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«¿Tengo que pintarle en la frente que es un niño autista?»

Ian y su madre pasean por el barrio bilbaíno de Uribarri. / Yvonne Iturgaiz

La madre de Ian se siente «juzgada» cada vez que sale a la calle con su hijo, una actividad permitida durante el confinamiento a personas con alteraciones de la conducta

«Lávate las manos con agua y jabón. Al toser o estornudar, cúbrete la boca y la nariz con la parte interna de tu brazo...». Sorprende cómo Ian, sentado en su carrito, reproduce palabra a palabra el spot televisivo del Ministerio de Sanidad para evitar contagios por el coronavirus. Le encantan los anuncios de publicidad y este, como tantos otros, se lo sabe de memoria. Pero al mismo tiempo, no es capaz de entender su trasfondo, una situación extraordinaria que ha puesto el mundo patas arriba. Ni aunque le expliquen que ahí fuera hay «un bicho» y por eso hay que quedarse en casa. Si ya es algo bastante difícil de comprender para un niño de 4 años, lo es aún más para uno con autismo.

Su madre, Leticia Fernández, lo describe como un niño «tranquilo y casero». Se comunica principalmente con gestos y no le gusta demasiado ir al parque o a los columpios con el resto de niños, pero encuentra otras formas de divertirse. «Le encanta correr, correr y correr. Da lo mismo por dónde, es su manera de descargar energía», cuenta ella mientras juega al pilla pilla con el pequeño en una plaza desierta. Según una instrucción del Gobierno central, y pese al confinamiento de la población, las personas con discapacidad que tengan alteraciones de la conducta sí pueden circular por la vía pública con un acompañante: «No es un privilegio, para ellos es simplemente una necesidad».

Cada vez que Leticia sale a la calle con Ian para dar un paseo por el barrio bilbaíno de Uribarri, lleva encima los papeles del diagnóstico que acredita su trastorno por si algún agente de la autoridad se lo requiere: «Hasta el momento no me lo han pedido». Sin embargo, ese permiso parece valer poco a ojos de algunos vecinos: «Me siento continuamente observada, juzgada, como si fuera una mala madre y estuviera exponiendo al niño a un peligro». Todavía no se ha dado el caso en que haya sido increpada, como les ha ocurrido a otros padres de niños autistas, pero explica que el daño no solo se produce a través de insultos: «También son miradas o gestos. Al final te sientes obligada a dar explicaciones sin quererlo».

Algo de esto le ocurrió la semana pasada, en una de las pocas ocasiones en las que ha salido a la calle con el pequeño: «Estaba en la cola para entrar en el supermercado, había mucha gente y algunos nos estaban mirando. Cuando estábamos a punto de entrar, se puso muy nervioso porque no está acostumbrado a esperar fuera. Así que ya tuve que ponerme a explicarlo. Al final hasta me ofrecieron colarme...». La madre entiende que no todo el mundo conozca su situación, pero cree que este estado de alarma está sacando «lo malo» de muchas personas. «¿Qué pasa? ¿Tengo que pintarle en la cara que es un niño autista? Se debería sobreentender que si lo saco a la calle es porque puedo y porque realmente lo necesita», plantea.

El de Ian no es el único caso. En Oviedo, por ejemplo, una madre desesperada por la presión ha confeccionado una pancarta en la que se lee 'El niño es autista'. Para evitar situaciones indeseadas, algunas asociaciones también han recomendado a los padres una alternativa más sutil: que identifiquen a los pequeños con un brazalete de color azul. Una idea que no convence a Leticia. «Ojalá sirviera para callar bocas, pero me parece que provoca una doble estigmatización. Ya tienen suficiente como para andarse con estas cosas», opina.

Solidaridad

No en vano, el confinamiento está afectando al pequeño, que este curso ha comenzado segundo de Infantil en un colegio diferente: «Lo sacamos de la ikastola a la que iba porque recortaron los fondos para alumnos con necesidades educativas especiales». El contacto con sus nuevos compañeros había ido bien, pero ahora la distancia lo ha cambiado todo. «No quiere ver vídeos ni fotos de sus compañeros. Me preocupa que todo esto cambie la relación que tenía con ellos», cuenta su madre, organizadora de eventos, que ya piensa en la fiesta para su quinto cumpleaños el próximo mes: «Esta vez será diferente, habrá que echarle imaginación».

Sin perder la sonrisa, Leticia prefiere quedarse con lo bueno. Como con el trabajador que hace unos días desinfectaba las escaleras mecánicas de al lado de su casa y se le quedó mirando por estar con el niño en la calle. «Es que es autista», se justificó. «Y aunque no lo fuera, es un crío y necesita salir a la calle», le respondió. Es esa la solidaridad a la que apela la madre del pequeño Ian: «Es así como saldremos de ésta, entre todos».

En su contexto

50.000
autistas en edad escolar podría haber en todo el país, según estimaciones de Autismo España. El cálculo parte de la base de que uno de cada 150 chavales sufre el trastorno. Autorización expresa
Una instrucción del Ministerio de Sanidad, publicada el 19 de marzo, permite circular por la vía pública a «personas con discapacidad que tengan alteraciones conductuales» como son los autistas, cuyo estado «se vea agravado por la situación de confinamiento».

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