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Una ecuación de equívoco resultado

'Norma'Teatro Real, Madrid

El Teatro Real ha confiado a ‘Norma’ la posibilidad de obtener un nuevo éxito popular en tiempos inseguros. Doce representaciones del título tendrán lugar en los próximos días a partir del estreno de anoche, en el que un ambiente particularmente inquieto y un aforo importante, dejando los huecos que sugieren las normas sanitarias, hizo notar la fama de la ópera que Bellini escribió sobre libreto de Felice Romani. ‘Norma’ entra por el oído a través de una cascada melódica interminable, revoluciona el ánimo con una acumulación sorprendente de afectos y distrae la vista si es que alguien consigue poner en marcha su articulada maquinaria.

A la calidad musical de la primera representación contribuyó, en gran medida, el maestro Marco Armiliato quien ha sustituido a Maurizo Benini tras cancelar su participación en esta producción por motivos personales. La obertura fue potente, grande y expansiva porque la orquesta titular del teatro suena con soltura a lo largo de toda la obra. Es muy de agradecer esta muestra de viveza que Armiliato compensa poniendo tacto al acompañar las voces, flexibilizando el ‘tempo’ con indudable oficio, mientras rebaja el caudal del foso con condescendencia. El final del primer acto quedó ayer demasiado blando pero la totalidad tuvo consistencia, lo que ayudó a sostener la representación.

Esta ‘Norma’ presenta dos repartos que seguramente ayudarán a entender la obra desde perspectivas vocales distintas. En el primero, Yolanda Auyanet asume el papel protagonista. La salida con la famosa plegaria fue escasa, todavía sin encontrar el sitio, creció en el segundo acto y la conclusión fue brillante. La soprano canaria se encuentra más cómoda ante el ambiente reflexivo con el que se inicia la escena final que con las agilidades que resuelve demasiado precavida. Hubo gestos notables, instantes de lucidez que demuestran lo poco representativa que fue anoche su actuación, dibujando al personaje en tierra de nadie, es decir mutilando una parte anímica esencial de una obra que tiene en la fuerte disparidad de caracteres de Norma un sostén esencial.

Tampoco el plan escénico de Clémentine Margaine fue definitivo pero su Adalgisa tiene peso, una vocalidad más generosa y bien coloreada. El timbre grave, con el de Auyanet más ligero, acabaron congeniando muy bien en el ‘duetto’, ‘Deh! con te, con te li prendi’. Entre las voces masculinas, a la solidez de la ‘sortita’ del Oroveso de Roberto Tagliavini hay que unir la pavisosez con la que Michael Spyres cantó a Pollione: flojo y con el agudo estrangulado en su primera cavatina, ‘Meco all’altar di Venere’, poco activo en el ‘terzetto’ y definitivamente sin mordente en el duetto final, ‘In mia man alfin tu sei’. Se trata de un punto culminante, a punto de consumarse la tragedia y, en él, el coro volvía a cumplir con suficiencia congelando el ademán con la vista retirada ante la infamia traidora de Norma. Marmóreo momento de una producción particularmente marmoleña, que inmediatamente ofrece la escena más espectacular con el fondo envuelto en las llamas purificadoras hacia las que caminan Norma y Pollione.

Escenografía marchita

Llegar hasta aquí supone una dura carrera de fondo. El director Justin Way, en este momento director de producción del Teatro Real, ha querido volver a la ya muy gastada idea del teatro en el teatro colocando la representación en un ensayo general de un viejo escenario del norte de Italia durante la ocupación de Austria tras el Congreso de Viena en 1815. Cuesta mucho creerlo porque la idea se desdibuja en una realización acartonada, escenográficamente marchita, a la que ayuda muy poco el diseño de un vestuario convencionalmente pesante. Hay demasiadas soluciones comunes, desde los cambios a vista hasta el encendido de las luces del propio Real mientras el coro y Norma increpan a los espectadores aprovechando que proclaman la guerra. Y, sobre todo hay una realización excesivamente torpe que mueve a los intérpretes sin flexibilidad, creando cuadros demasiado espesos que depositan gran parte de la responsabilidad en los propios intérpretes, lo que hace que cada cual se mueva según su instinto.

Al final, ‘Norma’ cumplirá el objetivo de convocar a los espectadores, porque la obra invita a ello y porque la propuesta musical que ofrece el Real, en el primer reparto, tiene valores suficientes como para crecer en los próximos días. La vista, ya se ha dicho, es quizá la última recompensa de esta ópera, de manera que poco importa que, de puro acecinado, la producción ponga los pelos de punta.

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