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Un periodista reconvertido en jefe de espías, al mando del ingobernable Irak

«Perseguiremos a los asesinos para darles el castigo que merecen, no permitiremos que los asesinatos vuelvan a las calles de Irak. No hay nadie por encima de la ley», escribió el nuevo primer ministro iraquí, Mustafa Al Kadhimi, en Twitter para despedir a su amigo y asesor, Hisham Al Hashemi. Dos desconocidos abatieron el martes a tiros a la puerta de su casa a Al Hashemi, analista que tenía un peso importante en los medios nacionales e internacionales por su labor de investigación sobre el grupo yihadista Estado Islámico (EI) y por sus críticas a las milicias chiíes apadrinadas por Irán y que tienen un fuerte poder en el país.

«Fue un mensaje a Kadhimi y su círculo más cercano», declaró a The New York Times Michael Knights, analista del Washington Institute for Near East Policy, sobre un asesinato que hasta el momento no ha reivindicado ningún grupo. El primer ministro ordenó abrir una investigación, puso al número dos de Interior a frente de la misma y anunció que nombraría una calle de Bagdad en honor a Al Hashimi. El primer ministro fue recibido con plomo por aquellos que se oponen a su promesa de reformas.

Kadhimi, de 53 años, es abogado de formación, pero ejerció de periodista durante 13 años hasta que le nombraron jefe del Servicio Nacional de Inteligencia en plena guerra contra el califato. Llegó a la jefatura de Gobierno en mayo, después de seis meses de protestas en las principales ciudades del país, que dejaron cientos de muertos y obligaron a dimitir a Adel Abdul Mahdi, y los intentos fallidos de investidura de Mohammed Tawfiq Allawi y Adnan al-Zurfi, que no recibieron el respaldo de la cámara ni el de las calles. El perfil pragmático, apolítico y fuertemente nacionalista de Kadhimi, le sirvieron para tener la luz verde dentro y fuera del parlamento.

Un cartel recuerda a Hisham Al Hashei, exasesor del nuevo primer ministro que fue asesinado el pasado 8 de julio en Bagdad
Un cartel recuerda a Hisham Al Hashei, exasesor del nuevo primer ministro que fue asesinado el pasado 8 de julio en Bagdad - REUTERS

Este experiodista reconvertido en jefe de Inteligencia y sin experiencia política tiene por delante la tarea hasta hoy imposible de gobernar un país roto por 17 años de sectarismo, convertido en un tablero en el que Teherán y Washington dirimen sus diferencias y con el precio del petróleo, la principal fuente de ingresos, por los suelos.

«Por primera vez todos los partidos chiíes se ponen de acuerdo y apoyan a un candidato no islamista, que cree en la libertad y que puede resultar una amenaza para los intereses de las milicias apoyadas por Irán», escribió el difunto Al Hashimi al conocer el acuerdo para el nombramiento de Kadhimi. «Es un candidato de acuerdo entre Occidente y Oriente (Estados Unidos e Irán), con la aprobación de Bagdad», declaró al canal Rudaw el diputado Aliya Nsaif.

En su discurso de presentación prometió «combatir la corrupción» y sus primeras decisiones fueron la liberación de los manifestantes detenidos, colocar de nuevo a Abdul-Wahab al-Saadi al frente de la unidad antiterrorista, su destitución fue la chispa que encendió las calles de Irak en octubre, y dar luz verde a una redada contra el cuartel general de las milicias pro iraníes. Pocos días después de esta redada se produjo el asesinato de su asesor, Al Hashemi, una de las voces más críticas con estos paramilitares a quienes acusó de disparar a manifestantes durante las protestas antigubernamentales.

Del exilio al poder

Nacido en Bagdad en 1967, un año antes de la Revolución del 17 de julio que trajo al baazismo al poder, el nombre original del jefe de Estado es Mustafa Abdellatif Mshatat y la represión del régimen de Sadam Husein le obligó a exiliarse en 1985. Primero viajó a la vecina Irán, refugio de opositores iraquíes, y de allí a Alemania y Reino Unido, país en el que obtuvo la nacionalidad. Licenciado en Derecho, regresó a su país natal en 2003, tras la invasión de Estados Unidos, y comenzó su carrera como periodista al frente de Iraqi Media Network, trabajo que compaginó con la dirección de la Iraq Memory Foundation, organización encargada de documentar los crímenes del antiguo régimen. En 2010 dio el salto a la web estadounidense Al Monitor, como coordinador de la sección dedicada a Irak, y seis años después, por sorpresa, dejó el periodismo para convertirse en el jefe del Servicio Nacional de Inteligencia. Dirigió desde ese despacho la guerra contra el «califato» establecido por el EI.

Trece años de profesión dejan una hemeroteca importante con artículos como este de 2013, cuando Nouri Al Maliki era primer ministro, en los que defendía que «solo un Irak fuerte y unido puede ayudar a defender los intereses a largo plazo del país y esto no puede ocurrir hasta que los actores nacionales e internacionales nos dejen de considerar un simple patio trasero de Irán. El Gobierno necesita pone en práctica políticas independientes». Al Kadhimi criticaba el sectarismo de la clase política que ascendió al poder en 2003 y no perdía ocasión para exigir reformas. Diecisiete años después, la supervivencia de esa élite dirigente ha depositado su confianza en él para tratar de contener la ira de una sociedad que clama contra la corrupción y el desempleo.

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