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Victoria Maldonado: «El arte es mi excusa para dejar una huella en el mundo»

Nombre completo: Victoria Maldonado. Lugar y fecha de nacimiento: Málaga, 11 de abril de 1989. Residencia actual: Málaga. Formación: Estudié los Ciclos de Grado Superior de Ilustración y Diseño Gráfico en la Escuela de Artes de San Telmo, Grado en Bellas Artes en la Facultad de Málaga, donde realicé, también, el Máster de Producción Artística Interdisciplinar. Ocupación actual: Actualmente curso los estudios de doctorado en la Facultad de Historia del Arte y, al mismo tiempo, realizo un máster de profesorado.

Qué le interesa. Concibo mi obra como un acto de disecar, entendiendo el arte como una excusa para dejar una huella en el mundo, un tiempo fosilizado, disecado. Hago un especial énfasis en el concepto de doble temporalidad, que no es otro que aquel de dejar un vestigio vital en el transcurrir de mis días enfrentado al vestigio surgido en el taller: la escultura.

Es un planteamiento que brota ante el temor heredado de Foucault, en el que el filósofo afirmaba: «Mi cuerpo es el lugar al que estoy condenado sin recurso». Por ello creo órgano, piel, carne, pliegue… aunque sea para disecarlo. El músico Nick Cave sentenciaba en uno de sus documentales que la canción es inmortal y con fiereza observa nuestra propia extinción. Si tachamos la palabra «canción» y la sustituimos por «arte», no alteraría el concepto de la frase, convirtiéndose en una buena sinopsis de mi percepción de la disciplina.

Me considero una artista multidisciplinar, varío el medio si el proyecto y el proceso lo requieren, pero principalmente me muevo dentro del campo de la escultura y la instalación, donde los elementos de la cerámica, la porcelana y el tejido adquieren un papel protagonista.

V. M.
V. M.

De dónde viene. Daré comienzo con la exposición «Causa o pretexto» (Málaga, 2014), que fue una colectiva que se pudo realizar gracias a una beca Iniciarte, la cual tuvo lugar en el Palmeral de las Sorpresas –inexistente en la actualidad– donde se pudo ver una de mis primeras obras realizas en cerámica: «Signum. Ipsa. Victoria Maldonado» (2014). Esta obra evidencia mi posicionamiento en el arte de una forma radical; de hecho, puedo afirmar que el epicentro de mi trabajo sigue girando entorno a ella, a la idea del arte como tiempo fosilizado.

Por su parte, «Labra perfida» fue un proyecto en el cual me apropiaba de un lenguaje científico –el de la entomología– como excusa para narrar mi proceso. Fue mi primera toma de contacto con la porcelana y el tejido, los cuales llevé a sus límites de experimentación. El proyecto se pudo ver en Casa Sostoa (Málaga, 2015). Es uno de los proyectos más especiales para mí porque me permite conocer más en profundidad a Pedro Alarcón–el cual me acompaña en todo el proceso–, y a Jesús Zurita, que siempre había sido y es un referente artístico y, a partir de ese momento, también personal.

«Estudié ilustración y diseño gráfico, pero me di cuenta de que lo mío no era solucionar problemas, sino plantearlos»

Acto seguido realizo mi primera exposición individual, en la cual, el factor azaroso vuelve a tener un papel relevante. La cita gira entorno al encuentro fortuito de un texto escrito en los años sesenta y que sirvió a Debord para sus derivas situacionistas. El autor es el sociólogo francés Paul Henry Chombart de Lauwe. En él estudia los trayectos de una joven habitante de París realizados durante un año, dándose cuenta de que la vida de esta parisina formaba un triángulo en el mapa: el primer vértice era su casa, el segundo, su facultad, y el tercero, la casa de su profesor de piano. Al leer ese texto siento una conexión afectiva con la joven y decido realizar una disección visceral de mi rutina.«Vestigio e impotencia» se tituló la exposición que tuvo lugar en la Sala de Exposiciones de la Facultad de Málaga en 2016.

Ese mismo año tuvo lugar mi segunda individual en la Sala Santa Inés de Sevilla gracias a una Beca Iniciarte, «Something must break», que contaba con un texto de José Maldonado. Participé en la Bienal de Pollensa (Mallorca, 2017) al quedar ganadora de la misma con la obra «Ciento noventa centímetros de caída, dibujos».

