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Un Barcelona sublime vuelve a reinar

Athletic 0 - Barça 4

El equipo de Koeman se lleva por delante al Athletic (0-4), que pierde su sexta final consecutiva en el torneo

Los jugadores del Barcelona celebran el título.
Los jugadores del Barcelona celebran el título.Ángel FernandezAP

El Barcelona disfrutó como nunca de una noche apoteósica ante un Athletic que ha hecho del tormento un modo de vida. Conquistó la Copa del Rey jugando como los ángeles al compás de Frenkie de Jong, un futbolista superlativo, y viendo sonreír a Leo Messi, negando a todo aquel que aventuró un crepúsculo que no es tal. Koeman quedó obnubilado ante una obra en la que pocos creyeron, pero que tendrá continuidad. Todos los goles que no cayeron en el primer tiempo se amontonaron en el segundo ante la extrema frustración de los bilbaínos, derrotados por sexta vez consecutiva en una final y que seguirán viendo cómo este torneo, más que un motor de ilusión, es un potro de tortura. Hace 37 años que no alzan la Copa.

Nada atrae más que las cosas que somos incapaces de entender. Ya podemos pasarnos la vida intentando descifrar el fútbol que siempre habrá un partido que te devuelva de mala manera a la línea de salida. Para muestra, ese primer tiempo en el que el Barcelona se quedó con el balón (83% de posesión), salió silbando de la presión, ocupó con coherencia los espacios e hizo correr a unos rivales que parecían sólo pendientes de encontrar una salida al matadero. Y aquí la bendita incoherencia de todo esto. Nada de eso sirve si no existe lucidez en las zonas determinantes. Y el equipo de Koeman sólo remató una sola vez entre los tres palos en ese acto inaugural. El Athletic, cierto es, ni siquiera eso. Aunque una falta a la que acudió a rematar solo Iñigo Martínez en el corazón invitaba a cierta prudencia. Aunque aquello no fue más que un simple espejismo. Una anécdota en un baño.

La primera media hora del equipo barcelonista ya había rayado la excelencia. Koeman, que volvió a negar el 4-3-3 para fiar su suerte al 3-5-2, se veía con la razón. Forzó al renqueante Piqué. Y pese a que Araujo se pasó la noche calentando, Piqué ganó cuantos duelos tuvo con Williams, que vagó por la final como alma en pena. En la zona ancha, la superioridad de los centrocampistas azulgrana fue más que evidente. Ya fuera porque Busquets pudo plantar la tienda de campaña en la zona de tres cuartos, ya fuera porque De Jong, metrónomo en mano, llegaba donde no lo hacía nadie, ya fuera porque Messi puso la cara de las grandes ocasiones. No miró al suelo, sino al firmamento. Por mucho que mandara a freír espárragos al árbitro, con las tarjetas cosidas al bolsillo.

El único problema en ese acto inicial fue el remate. Dembélé ya demostró que no es un nueve, por lo que se quedó en el banquillo. Tampoco lo es Griezmann. Qué más da. Continúa siendo un futbolista que un buen día conquistó un Mundial, marcando incluso en la final. Ni siquiera le afectó haber comenzado el segundo tiempo errando una ocasión clamorosa. Cuando De Jong volvió a dejarlo solo en el área pequeña su pie zurdo ya no le hizo ninguna jugarreta más. Griezmann es perseverante. Tanto en el drama como en la gloria.

Leo Messi celebra uno de sus dos goles ante el Athletic.
Leo Messi celebra uno de sus dos goles ante el Athletic.Julio MunozEFE

Festival de De Jong

Marcelino iba de un lado a otro intentando corregir lo incorregible. El entrenador del Athletic, que siempre confió en las bondades de vivir de la rutina, no ofreció ningún motivo para la redención. Se encadenó a su 4-4-2. Hizo repetir titularidad a nueve de los futbolistas que cayeron en la final de Copa frente a la Real Sociedad. Ni siquiera cayó en la tentación de doblar el lateral derecho. Las molestias de Yuri en la orilla izquierda permitieron que jugara Balenziaga, mientras que quien acompañó en el pivote a Dani García fue Unai López. Muniain también fue alistado. Aunque el cuerpo no le diera para jugar más que un tiempo. Cuando se puso a cambiar piezas e ideas, sus jugadores no eran más que huesos desparramados por la hierba. Y el Barça ya pudo llevárselos por delante.

De Jong continuó con su festival marcando de cabeza el segundo, sublime prólogo al nirvana de Messi. El argentino dribló y recortó para dejar a sus rivales clavados como estacas. Cuando La Pulga convierte sus pies en pinceles resulta difícil no quedarse a admirar el cuadro. Ni siquiera desatendió su alianza con Jordi Alba, quien mejor entiende su mirada. Unai Simón no supo dónde mirar ante los dos goles que cerraban el festival. Griezmann se quedó sin el quinto, anulado por fuera de juego. Por entonces, el Barcelona ya caminaba sobre confeti.

«Y así es una vida, ¿no? Algunos logros y algunos desengaños», dejó escrito Julian Barnes. El problema llega cuando el desengaño te cala hasta los huesos. Pobre Athletic. El Barça, en cambio, intuye un nuevo tiempo. Y la Copa siempre fue un buen punto de partida.

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