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Spain

«Yo me voy, como siempre, en busca de la vida»

Seguro que ustedes han reconocido su frase. Así termina sus microespacios en «Aquí la Tierra» el naturalista Luis Miguel Domínguez, un tipo campechano, locuaz y apasionado de la Naturaleza, que nos regala de cuando en cuando ese mirar curioso y tierno a los animales, muy a lo Rodríguez de la Fuente.

Quizá le hayan echado algo en falta últimamente en su televisor. La verdad es que ha estado un poco ocupado en otros menesteres. El pasado 18 de mayo sufrió un ictus hemorrágico devastador. Fue llevado rápidamente al Carlos III y sumergido en un coma inducido durante 36 días. La pericia de un equipo médico admirable consiguió sortear los peñascos que seguían cayendo como una avalancha bestial sobre su cuerpo: neumonía…fallo renal…neumotórax… Luismi lo resistió todo y a mediados de junio abrió el ojo y empezó el lentísimo camino de la recuperación. Y resulta que hace pocos días ha salido por primera vez de la rutina implacable de la clínica de rehabilitación, y ha concedido su primera entrevista radiofónica. Detrás de su cuerpo “changado”, hemipléjico, con un hablar más lento, sigue estando Luismi. ¿El mismo? No exactamente. Algo ha ocurrido. Según él mismo confiesa “he vuelto del viaje más hermoso de toda mi vida”.

Luismi ha vivido una Experiencia Cercana a la Muerte, una ECM, en sus propias carnes. Es perfectamente consciente de que durante sus 36 días de coma ha tenido sueños que identifica claramente y distingue de “lo demás”. “Lo demás” ha sido algo muy distinto. Ha soñado sí, pero mientras su cuerpo era atendido por los médicos, él sabe que ha estado en otro sitio. Y lo que ha vivido ha sido la experiencia de paz y amor más intensa de su vida. Los que le escuchamos tenemos la suerte de que a Luismi le gusta el lenguaje y es capaz de describir bien lo que vive.

Hay que oírle pintar con su boca, ahora torcida por el ictus, la intensísima belleza de lo que ha experimentado, la casi materialidad de ese amor bestial, denso, “pastoso”, que se ha encontrado al otro lado. Incluso para él, las palabras al final también se terminan agotando. Luismi confiesa tranquilamente su agnosticismo anterior. No ha visto a Dios (creo que no le ha hecho ninguna falta) ni a familiares fallecidos (aunque dice que sabe que “ha estado a punto” de contactar con ellos). Pero como suele pasar en estos casos ha vuelto transformado radicalmente, dispuesto a hablar, aunque sea a trancas y barrancas, a contarlo todo, como un testigo que finalmente se decide a tirar de la manta. Ha vuelto para rebelarse públicamente ante esta visión raquítica y terrorífica de la muerte que seguimos arrastrando desde hace siglos como una bola pesada que el materialismo y la religión peor entendida han encadenado al tobillo de nuestra sociedad. Mentira. Simplemente.

El desconcertante fenómeno de las ECMs sigue desafiando tercamente a la ciencia desde hace décadas. Parece como si algo se empeñase en aporrear periódicamente la puerta de casa con casos como el de Luismi. Uno no puede dejar de acordarse del soneto de Lope (“¡verás con cuánto amor llamar porfía!”). La ciencia ortodoxa sigue agarrándose cada vez con más dificultad a las explicaciones fisiológicas estándar (anoxia, isquemia retinal, endorfinas, epilepsia del lóbulo temporal…) pero los casos -cada vez más elocuentes y mejor documentados- se empiezan a acumular escandalosamente en ese cuarto en el nadie quiere entrar a mirar. Acaba de ser publicado en español, casi sigilosamente, sólo en Amazon, un estudio demoledor: “El Yo no muere”. Nada menos que 104 casos de ECMs en los que el paciente, a veces en muerte clínica documentada, ha visto, oído o conocido datos concretos objetivos que luego han sido corroborados siempre por terceras personas. En uno de ellos, un paciente en coma observa algo que realmente ocurrió en ese momento a 2.300 kilóemetros de distancia. Verificado. Después de esto, podemos seguir repitiendo como papagayos lo de la isquemia retinal y las alucinaciones. Seamos serios: hay algo muy esencial, muy primario, en la consciencia, en el “yo” del ser humano, que no está en última instancia atado al cerebro y que se nos está escapando entre los dedos.

Imagen de Luis Miguel Domínguez difundida por TVE
Imagen de Luis Miguel Domínguez difundida por TVE

La ECMs son hoy lo que Thomas Kuhn llamó “anomalías” en su Teoría de las Revoluciones Científicas: hechos que van claramente en contra de un paradigma establecido. En este caso el paradigma es nuestra concepción estrictamente fisiológica de la consciencia humana.

Como es comprensible, al estamento científico le cuesta sangre apartarse del paradigma. Pero llegado un punto en el que la evidencia ya es incontestable, no tiene más remedio que hacerlo. Es más, dar ese salto es lo verdaderamente científico. Si Einstein y Planck no lo hubiesen dado, estaríamos aún pensando que el tiempo y el espacio son absolutos o que la energía de los átomos es continua. Las ECMs son ese chivato encendido en el salpicadero del estricto materialismo que lleva encendido más de cuarenta años, desde el “Vida después de la Vida” de Raymond Moody, y que nos dice que algo muy serio no funciona en nuestra concepción exclusivamente fisiológica del ser humano.

Podemos seguir conduciendo a todo trapo otros cuarenta años intentando no mirar ese chivato. Pero quizá deberíamos pararnos, abrir el capó y ver qué es lo que está fallando: observar amplia y rigurosamente, sistematizar, clasificar, intentar una hipótesis que explique todo lo que observamos (ECMs incluidas) y ver si la hipótesis se cumple. Eso en mi pueblo se llama “método científico”. Y es algo que ya se está intentando con las ECMs desde hace décadas en otros países: cardiólogos como Pim van Lommel o Michael Sabom, anestesiólogos como David Hameroff, intensivistas como Sam Parnia… Este último, por ejemplo, esta llevando a cabo estos meses la segunda fase de su proyecto AWARE intentando pillar alguna ECM con percepciones visuales objetivas de imágenes en iPads enfocados al techo en salas de reanimación cardiopulmonar, a la vez que mide los parámetros cerebrales de la persona que está siendo reanimada… ¿Para cuándo un estudio serio sobre ECMs en la Sanidad española? ¿Hay alguien ahí leyendo? ¿Somos científicos o vamos a seguir conduciendo sin mirar el chivato hasta que reviente el paradigma?

Luismi es el último representante de este extraño ejército que desafía nuestros conocimientos pero que, sobre todo, nos habla directamente al corazón. Él ya no necesita estudios ni pruebas. Él simplemente lo ha vivido. Sabe que es verdad. Y no se va a callar. Ahora nos toca a nosotros escucharle con atención, leer el libro que está terminando y empezar a vivir sabiendo que al otro lado nos espera «el mejor viaje de nuestra vida».

Gracias Luismi por hacer caso a esa voz (tu voz) que te pidió volver ante el valle infinito. Gracias por darte la vuelta a regañadientes («¡lo jodido es esto!») para meterte otra vez en un vehículo hemipléjico, abollado y renqueante pero desde el que ya estás haciendo el Periodismo más radical que hayas soñado nunca. Y gracias porque has ido y has vuelto, esta vez sí, esta vez a lo grande, «en busca de la Vida».

*Alejandro Agudo es Físico e Informático

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