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Spain

'Un Gobierno con dos pecados originales'

La sesión de investidura definió, entre los alaridos de Pablo Casado, el único Gobierno posible. Se trata por tanto del mejor ejecutivo imaginable, y también del peor. Sobre todo es el más numeroso, con 23 personas sentadas a la mesa. La parca y confusa intervención introductoria de Sánchez demuestra que la "coalición" le duele tanto como a sus rivales, hasta el punto de que pronunció dicha palabra en una sola ocasión, frente a las múltiples referencias a la descafeinada "pluralidad".

Sánchez sintetizó la primera fuga gubernamental del bipartidismo PP/PSOE en la palabra "singularidad". En realidad, repite gabinete sin arriesgar en ningún nombramiento, y construye un gélido anexo en La Moncloa para Podemos. El presidente vuelve a ignorar los compromisos con las baronías y los equilibrios regionales, en este segundo ejecutivo se impone con más fuerza el requisito de no ensombrecer desde una cartera al Jefe de Gobierno. La consigna de aplastar a ministerios a Podemos solo conlleva la crueldad de la destitución en ejemplos como Dolores Delgado, condenada por Villarejo.

Entre las preguntas que Sánchez no ha respondido, figura el interrogante esencial sobre su participación en el nombramiento de los cinco ministros a la vera de Pablo Iglesias. La izquierda antisistema adquiere el rango de realquilada, en el predio habitual de populares y socialistas. Dado que la única medida del éxito de este Gobierno se concentra en su longevidad, la paz interna supera en importancia a los logros externos. El ejecutivo no ha de brillar, ha de durar, y los designados de nuevo cuño sobresalen en esta voluntad de un persistente anonimato.

Conviene pues avanzar que el primer Gobierno no monocolor arranca con dos pecados originales, porque lo lastran desde su origen y porque poseen una originalidad que dara mucho juego al sensacionalismo político. Se trata en primer lugar de la entrada al completo en el gabinete de la pareja formada por Irene Montero y Pablo Iglesias, un ejemplo de nepotismo sin precedentes. Y sobre todo, del nombramiento de cuatro vicepresidencias de momento, a salvo de futuras ampliaciones del escalón intermedio.

Había muchas maneras de no darle la bienvenida al Gobierno a Iglesias, pero el PSOE ha elegido la más estridente. Sin advertir quizás la debilidad intrínseca de admitir que se precisa de un presidente y tres vicepresidentas para bloquear a un solo vicepresidente. El sexo no es circunstancial. Al margen de su valía, la tripleta escogida para la neutralización supone un escudo femenino, para que cualquier protesta sea descalificada desde la perspectiva de género.

El principal cometido de los vicepresidentes de un ejecutivo consiste en pelearse entre ellos, en principio para obtener la anhelada predilección del presidente y en segundo lugar para derribarlo. De ahí que Rajoy solo conviviera con una virreina, después de haber ocupado esta posición vicaria a las órdenes de Aznar. Si los malentendidos vicepresidenciales entre dos animan el cotarro gubernamental, entre cuatro pueden desembocar en el gatuperio. En su presentación, Sánchez no ha iluminado la situación, al apuntar que su equipo "hablará con varias voces, pero siempre con una misma palabra".

En el caso de Irene Montero y de Iglesias, donde a todos los efectos puede hablarse del fichaje de un matrimonio al completo, supone una innovación más sugestiva que la propia coalición. Cuesta encontrar precedentes en las democracias avanzadas. En el socialismo vecino, François Hollande y Ségolène Royal comparten con la Familia Real de Podemos la inexistencia de vínculo conyugal con descendencia común. El presidente galo la acabó llevando a su gabinete, pero solo después de haberse separado. También John Kennedy nombra fiscal general a su hermano Robert, pero Estados Unidos cambió la legislación al quedar escaldado por la experiencia. Y luego está Ivanka Trump, que tal vez no sea la comparación más deseada por el nuevo gabinete de izquierdas.

Desde una desviacionismo intelectualoide, produce especial curiosidad la llegada al Gobierno de Manuel Castells, lo más cercano a un intelectual con influencia global que aporta la España contemporánea. En cuanto a la comunicación por teléfono al Rey de los nombramientos, confirma la falta de fluidez en las relaciones entre Moncloa y Zarzuela. Aquí hay diferentes voces y distintas palabras.

La relación entre los Jefes de Estado y de Gobierno es francamente mejorable, pero nada cohesiona tanto como el descubrimiento de que la supervivencia solo está garantizada si es mutua. Abstrayéndose del precio a pagar por los pecados originales, Sánchez ha logrado materializar en su ejecutivo una arquitectura improbable, que se le debería reconocer si negarle todo mérito al presidente no fuera la regla esencial de la política española.

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