deberse a cólicos. Yo estudio cómo utilizar bacterias para tratar el cólico de los bebés y que no tengan dolor. Es un efecto ya probado.

La futura deuda con Alejandro García, aliado con la inteligencia artificial, será porque se podrán comprar productos en una tienda sin tener que pasar por caja:

—Nuestro sistema consiste en que al entrar al establecimiento se pasa por una máquina una tarjeta de pago mientras un sistema 3D crea un código para reconocer al cliente y seguirlo para ver qué productos pone en la cesta. Al salir del local se efectúa el pago automáticamente.

Los dos proyectos de Yurena Seguí Femenias y Etienne Jeoffroy son del campo de la construcción y la seguridad de viviendas y edificios.

—Hago la supervisión de la durabilidad de las infraestructuras; del riesgo de corrosión y previsión de estructuras de hormigón para detectar un posible fallo —explica Yurena Seguí.

—Lo mío se centra en minimizar la huella de carbono, la toxicidad y la inflamabilidad de un edificio —cuenta Etienne Jeoffroy.

El arquitecto Sebastian Hoffmann, retratado en uno de los espacios del proyecto de viviendas sociales Fogo
El arquitecto Sebastian Hoffmann, retratado en uno de los espacios del proyecto de viviendas sociales Fogo

El porvenir pasa por Zúrich. En 1932 la FIFA fijó su sede en la ciudad. Lo sabe Google, que instaló aquí sus oficinas más grandes después de las de Estados Unidos, y lo sabe Tyler Brûlé, fundador de Monocle, la revista de referencia de estilo de vida que, tras el Brexit en el Reino Unido en 2016, abrió aquí su única sede de Europa continental al considerarla un nido del futuro y dadora de placeres al…

entrar en cualquiera de las más de cien galerías o tiendas de arte, muchas de ellas en calles escondidas…

subirse a uno de sus ‘Trams’, tranvías blancos con azul, sentarse en el último vagón y ver cómo la ciudad se aleja al sonido de sus timbres antiguos…

La socialista Corine Mauch, primera alcaldesa (lo es desde 2009), tiene su despacho en un edificio medieval junto al río, donde se casó en 2014 con su pareja de toda la vida, la músico Juliana Müller (el matrimonio homosexual es legal en Suiza desde 2005). Recuerda momentos vividos tras los desvelos de los ochenta y primeros noventa:

—Vivimos tres problemas fundamentales: la escena abierta de la droga, una difícil situación financiera por asumir gastos de municipios próximos y la escasez de vivienda que trajo la inmigración. A partir de 1995, cuando se controlaron las drogas, Zúrich se recuperó de décadas de estancamiento gracias a nuevas políticas y acuerdos bilaterales con la UE. Hoy, el 98% de sus habitantes dice que les gusta vivir en Zúrich.

Uno de ellos es Max Rabinovich, de 21 años, estudiante de Ciencias Políticas y Filosofía en la Universidad de Zúrich:

—Mi generación le tiene mucho cariño a Zúrich. El verano es muy especial, cuando uno se puede bañar en el lago y el río, y encontrarse con amigos. Aunque no es muy poblada, tienes la sensación de estar en una gran ciudad con mucha oferta cultural.

Una de las salas de estudio de la ETH, la Escuela Politécnica Federal de Zúrich.
Una de las salas de estudio de la ETH, la Escuela Politécnica Federal de Zúrich.

Es la comunión de dos elementos del ADN de la ciudad: naturaleza-agua y su vocación histórica de multiculturalidad que se remonta a sus orígenes hacia el año 15 a. C. Los romanos levantaron en este valle, en el extremo occidental de un lago con forma de luna creciente, el puesto de aduana Turicum. De su posición geográfica y política procede el espíritu de ciudad abierta y capacidad de integración con los migrantes, cree Peter Haerle, secretario de Cultura y Turismo:

—Además, tiene una gran tradición de comercio con pueblos extranjeros. Destaca el de la seda en el siglo XIX, de donde procedería buena parte del sustrato económico de hoy. Hacia 1850 era el segundo productor de seda en el mundo. Y por último, Zúrich tiene tradición republicana: todas las personas tienen la capacidad de ascender, todos pueden formar parte de la sociedad.

