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«White Lines»: los rumores tenían razón

Si usted navega por las redes sociales corre el riesgo de encontrarse con usuarios perdidos en su verdad, de esos que defienden a capa y espada sus pensamientos sin importar la opinión de los demás. Este fin de semana me topé con que unos cuantos de estos compartían la misma opinión: «White lines» no es para tanto. Para quien no sepa de qué estamos hablando, se trata del último proyecto de Álex Pina, el Ryan Murphy patrio.

«White lines» se colocó en el número 1 de Netflix después de su semana de estreno. Lo hizo relatando los intentos de Zoe Walker por saber qué ocurrió con realmente con su hermano, cuyo cadáver había sido encontrado más de 20 años después de su desaparición, en Ibiza. «A mí me dijeron lo mismo que a todos, que se fue», comenta Kika, el primer amor del DJ fallecido, en el capítulo inicial. Este liderato no solo lo consiguió en España, también lo obtuvo en gran parte de los países de habla hispana e inglesa. Pero, ¿por qué dicen que no es para tanto?

La combinación de misterio y desenfreno en un escenario tan llamativo como Ibiza parece haber convencido a los espectadores. Eso es obvio. Aunque este hito se devalua al pensar que la película «Ibiza» (y su cuestionable calidad argumental) también lo consiguió. Sin embargo, el secreto de «White lines» no solo está en la isla. Las similitudes entre las obras anteriores de Pina comienzan con el ir y venir del tiempo, esa dualidad entre el pasado y el presente.

En «White lines» se inicia al conectar el hallazgo de los restos de Axel con el momento en el que supuestamente había abandonado a sus series queridos; en «La casa de papel», cuando las distintas instrucciones de El Profesor se convierten acciones. También recurre a canciones reconocibles por el espectador para dar dinamismo a la trama y aporta unos tonos a las imágenes poco recurrentes, que bien se acercan más al videoclip que a la ficción. Por no hablar del reparto. La ficción de Netflix recurre a intérpretes conocidos, pero no mucho. Como Nuno Lopes, el actor portugués que da vida al sicario Boxer, jefe de seguridad de la familia Calafat y encargado de rebajar la tensión de la investigación con humor. Hasta ahí sus aciertos comunes.

Las flaquezas de «White lines» llegan con la intención de proporcionar inquietantes giros de guion al espectador, algo que ya habíamos visto a Pina realizar con gracia, pero no hay regla sin excepción. Por no hablar del ir y venir de idiomas que dificulta situarse en la historia (por muy bilingüe que uno sea).

Así que sí, los rumores tenían razón: «White lines» no es para tanto (si la comparamos con las ficciones que ya ha realizado Álex Pina). Puede que sea una de esas series que pasan sin mucha pena ni demasiada gloria, pero eso no quiere decir que los suscriptores de Netflix no la hayan disfrutado. Seguro que muchos han recurrido a ella para recordar las fiestas que podían celebrarse antes del confinamiento, otros lo habrán hecho promovidos por lo irreversible de algunos de sus diálogos, como el que protagoniza Conchita y que concluye con: «¿Es que es menos un hijo que un gato?». Si no sabe de que hablo, mejor busque «White lines» en el catálogo.

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