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Volver solo a casa

El Barça me recuerda mucho a mí cuando tenía veinte años: lo intentaba todo, pero sin saber nada, no era capaz de controlar mi talento, ni mi fuerza y confundía el amor con cualquier sentimiento. Pero ahí estaba, en el camino correcto y peleando en las batallas importantes, con las armas adecuadas, aunque fuera al precio de perder más de lo que ganaba. Tardaron, tardaron en llegar las ganancias. La impaciencia me jugaba malas pasadas. La ingenuidad era total, y aunque era un joven alegre y que nunca se rendía, la frustración y yo nos conocimos mucho mejor de lo que yo deseaba. Me tomó un tiempo calmarme y comprender a la vez que no podía calmarme demasiado.

Bajo la misma promesa, y la misma impaciencia, madura poco a poco el concepto futbolístico de Koeman en unos jugadores que cada vez entienden mejor lo que espera de ellos. Ataques desbordantes, rápidos, brillantes, con Dembélé creciendo y Griezmann menguando cada día un poco más, si es que esto es aún posible. Mucho más trabajado, el Atlético de Madrid ha aprendido a saber qué hacer con el balón. El fútbol de Simeone ha evolucionado hacia una luminosidad y una belleza que resultan una abrumadora contestación al juego que el argentino proponía hace diez años, cuando llegó al banquillo colchonero. Diez años que han pasado tan rápido que parece que hayamos estado soñando. Ayer, ver jugar al Atlético fue un auténtico placer. La jugada que acabó con el disparo de Marcos Llorente al larguero fue veloz, letal, perfecta. Francamente merecía el premio. Los dos equipos empezaron rindiendo a un nivel altísimo, pero si los madrileños aguantaron, los de Koeman, mucho menos consistentes, como un chaval que gasta todo lo del mes la primera semana, se fue desvaneciendo en su falta de solidez. Messi ni siquiera fue de más a menos: parece definitivamente apagado. Si en general el equipo me recuerda a cuando fui joven, Messi me provoca el vértigo de pensar en qué voy a hacer con mi vida si un día me siento a escribir y no me sale nada. Qué triste es ver a Leo lento, torpe, sin imaginación, impotente. Si él ha acabado así, con lo que fue, ¿cómo acabaremos nosotros?

Pero no fue el ocaso, sino la juventud, lo que decantó el partido cuando más igualado estaba. Ter Stegen, haciendo precisamente lo que más le distingue como portero, que es anticiparse, salió del área pero no llegó rechazo. Si alguien no merece este infortunio es el alemán. Nunca me fue ajeno, y créanme que es desolador, el sentimiento de que tus mejores virtudes te acaben conduciendo al naufragio.

Piqué se rompió por dentro y por fuera, y abandonó el terreno de juego llorando, consciente de que si vuelve a jugar al fútbol, será un milagro. El Barça sin argumentos, sin rebeldía, apenas daba brazadas, como el jovenzuelo que se hacía el seductor imparable con las chicas más hermosas, inteligentes y experimentadas y no paraba de coleccionar absurdas noches desaforadas. Pero es verdad que aprendí bastante de tanto volver solo a casa y en un estado lamentable.

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