Spain

Tribulaciones de un turista en tiempos de pandemia

La primera sorpresa del viajero en pandemia: piensas que con la falta de clientes los precios de los billetes aéreos estarán por los suelos. Craso error. El capitalismo se basa en la oferta y la demanda. Y si no hay demanda, la oferta baja y los precios suben. Un silogismo de primero de Aristóteles. Lo de las low cost funciona en modo rebaño: llenamos aviones a paletadas, damos un servicio de pena, pero somos baratos. Pero si no hay esas paletadas de turistas, no hay vuelos low cost. Anótelo la próxima vez que vaya a poner a parir a Ryanair.

Las pantallas vacías de la Terminal 1 del aeropuerto de Barajas, un miércoles a las 11 horas. ¡Una caricatura de lo que fue!
Las pantallas vacías de la Terminal 1 del aeropuerto de Barajas, un miércoles a las 11 horas. ¡Una caricatura de lo que fue!

Después tienes que superar la depresión de ver un aeropuerto más tristón que un tanatorio. La T1 de Barajas es una sombra de sí misma. Un único bar abierto, todas las tiendas cerradas (quién me iba a decir a mí que añoraría el Duty Free) y en las pantallas, cinco vuelos, ¡cinco! El más lejano, a Estambul.

Innumerables enjuagues manuales con gel hidroalcohólico y varias tomas de temperatura después, logró subir al avión. ¿Creen que iba vacío? Eso es porque se tragan todo lo que cuentan en los telediarios. Habrá pocos vuelos, pero van todos a tope. Codo con codo con tu vecino. Por eso decido usar una mascarilla FFP3.

Confirmo que, con ella de coronavirus no mueres. De asfixia, probablemente sí. Dios, es como llevar una pared de ladrillos en torno a nariz y boca. Era un vuelo de dos horas y media y aguanté, pero si tengo que cruzar un océano así, casi prefiero el coronavirus. La próxima vez me vengo con una FFP2. De hecho, es la que veo que lleva el personal de cabina, que se pasa el día en los aviones y hasta donde sé, no es un colectivo que caiga como chinches por el virus.

Más singularidades: si ya era aburrido pasar horas en un avión, ahora que no te dan ni agua, es para cortarse las venas. Nunca pensé que iba a echar de menos la comida de plástico (¿pollo o pasta?), esas botellitas de vino de Marques de Cáceres de garrafón y esa cerveza calenturra pagada a precio de Chivas Regal Royal Salute pero que te sabía a gloria a 30.000 pies. No hay nada como perder cosas tontas para apreciar cuán feliz te hacían.

De esta pandemia pueden quedar cosas útiles. Como no tener que plantarle dos besos en la cara a cada desconocido/a que te presenten. O que la evacuación de los aviones se siga haciendo como se hace ahora, por filas, esperando tranquilamente en tu asiento a que los de la fila de delante se levanten, cojan su maleta y salgan por el pasillo, en vez de levantarnos todos en tropel, molestarnos unos a otros bajando maletas para esperar media hora de pie, con el sobaco del vecino a la altura de tu nariz, a que se deshaga el embrollo. Doy fe de que se evacúa antes un avión así, pero me juego a que durará lo que dure esta crisis sanitaria. Siempre habrá un prisillas que quiera salir antes y el efecto llamada lleve a todo el mundo a arrebatarse otra vez. Los humanos somos así. Por cierto, nadie me pidió el test de antígenos negativo en el aeropuerto de Roma.

Cerdeña estaba, qué quieren que les diga, tristona también, como Barajas, gris sin turistas. Una isla donde su mayor atractivo son las playas, en febrero suele tener electrocardiograma plano. Si le sumas la pandemia, el cierre de bares y restaurantes a las 18 horas y el toque de queda a las 22 el resultado es el mismo ambiente nocturno que en la Ciudad del Vaticano. Eso sí, cero agobios y colas. ¿Qué quieres alquilar un coche? "Ahí los tiene todos, escoja el que quiera”. ¿Alojamiento? Puedes encontrar cama en el que quieras (de los que están abiertos, que no son todos) a la hora que quieras, en primera línea de playa y a unos precios-chollo. Me siento como el protagonista de la serie El último hombre en la Tierra: tengo todos los recursos a mi disposición, pero me aburro como una ostra.

