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Todo el Millares gráfico

«En Roma o en París, / Nueva York, Buenos Aires, Madrid, Calcuta, El Cairo, / en tantísimas partes todavía, / hay arpilleras rotas…» Los versos del Alberti de 1965 dialogan con el quehacer gráfico de Manolo Millares en la carpeta «Mutilados de paz», una de las cinco que constituyen la columna vertebral de la exposición «Descubrimientos Millares, 1959-1972» que hasta el 17 de mayo reúne en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca, tan ligado a la propia trayectoria tanto artística como también personal de este pintor, el corpus completo de su producción gráfica. Feliz consecuencia del espléndido catálogo razonado de esta parte de la obra del artista canario firmado por Alfonso de la Torre -comisario invitado de la muestra- y realizada por la Fundación Juan March con la colaboración de la familia del artista y en coproducción con la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y la Fundación Museo del Grabado Español Contemporáneo de Marbella, exhibe una cincuentena de ediciones en buena parte reunidas en las cinco carpetas aludidas: «Mutilados de paz» (1965), «Auto de fe» (1967), «Antropofauna» (1970); «Torquemada» (1970), y la que da título a la misma exposición, «Descubrimientos Millares, 1671» (1971).

Junto a ellas varios carteles, la reproducción de un collage que fue poster anunciador en 1970 del museo conquense (en cuya primera edición de obra gráfica, en 1964, había, por cierto, colaborado) y el afiche de su última exposición en el Musée d’Art Moderne de París en 1971 acaban de conformar una muestra que oferta a sus visitantes el más completo panorama del mantenido interés de este artista por el dibujo, la obra sobre papel y la edición gráfica en paralelo, probablemente una faceta bastante menos conocida que el resto de su producción expresiva tan presente por otro lado de modo permanente en la propia colección del museo de las Casas Colgadas y en la de la también conquense Fundación Antonio Pérez. Un interés, que como bien afirma el propio Alfonso de la Torre «permaneció en Millares como un nervio, presente en toda su trayectoria», dando como resultado un hacer en el que «dibujo y edición gráfica (…) se encuentran o, más bien, se entrelazan -casi como una sola técnica-, a veces incluso de difícil diferenciación». Y un interés en cuyo nacimiento bien podrían haber tenido papel fundamental, como asimismo nos recuerda de la Torre, los grabados de Goya, «una de sus fascinaciones de infancia (…) que, contemplados mediante reproducciones halladas en los libros de su casa familiar ejercerían un poderoso atractivo en el niño y futuro artista». Como también influiría sin duda su conocimiento de las pintaderas, esos objetos, generalmente de barro cocido, que fabricaban los guanches, y a las que tendría fácil acceso en ese Museo Canario de donde precisamente proceden las muy oportunamente por ello también incluidas en esta exposición.

La muestra permite así acercarse, cual quedó dicho, a un hacer menos probablemente conocido que el resto de su producción artística -sus famosas arpilleras por ejemplo -pero de tanto interés como aquélla y con la que guarda una estrecha relación, ya que en él también, al igual que en sus obras pictóricas, subyace, enlazando pasado con presente, una permanente reflexión- vuelvo a aprovecharme del texto de de la Torre- sobre «la geografía del horror (…) esa topografía de la violencia que tuvo en Goya un extraordinario predecesor». La exposición se completa con dos grabados a punta seca realizados para las ilustraciones de los «Poemas de amor» de Miguel Hernández publicados por Alfaguara en su colección «El gallo en la torre» dirigida por Cela, un conjunto de cinco ensayos gráficos de reciente localización realizados en su estudio y ocho grabados póstumos, con algunas variantes, estampados en el taller madrileño de Mayor 28 con la colaboración de Fernando Bellver y Manolo Valdés.