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Una ONG en el testamento

Lo de dejar dinero en el testamento para buenas causas está muy lejos de ser una ocurrencia novedosa. Nuestros pueblos y ciudades siguen beneficiándose de los frutos de esta costumbre: desde hospitales hasta ermitas, desde barriadas obreras hasta escuelas, incontables edificios e infraestructuras se construyeron en su día gracias a legados que antes llamábamos benéficos y hoy preferimos denominar solidarios. El Código Civil español de 1889 regulaba las disposiciones «para sufragios y obras piadosas en beneficio del alma del testador», cuyo importe se repartía entre la diócesis y el gobernador, y las «disposiciones hechas a favor de los pobres», para las que se podía nombrar un albacea y que, si no, quedaban a cargo del párroco, el alcalde y el juez municipal. Pero, en el último siglo, estas prácticas han caído en desuso, envueltas en la noción errónea de que solo quedan al alcance de familias privilegiadas, capaces de prescindir de una suculenta porción de sus bienes sin que se note mucho en el reparto general del pastel.

Las ONG mantienen desde hace años una campaña muy activa para difundir la idea del testamento solidario, es decir, la posibilidad de incluir en nuestras últimas voluntades a una o varias de estas entidades, ya sea nombrándolas herederas o, lo más frecuente, asignándoles como legado una cantidad o un bien concreto. Veintitrés de estas organizaciones forman parte de la plataforma Legadosolidario.org, que inició sus actividades en 2007. «La donación a través del testamento es relevante porque contribuye a la sostenibilidad económica de estos proyectos a medio y largo plazo y esto aporta seguridad a las organizaciones. Además, estamos viendo que, cuando una persona va a hacer su testamento, si en ese momento se le informa de esta posibilidad, un tanto por ciento alto decide donar», explica Sonia Gómez, la coordinadora de la campaña.

«Un tanto por ciento alto de las personas que van a hacer testamiento, si se les informa de esta opción, deciden donar»

En esta tarea de difusión, han de afrontar tres obstáculos importantes. El primero es que los españoles –o, al menos, esa gran mayoría que no posee grandes fortunas que repartir– no somos muy propensos a hacer testamento: a menudo, preferimos desentendernos de lo que ocurra cuando ya no estemos por aquí, con la convicción de que la legislación vigente ya bastará para hacer una distribución justa de nuestras cuatro cosas. En segundo lugar, la opción de asignar parte de nuestros bienes a entidades solidarias continúa siendo muy poco conocida. Y, finalmente, existe un recelo cultural a introducir a terceros en nuestras disposiciones, como si implicase una traición a la familia o pusiese en peligro el bienestar futuro de nuestros herederos. «En España el tema de la muerte siempre ha sido bastante tabú y ha habido muchos prejuicios para hablar sobre él. No forma parte del discurso social, no hay referentes y la gente prefiere evitarlo. Además, el colectivo de los notarios resulta bastante inaccesible», detalla la coordinadora, empeñada en dejar claro que se trata de un acto «sencillo, económico, reversible y que respeta los derechos de los herederos forzosos», protegidos en cualquier caso por la legítima que establecen los distintos regímenes autonómicos.

Según los datos que recopila el Consejo General del Notariado, el año pasado hubo en España 1.163 herencias que incluían legados de este tipo, con un montante que rondaba los 205 millones de euros. La cifra es muy similar a la del ejercicio anterior, cuando el consejo especificó además que el 60% de los beneficiarios fueron instituciones vinculadas a la Iglesia y el 40% restante, ONG y otras entidades laicas. El Colegio de Notarios de Cataluña, que ofrece datos más pormenorizados sobre lo ocurrido en su comunidad, brinda un detalle curioso: allí las ONG se han llevado el 51% de los legados solidarios de 2019, pero, cuando se traducen a dinero, su parte supone el 70% del total. Es decir, las donaciones póstumas que recibe la Iglesia son más modestas. El decano del colegio catalán, Joan Carles Ollé, no duda en alentar este tipo de disposiciones como «una manera de dar continuidad a acciones solidarias realizadas en el transcurso de la vida» y aclara que estos legados «hay que hacerlos explícitos en el momento de testar». También recuerda que el testamento tiene «un coste aproximado de 50 euros» y no implica ningún procedimiento complicado. La ONG o la entidad correspondiente quedará identificada en el documento con su nombre, domicilio y CIF.