Así se convirtió en un cruce de historias, de creación, de oportunidades y de caprichos modernos o naturales insospechados por…

hacer surf en un descanso del trabajo escoltados por el edificio más alto de la ciudad…

toparse con plazas y flores inesperadas como esos girasoles encima de una fuente de piedra…

Aunque ese decorado seguramente no sea tan espontáneo. Gabriela Stöckli, directora de la Casa de Traductores Looren, piensa que la persona que plantó esos girasoles lo hizo con cuidado, buscando que fueran un elemento más libre para crear un espacio típico más que uno excepcional: “Engloba lo que es Zúrich hoy: un lugar que da la bienvenida a la pluralidad, siempre y cuando no sea muy extravagante; una ciudad cuyos habitantes tienen el talento y el deseo de cuidar el detalle para convertir la vida cotidiana en una experiencia estética”.

Pablo Niederberger, retratado en el centro de cultura alternativa Rote Fabrik, donde trabaja programando conciertos.
Pablo Niederberger, retratado en el centro de cultura alternativa Rote Fabrik, donde trabaja programando conciertos.

Desde su casa, en las montañas orientales, el atardecer broncea la ciudad. Stöckli ocupa la primera planta de un edificio de tres con su marido, Carlos Rabinovich, un arquitecto argentino, y sus hijos Vera y Max (el ya mencionado universitario).

Cenaron macarrones con queso suizo. De postre, sandía, mientras hablan de Zúrich.

—Lo que más me gusta es que se llega al bosque o a una orilla bonita caminando en 15 minutos, y en el camino hay una fuente donde tomar agua cada dos por tres —cuenta la madre, y todos asienten con la cabeza.

¿Cambiarían algo?

—Creo que limpiaría y ordenaría un poquito menos —dice Stöckli entre las risas de todos—. Dejaría las cosas un poco más crudas.

—Aumentaría la presencia del humor en la vida cotidiana, tomarse las cosas con un poco más de liviandad —desea el padre.

Otros pidieron, en un referéndum infructuoso, menos campanadas a todas horas, la única estridencia que se permite la ciudad. El bienestar aquí es la suma del tiempo, explica Carlos Rabinovich:

—En Zúrich las fuerzas renovadoras han presentado una batalla ardua. Se ha desempolvado ese estigma de ciudad donde el dinero lo es todo. En ese proceso está aún.

Carlos Rabinovich y Gabriela Stöckli, junto a sus dos hijos, Vera y Max, en su casa de Zúrich
Carlos Rabinovich y Gabriela Stöckli, junto a sus dos hijos, Vera y Max, en su casa de Zúrich

Si dos milenios atrás se enraizó la multiculturalidad y en el siglo XIX, con la seda, habría empezado el colchón del dinero, es en los años veinte del siglo pasado donde nace parte de este presente-futuro de Zúrich.

En el número 33 de Langstrasse, en el Distrito 4, el barrio obrero, multirracial, con gran actividad de ocio nocturno y una zona roja de prostitución (legal en Suiza), vive Bruno Kammerer, de 84 años. Su padre ayudó a exiliados españoles de la Guerra Civil. Habla español, estudió Bellas Artes, se dedica al diseño gráfico y fue concejal de Cultura y Urbanismo por el partido socialista entre 1970 y 1998. Ha sido testigo de casi todo:

—Después de la I Guerra Mundial, Zúrich empezó a crecer. Los planes de viviendas de cooperativas que se mantienen hoy se formaron con un Gobierno de izquierdas. Eso ha permitido vivienda digna para mucha gente. También surgieron cosas más raras como un plan de desarrollo que echaba abajo el casco histórico y convertía Zúrich en un gran centro comercial con rascacielos; es decir, una ciudad para trabajar, no para vivir.

