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Yoshihide Suga: el escudero que salió de la sombra

Dicen de Yoshihide Suga que es un trabajador insaciable. Un tecnócrata de primera, capaz de apretar a quien haga falta para sacar un proyecto adelante. Que suple la falta de carisma con su buen hacer y la lealtad a los suyos. Pero por encima de todo, es un hombre hecho a sí mismo, que hizo suyo el lema “donde hay voluntad, hay camino” para escapar de un destino marcado –seguir con el negocio familiar– y acabar siendo el improbable nuevo primer ministro de la tercera economía del planeta.

Este ha sido el mes de las sorpresas en la política nipona. En primer lugar, nadie esperaba que Abe Shinzo, el primer ministro que más tiempo ha permanecido en el cargo, renunciara sorpresivamente por problemas de salud, mucho menos antes de ver celebrarse los Juegos Olímpicos de Tokio. Pero si su baja causó estupefacción, más lo hizo ver cómo su mano derecha durante los últimos ocho años, el discreto Suga, era elegido para sustituirle.

¿Será capaz de dejar una impronta o pasará como un mero interino para dejar que en un año la rueda siga su curso?“La gente piensa que doy miedo, pero soy muy amable con los que hacen bien su trabajo”, ha dicho

Su encumbramiento tiene más mérito si se tiene en cuenta que no cuenta con el respaldo de ninguna de las grandes facciones del gobernante Partido Liberal Democrático, la formación que ha llevado las riendas del país desde el final de la Segunda Guerra Mundial (a excepción de un lapsus de cuatro años).

En circunstancias normales, nada indica que esos poderosos grupúsculos hubieran permitido a un gestor gris y disciplinado carente de pedigrí político hacerse con el poder supremo. Pero estos no son tiempos convencionales. Con el coronavirus apretando, la economía de capa caída, la dimisión sorpresa d’Abe y un contexto internacional complejo, todos han querido dejar de lado los experimentos y apostar por la garantía de continuidad que personifica Suga. Este no ha defraudado y, nada más asumir el cargo, dejó claro que seguirá adelante con las políticas de su predecesor.

Porque si algo parece claro es que Suga no se entiende sin Abe, y viceversa. Si en el plano personal son antitéticos –frialdad frente a carisma, origen humilde versus miembro de las élites–, les une su visión política y una alianza que dura casi tres décadas. Cuando la colitis ulcerosa hizo dimitir a Abe por primera vez en su primer mandato (2006-07), Suga, entonces ministro de Comunicaciones, se mantuvo fiel a su lado y le animó a presentarse a por un segundo ejercicio. Tras lograrlo en el 2012, Abe le nombró secretario de gabinete, un puesto que combina funciones de portavoz del Gobierno y jefatura de personal.

Bajo los focos, el enjuto Suga se erigió en el muro de contención que lidiaba con los periodistas durante sus dos ruedas de prensa diarias y mantenía el tipo en público cuando saltaba algún escándalo. Tras las bambalinas, era el encargado de sacar adelante el trabajo gracias a su destreza para navegar entre los entresijos de la burocracia y conseguir la colaboración, con presiones si hacía falta, del funcionariado, entre el que es temido y respetado a partes iguales. “La gente piensa que doy miedo, pero soy muy amable con aquellos que hacen bien su trabajo”, dijo no hace mucho.

Además, como jefe de gabinete, sus nombramientos ayudaron a concentrar la toma de decisiones en la oficina del primer ministro, lo que permitió a Abe acumular poder y mantenerse con holgura en un cargo que antes veía cambiar de titular con una frecuencia pasmosa.

La legendaria capacidad de trabajo de Suga viene de lejos. Nacido en la fría prefectura norteña de Akita, el mayor de tres hermanos, pronto supo que no quería asumir el negocio familiar de cultivo de fresas. Fue a Tokio a cursar Derecho, estudios que sufragó con trabajos de operario en una fábrica de cartones, en un mercado de pescado o de chico de los recados en un periódico.

Aficionado a la pesca y al karate (llegó a ser el capitán de un equipo), entró en política como secretario de un concejal de Yokohama. Más tarde, ya con 38 años, ganó sus primeras elecciones en esa localidad, en una campaña en la que se dice que gastó seis pares de zapatos visitando 30.000 casas. A sus 71 años, cuando su generación ya disfruta de la jubilación, él sigue una rutina espartana: se levanta a las 5 de la mañana, dedica una hora a la lectura de prensa, pasea 40 minutos y hace un centenar de sentadillas antes de comenzar su larga jornada laboral.

Casado con Mariko (66 años) y padre de tres hijos, Suga era hasta hace poco un gran desconocido para los japoneses pese a comparecer ante las cámaras dos veces al día. Eso cambió el año pasado cuando, con su particular estilo sobrio, descubrió al mundo el ideograma que da nombre a la nueva era imperial inaugurada por Naruhito ( Reiwa , que se traduce como Bella armonía), lo que le valió el apodo cariñoso de Reiwa Ojisan , o tío Reiwa.

Desde entonces, su popularidad no ha dejado de crecer, y alcanzó su cenit esta semana con su nombramiento oficial como primer ministro. Ahora, la única duda es saber si será capaz de dejar una impronta propia en el puesto –para lo que incluso podría adelantar las elecciones previstas para septiembre del 2021– o pasará por ahí sin pena ni gloria como un mero interino para dejar que en un año la rueda siga su curso.

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