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Trump no fue causa, sino efecto

Los tópicos se nos amontonan como hojas secas. No falta la nueva era que inaugura Biden. Podían decir que Trump también inauguró una era de ésas y la afirmación se hubiera ajustado más a los hechos. Pero la nueva era quiere decir, en sus dos palabras, que todo irá bien a partir de ahora porque manda el tipo adecuado y porque, al fin, el bueno venció al malo. La hoja seca más abundante, sin embargo, es la que lleva escrito que Trump deja un país dividido. La más abundante y la más seca de todas. Nos viene a decir que Trump es la causa de la división, y no lo que fue: su efecto. De no haber estado el país dividido o polarizado, por aceptar esos vagos términos, Trump no hubiera reunido la fuerza suficiente ni para imponerse en un partido republicano que no le era favorable ni para llegar a la Casa Blanca.

Siempre hay división sobre las causas de la división. Es fácil ver la división como algo que provoca el adversario. Es habitual cerrar los ojos a la contribución a ese clima confrontativo del partido con el que se simpatiza. El problema de situar a Trump como primer y único causante de un estado de extrema polarización es que induce a creer que, una vez fuera de escena el que azuzaba a unos contra otros, la división va a dejar paso a la unidad beatífica y deseada. Biden, que era un candidato que no entusiasmaba a nadie y que apenas tenía programa, ha encontrado en la idea de sanar las heridas el sucedáneo de un proyecto político. Pero ¿en qué consiste acabar con la división?

La división, eso que llaman división, no empezó hace cuatro años ni se manifiesta sólo en Estados Unidos. Es lo que diferencia, separa y prácticamente convierte en países distintos a zonas urbanas ricas y regiones empobrecidas, a clases populares y élites metropolitanas, a los que padecen un descenso de su estatus social y a los que tienen acceso a la mejor formación y a los mejores empleos. No es sólo una distancia en términos de renta y oportunidades. Hay una distancia cultural. Ciudadanos del mismo país que hace unas décadas vivían con la sensación de tener algo en común, ahora se ven como extraños. Sin olvidar la distancia creciente con los Gobiernos o los políticos.

Trump logró conectar con una parte notable de los que sufren declive económico y relegación cultural. Eso es algo tremendamente disonante, visto desde la perspectiva europea, donde la izquierda aún se percibe como cercana a las clases populares y la derecha como afín a las élites económicas. Una percepción alimentada por la propia izquierda, pero que cada vez resulta más difícil de mantener cuando dedica a la política de identidad sus mayores energías. En ese tipo de política, llevada al extremo por el Partido Demócrata, se encuentra una de las causas de fondo de la división que tanto se lamenta ahora. Se lamenta sólo porque se le atribuye a Trump, quien ciertamente supo capitalizar y exacerbar pero no inventó la polarización.

Biden promete curar las heridas y unir al país. Pero si hace lo que suelen hacer los demócratas, acabar con la división consistirá en arrojar a las tinieblas exteriores a los que no comulguen con la política –y con las políticas de identidad– de los demócratas. En dos palabras: más división.

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