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Sucede la buena poesía

Vamos con una frase enlatada del reseñismo: hacía tiempo que no leía un libro de poemas tan bueno. Horizonte de sucesos (Renacimiento, 2021) de Juan Bonilla (Xerez, 1966) merece por lo rupturista de sus ritmos –metros, rimas–, por lo desclasado de sus influencias –de George Perec a Rafael de León–, por poemas que llevan imágenes sobresalientes, símiles certeros y conmovedores, emoción, logradas descripciones, y más. Es una poesía que prefiere la expresión depurada y la idea riquísima de sugerencias y de interpretaciones. Bonilla sabe nombrar una realidad sin participar en lo obvio, y nos señala exactitudes que se nos revelan a través del poema; es decir, a través de la metáfora, el lenguaje y la palabra. El poeta que ya nos impresionaba con aquel borrador de su último libro, Poemas pequeñoburgueses –un excelente poema al padre y a la vida y a la creación literaria–, sigue con nosotros.

Empieza el poemario con una aclaración al título, que le sirve al autor para esbozar una noción sobre la poesía. ¿Qué es un "Horizonte de sucesos"? Escribe Bonilla que "una superficie imaginaria de forma esférica que rodea a un agujero negro". Y sigue la explicación, un tanto compleja para los no iniciados en la materia: "Desde su interior la velocidad de escape necesaria para alejarse de los adentros es mayor que la velocidad de la luz por lo que nada que esté en su interior, incluido los fotones, puede escapar". Sin embargo, en el siguiente párrafo, unas palabras del catedrático de Física Atómica, Molecular y Nuclear de la Universidad de Sevilla, Manuel Lozano Leyva, matizan: "Del vacío puede surgir espontáneamente energía (…). Si ese par de partículas se generan cerca del horizonte de sucesos, una de ellas puede escapar por efecto túnel cuántico". Con esta lección, Juan Bonilla idea una definición de poesía: partículas que generan nuevas radiaciones al entrar en contacto con otra materia.

Radiación, combustión, energías. Mucho de esto hay en Horizonte de sucesos, con reflexiones y asertos que nos impactan, nos encienden y nos transforman. Así en el poema El juego, que inevitablemente nos evoca a José Hierro en su conocido soneto de Cuaderno de Nueva York: "Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada". Juan Bonilla deambula por el nihilismo, aunque no milita en su tópica etiqueta pesimista sino en la de la celebración. Para el escritor, venimos de la nada y a la nada vamos, pero mientras tanto está todo. Un todo que no podemos desaprovechar. La vida nos guarda un desenlace inevitable y absurdo, y somos conscientes de esta triste noticia, pero por eso conviene vivir con intensidad y con plenitud: "Piezas de un juego tan banal / que consiste en ir sorteando abismos, / viniendo cada cual de su bautismo / rumbo a su funeral, / (…) / por una senda enamorada / –a veces cubierta de lodo– / que lleva de la nada hasta la nada / pasando por el todo". Recuerda a Antonio Machado. Esa poesía que es suma de expresión clara y de sofisticado pensamiento.

Qué bien despacha la adolescencia Bonilla: "Domingo. Envejecemos / a gran velocidad en horas lentas". O ese instante en que la tarde se despide y llega la noche: "Cuando a cámara lenta / de un golpe exacto en la mandíbula". Estos últimos versos abren el poema Vencejos, que cierra con altos vuelos: "Parecen jugadores / de una selección nacional / cuando suenan los himnos. / Y aunque yo no consigo oírlo / sé que hay un himno sonando. / Y es el mío. Y es el vuestro". Con la compañía de Whitman, Quevedo y Rimbaud, Juan Bonilla da cuerpo a su Identidad, en un interesante ejercicio que nos habla de nuestras máscaras, de nuestros padres literarios, de cómo fabricamos nuestra mirada. El poema busca una respuesta a la siempre enigmática y hasta inquietante pregunta: ¿quién soy?

En Horizonte de sucesos leemos poemas de amor y desamor, que por si quedara alguna duda evitan cualquier sentimentalismo naif. En la línea de lo que nos advirtió Wallace Stevens: el sentimentalismo es el fracaso del sentimiento. Dos buenos ejemplos son Hoguera y Paradise. Del primero, los últimos versos: "Dos piedras / envueltas en piel / golpeándose una y otra vez / por ver si caía la gota / de fuego con la que empezar / una hoguera / que quemara el mundo". Para que los lectores disfruten y no descubrir demasiado, nos resistimos a transcribir el poema Para un haiku, con su sorprendente pirueta entre las dos primeras estrofas.

Radiación, combustión, energías. Mucho de ello hay en este libro

Una jornada playera en Punta Umbría se resume en un apartado del libro. En este avanzan las horas y, al igual que Monet retratando la catedral de Rouen, el poeta también nos pinta un paisaje en diferentes momentos del día: desde la amanecida hasta la madrugada. Una visión poliédrica de un día de playa que es punto de partida para volver a la poesía que caracteriza la obra de Bonilla: por una cara, la ironía, los juegos de palabras; por la otra, hondura, sentencias, reflexiones. Como en Ría –así se conoce una de las playas de este municipio–: "Sólida luz de sol y sal go- / teando tiempo en soledad sonora. / No hay nada y la hay, porque la nada es algo. / Y somos nada enamorada / que en nuestro adentro al fin se consolida. / El alma está ahí afuera, en cada / compás de mundo en que suene la vida".

Al igual que en el poema Para un haiku, nos reservamos el principio y el final de este libro. De este conjunto de poemas en el que Juan Bonilla nos da aciertos, emoción y versos memorables. Con una poesía que, como decíamos, revela verdades desde la expresión clara, y con ellas nos remite a ideas hondas. Un "horizonte de sucesos" es una capa que rodea un agujero negro. Y de la que, escribe Bonilla, nada puede huir debido a un "campo gravitatorio extremadamente intenso". Pues sí, es similar a lo que aquí ocurre: el lector que entra queda atrapado por un magnetismo de excelentes poemas.

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