El lunes, Cerdeña pasó de naranja a blanco (en el semáforo Covid-19), la primera región italiana que lo hacía. Y se volvieron a abrir restaurantes y bares hasta las 11 de la noche mientras que el coprifouco (toque de queda) pasaba a las 23:30. Bueno… ¡el acabose! El lunes por la noche en Cagliari parecía Nochevieja. Todos los jóvenes de la capital apiñados en terrazas, restaurantes y bares de copas como si el mundo acabara mañana. Afanándose en preparar el terreno para volver al semáforo rojo en un par de semanas. Aunque en este sentido no se les puede echar la culpa solo a los italianos, aquí en España sabemos qué pasa cuando “salvas” el verano y luego “salvas” la Navidad. Yo también salgo a cenar esa noche mientras me acuerdo de que tras la pandemia de peste del siglo XIV se hicieron multitud de orgías para celebrar el fin de la maldición. ¿Alguien sabe si hay algo de esto ya organizado para cuando nos vacunen a todos?

Si quieren que les diga la verdad, el mayor problema de hacer el turista en pandemia es volver a casa. A la tuya en España, me refiero. Hacerse un PCR en tu ciudad es fácil, porque controlas los lugares. Pero hacértelo en un país extraño, donde no dominas la lengua ni el sistema sanitario, es otra historia. Una historia de Stephen King, con un poco de mala suerte. Yo tuve que desandar casi 150 kilómetros para hacérmelo en el único lugar de la isla que encontré disponible. En Italia funcionan más con test de antígenos y los laboratorios que hacen PCR (tampone moleculare, como allí le llaman) escasean. Me daban citas para dentro de una, dos semanas… Si esto pasa en la civilizada Europa, no quiero imaginar cómo será hacerte un tampone en el tercer mundo.

 En Roma me exigen el PCR para subir al avión con destino Madrid, pero con el lío que supone embarcar a 180 pasajeros solo miran la fecha y la palabra negativo. No me extraña que la picaresca haya inventado ya un negocio en torno al PCR falso. A una chica que solo lleva el de antígenos (afirma que estuvo solo 48 horas en Italia y no le dio tiempo a hacérselo) le niegan el acceso, pero tras insistir (no mucho, por cierto), le dicen: “Bueno, suba; cuando llegue a España le pondrán una multa de 300 euros”. Pero cuando llegamos a España nadie nos pide documento alguno, solo del código QR de la aplicación Spain Travel Health que todo viajero que quiera ingresar en España debe de rellenar online antes de embarcar.

Así que, si ha llegado hasta esta línea y quiere saber mi respuesta a la pregunta inicial de este artículo, se la digo: sí, se puede hacer turismo con la que está cayendo. Pero es un lio del copón.

Football news:

Hans-Dieter Flick: Mbappé será el mejor jugador del mundo en el futuro, no tengo dudas sobre esto
El Delantero del Bayern, Robert Lewandowski, continúa recuperándose de su lesión
El ex entrenador de la Fortuna funkel dirigió al Colonia
Sulscher dio la vuelta al partido ante el Tottenham, cambiando el papel de Pogba. Este juego es una exposición de los más brillantes pros y contras del Campo
Barcelona estaría por delante del Real Madrid en la tabla De la liga sin la Intervención del VAR (As)
Ex Scout de Barcelona: el Intercambio de Arthur por Pjanic es una de las principales anomalías en la historia del fútbol
El ex entrenador del RB Leipzig, Hoffenheim y Stuttgart, Ralph Rangnick, asesorará al Lokomotiv