Con el dinero del premio decidí irme a Londres a trabajar cerca de un año. Gracias a la precariedad y hostilidad que viví en esa temporada comencé a tejer y a trabajar con materiales menos costosos que la cerámica, por ejemplo, con la cera de los candelabros de un restaurante de lujo donde trabajé una larga temporada y que hoy por hoy definen mi obra actual.

«En Londres trabajé en un restaurante de lujo que apareció en una novela de Sherlock Holmes en el que servía vinos que valían lo que cobraba en cuatro meses»

A mi regreso expuse en ARCO (Madrid, 2018) realizando un proyecto junto a José Luis Valverde y Francisco Javier Valverde en el estand de ABC Cultural gracias al proyecto «Mano sobre mano». Después, en la galería JM (Málaga, 2018), en el espacio Columna JM. Ese mismo año tengo la suerte de participar en el Festival ABABOL (Aladrén, Zaragoza), donde hago mi primera obra de exterior junto a uno de sus habitantes, Antonio Mateo. El título del proyecto es «Sísifo: tres escenas» y se convierte en un punto de inflexión en mi trayectoria.

Participo en mi primera exposición colectiva en la galería Yusto/Giner (Marbella, 2018). Con la misma galería voy a la feria Drawing Room (Madrid, 2019) y realizo mi primera individual con ellos, titulada «El acto de disecar» (Marbella, 2019), para la cual escribió el texto mi amigo poeta José Luis González Vera. Finalmente, «El acto de disecar: segunda escena» tuvo lugar en ArteSantander este verano junto a Yusto/Giner. 

V. M.
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Supo que se dedicaría al arte… Fui tomando consciencia poco a poco. Realmente llegué al arte por descarte. En mi familia nadie se dedica a ello, sin embargo, dibujo desde que era pequeña. Estudié ilustración y diseño gráfico, pero me di cuenta de que lo mío no era solucionar problemas, sino plantearlos. Comencé Bellas Artes y tuve la suerte de coincidir con profesores guías que me han enseñado a observar con el diente retorcido, entre ellos, Carlos Miranda, Blanca Montalvo, Javier Garcerá y Carmen Osuna. Recuerdo estar haciendo cola en la secretaría de la facultad para matricularme del último curso y, mientras tanto, estaba escogiendo las optativas―como se dice mucho en Málaga―al voleo. Entre ellas se encontraba «taller de escultura cerámica». Cinco años después, la cerámica se ha convertido en el eje fundamental de mi trabajo.

V. M.
V. M.

¿Qué es lo más extraño que ha tenido que hacer en el arte para «sobrevivir»? He tenido unos cuantos trabajos raros para sobrevivir en el arte, y seguro que quedarán más por llegar. En Londres trabajé en un restaurante de lujo que apareció en una novela de Sherlock Holmes en el que servía vinos que valían lo que cobraba en cuatro meses. También he vendido turrones en un agosto malagueño.

Me considero una persona sensata ―aunque a veces flaqueé― y soy consciente de que formo parte de un grupo de artistas que tienen que dedicar la mitad de su jornada a un «trabajo quitatiempos» para continuar con lo que realmente nos gusta, que es la investigación en nuestra producción artística. Es este sistema artístico ―casi invertebrado― al que estamos sometidos la mayoría de los artistas de perfil proletario. Pero sabía dónde me metía y lo hacía porque me gustaba. 

Detalle de «Signum Ipsa» (2014)
Detalle de «Signum Ipsa» (2014) - V. M.

Su yo «virtual». La única red por la que me dejo ver es instagram, en el que tengo un perfil bastante centrado en mis proyectos: proceso, referentes, expos... un selfie que otro. Realmente lo que me tiene enganchada a esta red son las conexiones que vas encontrando: conoces a artistas que están en tu misma onda, sigues a los músicos que te interesan... Y el botón de búsqueda con perfiles random:realmente, mi perdición. He de reconocer que tampoco soy una persona súper activa en redes.Voy a mi ritmo, sin obsesionarme.