Ese plan nunca prosperó. Pero encareció el suelo, asegura Kammerer. Se perdieron lugares de bienestar, hasta que a principios de los ochenta protestaron los jóvenes. “En 1980 tuvimos un verano de lucha en las calles. Hubo eslóganes como que la cultura nos asfixia, en referencia a los presupuestos para la alta cultura, pero no para la independiente. Una colaboración entre la izquierda y la derecha consiguió unas antiguas fábricas en la orilla oriental del lago para la Rote Fabrik, la fábrica roja”. Para Kammerer “se vive bien en esta ciudad”, donde se puede…

comer pequeños chocolates y comprobar por qué es un manjar de los dioses…

en otoño buscar setas a menos de media hora y en invierno lo que se quiera con la nieve…

Cinco antiguas fábricas son laboratorios de música, teatro, cine, arte, cualquier expresión artística alternativa y salas de debate. Es la Rote Fabrik. Fuera, la fachada de ladrillo rojo tiene en la parte inferior el colorido de los grafitis. Pablo Niederberger, corresponsable de programación de conciertos, cuenta la historia con su español aprendido en Salamanca (España):

—Esto es gracias a los jóvenes que protestaron pidiendo poder expresarse con su teatro y su música. Casi no existían salas así. Aquí se hizo mucha música independiente y grandes discográficas instalaron sedes en Zúrich. Otras ciudades copiaron el modelo.

La cultura en el centro, sí, pero, Stöckli reflexiona:

—La cultura está muy profesionalizada. Su institucionalización aumenta la necesidad de definir una posición de independencia y mirada crítica sobre el sistema. La sociedad marcada por la migración es un importante catalizador en este proceso que vive un momento apasionante.

En Paradeplatz, corazón de Zúrich, está lo que podría ser el salón de una nave espacial dominado por el blanco de paredes curvas de la galería Gmurzynska, en cuyo ventanal anuncia: “Espacio diseñado por Zaha Hadid”. La compra y venta de arte ha ocupado un lugar clave en Zúrich. Entre sus proyectos, según Peter Haerle, están:

—La ampliación del Kunsthaus (museo de arte), del arquitecto David Chipperfield, que abrirá en 2021. Con esta extensión e incorporación de colecciones, Zúrich será, después de París, el segundo centro del impresionismo. Se terminará la renovación del Tonhalle, la sala de música, y reforzarán los espacios de artistas independientes con un sistema de promoción para el teatro y la danza.

En una mañana lluviosa, Mike Müller, actor, comediante y figura nacional suiza, indaga en las raíces del prestigio de la ciudad donde nacieron movimientos como el dadá:

—Artes, clubes e intelligenzia. Zúrich tiene el privilegio de albergar a personas interesantes relacionadas con la cultura. La clave no es una gran tradición de artes y teatro, sino la ruptura de reglas y las relaciones internacionales. En los ochenta se fundaron bares y clubes ilegales que fueron la base de nuevas ideas para socializar.

Müller está sentado en una cafetería del Kulturhaus Kosmos: cine, sala de libros y lectura, un escenario, espacio de charlas, bistró, bar. Kosmos organiza debates los lunes. Es la esquina que une el vibrante Langstrasse con la nueva Europaallee, el complejo urbanístico paralelo a las vías del tren cerca a la estación central. Una microurbe, para algunos un poco elitista, señalada de encarecer la zona y símbolo de gentrificación. Pero nadie le niega su imantación cultural en una ciudad donde la gente…

pasea para ver escaparates de anticuarios o tiendas artesanales como obras de arte efímeras…

viaja en transporte público con horas precisas como si el tiempo se hubiera ordenado allí…

A Carlos Rabinovich, que tiene junto con dos socios su estudio de arquitectura Bur Architekten, centrado en la construcción de edificios públicos ganados en concursos, le preocupa la vivienda:

—Los mecanismos de la democracia directa, clave en este país, han tirado por la borda proyectos grandes. Zúrich se encuentra en una dicotomía entre aceptar su atractivo y su crecimiento o evitar cuestionar las estructuras existentes. Es en el campo de la vivienda donde están las manifestaciones más interesantes. Particularmente las de algunas cooperativas.