Un viejo poema

La plataforma Legadosolidario.org ha detectado un incremento constante del interés por esta modalidad de donativo, pero a la vez ha apreciado cierto descenso en el montante medio de los legados. Según un estudio realizado en las distintas organizaciones que participan en la campaña, el 62% de los testadores que tienen presentes a las ONG son mujeres, el 53% son solteros y el 69% son socios o donantes de la entidad beneficiaria. Las cifras españolas se encuentran todavía muy lejos de las que se registran en países con más tradición en esta práctica, como el Reino Unido, donde se recaudan por esta vía más de 3.000 millones de euros anuales, de los que el 38% va a parar al ámbito de la salud (con la organización de lucha contra el cáncer en cabeza) y el 15% se destina a entidades que trabajan con animales. En Estados Unidos, la tierra de lo que llaman «donación planificada», los legados solidarios suman unos 35.000 millones de euros anuales y han experimentado un llamativo incremento: hace treinta años, se situaban en torno a los 11.000 millones.

«Son fondos flexibles: nos permiten ayudar sin esperar a que alguien financie un proyecto específico»

Las organizaciones hacen hincapié en que no existe aportación demasiado pequeña y en que, además de dinero, también se pueden dejar bienes. Marie Curie, una ONG británica que trabaja con enfermos terminales, ha confeccionado una lista de algunos legados singulares que ha ido recibiendo a lo largo de los años, como los derechos de un poema de J. Milton Hayes escrito en 1911 (que les han generado 15.000 euros), un cuadro atribuido a Rembrandt (pese a las dudas sobre su autoría, se vendió por 65.000 euros), el piano de la cantante de jazz Adelaide Hall (casi 8.000 euros en subasta) y hasta un 'scooter' para discapacitados que tuvieron que recoger en veinticuatro horas. El dinero recibido por esta vía tiene la ventaja, además, de no estar ligado expresamente a un proyecto, una crisis o una coyuntura determinada: «Gracias a los fondos que obtenemos procedentes de herencias y legados conseguimos llegar donde nadie más llega y en el preciso momento en que surge la necesidad –apunta Israel Quesada, responsable de este tipo de donativos en Unicef España–. ¿Por qué? Porque estos fondos son flexibles. No están afectados por un destino o proyecto concreto. Niños y niñas de lugares recónditos, de los que prácticamente nadie ha oído hablar, pueden recibir nuestro apoyo sin necesidad de esperar a que alguien se interese en financiar un proyecto específico para ellos».

«En vez de perjudicar a mi hijo, creo que le beneficio»

Por supuesto, resulta perfectamente posible que una persona que jamás se ha interesado por cuestiones solidarias sienta esa inquietud en el momento de testar, al meditar sobre ese futuro en el que ya no estará presente, pero los estudios que realizan las ONG demuestran que la mayoría de quienes les dejan un legado ya estaban comprometidos de alguna manera en vida. Es el caso de Conchi Archidona, una madrileña que ya era voluntaria de Unicef antes de enterarse de la opción de incluir a la entidad en su testamento: «La verdad es que yo no sabía ni de qué iba la vaina –admite Conchi, madre de un hijo adoptado– y me pareció muy interesante la posibilidad de dar oportunidades a otros niños. No puedo adoptarlos a todos, y no porque no quiera, que muchos tienen sus familias».

El primero al que se lo comentó fue su hijo, ya veinteañero: «Le dije que él ha tenido la posibilidad de tener un futuro y que podíamos ayudar a otros niños. Yo no tengo ninguna fortuna, solo mi casa y mi sueldo de vendedora», puntualiza. El hijo acogió la idea con entusiasmo y, de hecho, se ha convertido en «un embajador de Unicef que se lo va cascando a todo el mundo, aunque yo le digo que tampoco hay necesidad de pregonarlo». Hacer testamento e incluir el legado fue «muy sencillo» y Conchi se siente «superorgullosa de haberlo hecho», aunque es consciente de que algunos lo interpretan como si arrebatase a su hijo algo que le corresponde: «Para empezar, donas lo que te dé la gana. Y yo no creo que esté perjudicando a mi hijo, sino beneficiándolo, porque gracias a su generosidad habrá otros chavales que van a salir adelante. Si todo el mundo diese algo, cualquier cosa, todo eso se sumaría y se podrían conseguir un montón de cosas».

Conchi tiene 56 años, así que, crucemos los dedos, falta todavía un buen tiempecito para que su legado se haga efectivo. «¡Así lo voy incrementando para que llegue a más, tanto para mi hijo como para el resto!».

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