Dónde está cuando no hace arte. Entre finales de 2018 y principios de 2019 trabajé durante unos meses organizando charlas. Todos los jueves invitaba a gente que me interesaba para que hablaran de lo que les diera la gana. Se hicieron performances, coloquios que iban desde la nueva ola de pintoras y pintores que salían de la facultad, pasando por la narratividad en los discursos contemporáneos, la pizarra de «El muro» o «Blade Runner», entre otros muchos temas. Se realizaban en el bar Culture Club y lo llevaba Gaby Beneroso, que me daba total libertad. Realmente era una camarera que comisariaba eventos y, la verdad, es que me lo pasaba de puta madre. Una pena que lo cerraran, porque lo recuerdo con mucho cariño y se echa mucho de menos en la noche malagueña.

V. M.
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Le gustará si conoce a... Tengo muchísimos referentes, pero supongo que los más importantes serían Louise Bourgeois –mi abuela del arte–, Sarah Lucas, Rosemarie Trockel, Judith Scott, Joan Morey, Alexander McQueen, Matthew Barney, Anna Perach, Julia Colavita –que sigue la estela de Eva Hesse―, Ebony Patterson o Séraphine Louis, del mundo del arte. Novalis, Artaud, Ian Curtis y Nick Cave, de poesía.

De mi generación destaco a José Luis Valverde, Francisco Javier Valverde, Rodri Lorente, Timsam Harding, Delia Boyano, Almudena Fernández Ortega, Irati Inoriza, Gala Knor, Abel Jaramillo, Paco Chavinet, Paloma de la Cruz, Sahatsa Jauregui, Javier Arbizu, Florencia Rojas o Miguel Sheroff.

V. M.
V. M.

Qué se trae ahora entre manos. Este 2019 ha sido un buen año en lo que al arte se refiere. Participé en Drawing Room, realicé mi primera individual en Yusto/Giner («El acto de disecar») y preparé un solo show con la misma galería para ArteSantander («El acto de disecar: segunda escena»). Como siempre compagino mi producción con trabajo, mi investigación doctoral se ha visto un poco perjudicada, así que estoy dedicándome a ella y a un máster de profesorado que inicié en octubre y que me va a tener bastante ocupada hasta mayo. A partir de junio, me abro al Universo.

V. M.
V. M.

Proyecto favorito hasta el momento. El proyecto del que me siento más orgullosa es el más radical y desconocido de mi producción: «Sísifo: tres escenas» (2018, Ababol Festival). Para el mismo recupero el planteamiento de «Vestigio e impotencia» (2016), en el que diseccionaba mi rutina de una forma visceral a partir del texto «París y la aglomeración parisina» de Paul Henry Chombart de Lauwe, con la gran diferencia de que esta vez me dispuse a diseccionar la rutina de un habitante de Aladrén, pueblo aragonés que sufre la despoblación y lugar en el que se realizó la residencia de Ababol. Analicé las tres localizaciones que conformaban el engranaje de su rutina, y así sellé en cada una de ellas su mapa descontextualizado o paisaje nocturno. Las fotografías de los mapas están en las fachadas de los lugares establecidos, como si de una placa honorífica se tratase. El honor de un habitante y de todos a la vez. El acto heroico de levantarse para trabajar, trabajar para vivir, como él, como ella, como yo, como nosotros, como Sísifo. Este proyecto ha sido un antes y un después en mi producción.

Una de las placas de «Sísifo: tres escenas»
Una de las placas de «Sísifo: tres escenas» - V. M.

¿Por qué tenemos que confiar en ella? No sé muy bien si tenéis que fiaros de mí. No estoy aportando nada nuevo. Creo que como artistas tenemos que conocernos a nosotros mismos y mostrarnos con humildad, sin ningún tipo de imposición. Somos un cúmulo de lo que han pensado otros, proyectado desde una perspectiva propia.

Hace tiempo alguien comentó que el arte era como un río cargado de objetos. El artista se dedicaba a coger uno y modificarlo, con el fin de volver a arrojarlo, esperando a que otro artista lo volviera a modificar… Sin más. La idea de «lo nuevo» siempre me ha olido a putrefacción.

V. M.
V. M.

¿Dónde se ve de aquí a un año? Me gustaría verme con más estabilidad en la vida.

¿A quién cedería el testigo de esta entrevista? Le cedería el testigo a Francisco Javier Valverde.

Defínase en un trazo.

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