Otro proyecto que ha llamado la atención es Fogo. Una alternativa para refugiados y jóvenes con viviendas temporales.

Los suizos prefieren el alquiler. Las cooperativas facilitan esta modalidad. El alquiler de un piso de unos 50 metros cuadrados fuera del centro cuesta alrededor de 1.800 euros, y en la zona central, unos 2.400. Comprar sí es un lujo: un piso de unos 50 metros cuadrados puede alcanzar los 600.000 euros a las afueras y 800.000 en el centro.

—Trabajamos para que la tercera parte de la vivienda sea sin fines de lucro. El Gobierno no solo apoya la construcción de cooperativas proporcionando tierras o préstamos a bajo precio, la ciudad también se está construyendo a sí misma. Hay 10.000 apartamentos municipales en construcción o planeados de aquí a 10 años. Muchos edificios municipales, de teatros a instalaciones de natación, están disponibles a precios reducidos —explica Corine Mauch.

El noroccidente es una de las zonas recuperadas. Está la Prime Tower, el edificio más alto, donde a sus pies ejecutivos, niños y cualquiera puede aprender y practicar surf sobre una ola artificial. Al lado, Freitag, la tienda de bolsos hechos con lonas de camiones, y el Frau Gerolds Garten, para comer y reunirse en un rincón de jardines.

El turismo representa cada vez más. Uliana Shtoyko trabaja con Zúrich Turismo, empresa privada asociada con la alcaldía. Nació en Ucrania, se crio en Italia y estudió turismo en Barcelona:

—Zúrich era un destino de turismo de negocio, ahora lo es de ocio. Uno de los hitos que empezó a cambiar su imagen ocurrió en 1992 con la primera Street Parade, el festival de música electrónica. Dio una idea de ciudad moderna, joven, alegre… Zúrich West se ha ido transformando de zona industrial a una de tendencia.

Todos miran la torre de la iglesia de San Pedro, con uno de los relojes murales más grandes del mundo (8,7 metros de diámetro). Suma de formas, nombres y tributos, desde su origen como templo de Júpiter, seguirá cuando pase el tiempo de la covid-19 que ha subido el desempleo del 2,5% al 3,5%. La estrategia ante la pandemia, según la alcaldesa, es perfeccionar lo que ha traído a Zúrich hasta aquí:

—La ciudad se puso en marcha y dio apoyo financiero a las pequeñas empresas y a las culturales. El Gobierno estableció servicios de asistencia de bajo umbral, como una línea de asistencia telefónica para mayores, ayuda financiera de emergencia y acceso médico para los indocumentados. Nadie sabe cómo se desarrollará el corona. Nuestros expertos vigilan la evolución de la economía, estamos en estrecho intercambio con el Gobierno cantonal y nacional para hallar la mejor manera de salir de la crisis.

El amarillo empieza a colorear las hojas de los árboles. Una llovizna fina al atardecer convierte la ciudad reflejada en el río en un gran lienzo puntillista. En Paradeplatz la gente saca sus paraguas y empieza a crear una coreografía espontánea al esquivar los tranvías que se cruzan en varias direcciones y a los que suben cuando otros bajan para continuar la coreografía. En una esquina, un hombre con paraguas blanco, camisa blanca, pantalón azul marino, zapatillas blancas y un maletín ejecutivo pasa junto a una escultura de un inmenso olivo blanco que tiene los años de Zúrich: 2.000. Esta obra de Ugo Rondinone está a los pies de los edificios de Credit Suisse y UBS, dos pilares bancarios de Suiza. En el borde de la acera, el hombre mira a un lado y a otro… El trac trac de los Trams no se detiene…

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