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Wilhelm Keitel o el mito imposible del nazi bueno

Es peliagudo el mito del nazi bueno con el que nos encontramos cada poco tiempo en películas, novelas y biografías. ¿En quién pensamos cuando hablamos de nazis buenos? En el general Erwin Rommel, militar sobresaliente, hombre de acción, contendiente caballeroso, suicida y perdedor romántico al estilo del buen vasallo ligado a un mal señor. O, mejor aún, en Albert Speer, el arquitecto de Hitler: culto, refinado, idealista... Son atractivos los personajes contradictorios de ese tipo, pero, en el fondo, siempre están romantizados. Rommel, en realidad, fue un competidor feroz en el escalafón de la Wehrmacht y de Speer y su casi impunidad no hay mucho bueno que decir.

El mariscal Wilhelm Keitel es un ejemplo extraño en esa tradición de los nazis buenos. Ni atractivo, ni brillante, ni audaz, ni melancólico... Keitel fue un hombre conservador de ambiciones sencillas y talento limitado. Pasó la guerra detrás de un escritorio aunque, en realidad, él quería volver a la granja que heredó de su padre para dedicarse a la agricultura. A diferencia de Speer, Keitel fue condenado a muerte en Nuremberg y murió ahorcado junto a los peores villanos de la II Guerra Mundial.

Sin embargo, había un instinto de nobleza en la vida de Keitel que quizá fuese más verdadero que el de otros colegas suyos absueltos por la Historia y que hace aún más difícil entender sus decisiones. Ésa es la sensación que queda al leer Mariscal Keitel, Memorias del Alto Mando de la Wehrmacht, el texto que el militar alemán escribió durante su encierro y que La Esfera de los Libros publica ahora en español.

¿Quién fue Keitel? Algunos datos: nació en el centro de Alemania, en una familia de terratenientes de clase media de Hanóver que veía con antipatía al káiser Guillermo y su proyecto político, copado por aristócratas y junkers prusianos. Keitel no podía entrar en casa con el uniforme del Ejército imperial cuando volvía porque su padre montaba en cólera.

El futuro mariscal había sido un mal estudiante y un buen soldado, responsable y honesto. Combatió en la I Guerra Mundial pero salió del frente pronto, en septiembre de 1914, herido en un brazo. Se casó con una mujer que estaba por encima de él en el juego de las clases sociales y que lo incentivó a ser ambicioso. Se recuperó y cayó, un poco por casualidad, en el Estado Mayor como ayuda de cámara. Keitel contó entonces que se sentía inseguro, que pensaba que no estaba a la altura del cargo, pero, a base de lealtad y esfuerzo, construyó una carrera exitosa como oficial durante los años de la República de Weimar. No manifestó ninguna opinión política y tampoco lo hizo cuando Hitler llegó al Gobierno. En 1933, conoció por primera vez a Hitler.A partir de 1938 entró en su círculo como mediador entre el Partido Nazi y la escéptica élite militar.

¿Era Keitel un nazi lleno de odio para entonces? No, pero sí era leal al Führer, igual que lo había sido con los anteriores jefes de Gobierno. Y, como millones de alemanes, veía con satisfacción la recuperación económica y militar de su país.

Podemos explicar esa ambigüedad con un caso concreto: la caída de las SA, la milicia del Partido Nazi.Según aparece en las memorias de Keitel, los líderes de la SA en la ciudad en la que estaba destinado, Potsdam, se ofrecieron a custodiar un arsenal del Ejército ya que les constaba que una conspiración comunista en marcha. Keitel preguntó a sus superiores pero no recibió una respuesta clara. Por su propia iniciativa, escondió las armas lejos de las SA, cuyos líderes planeaban un golpe de Estado que obligara a Hitler a disolver el Ejército y a imponer una política más revolucionara.

El tiempo le dio la razón a Keitel. El Reich desactivó las SA en la Noche de los Cuchillos Largos y Keitel se alegró de haber tomado las decisiones correctas.Después, cuando supo que los líderes de las SA habían sido ejecutados, se sintió escandalizado. Pero lo aceptó.

Toda la vida de Keitel durante la Guerra consistió en eso: en atenuar el odio entre militares y nazis y en acercarse cada vez más al poder por delante de otros colegas más brillantes y ambiciosos.

En 1939, transmitió al Führer el deseo de paz de sus colegas en la Wehrmacht. Su mensaje fue descartado.En 1942 volvió a ser el portavoz de sus colegas, que deseaban detener el exterminio de los judíos para conservar su fuerza de trabajo. Está claro que no fue escuchado. Y en 1944 intentó contener la cólera de Hitler tras el atentado del 20 de julio.

Keitel amagó varias veces durante la Guerra con dejar el uniforme y volver a su granja. El sentido ciego de la obediencia y las presiones de sus superiores se lo impidieron.Cuando se quiso dar cuenta, su firma aparecía en documentos infames como el que autorizaba la ejecución indiscriminada de los prisioneros de Guerra (la causa por la que fue condenado).Su cara también estaba aparecía en muchas de las fotos negras de la historia de Alemania, incluida la firma del armisticio en un cuartel del Ejército Rojo. Keitel no era un nazi bueno, porque ni siquiera era nazi y no hizo el bien, pero puede que todo fuera por un trágico error.

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