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Steve McCurry: "La tragedia es que la pandemia no nos enseñará nada"

«La belleza y el medio ambiente son una prioridad para unos pocos», dice Steve McCurry, el fotógrafo más conocido del mundo, desde su estudio de Filadelfia. «A la actual administración estadounidense, que es codiciosa, solo le interesan los negocios sin reglas y transformar el planeta entero en un gran centro comercial rodeado de aparcamientos: '¡Abramos los parques nacionales, extraigamos el petróleo!'. Para ellos, el adjetivo incontaminado sólo sugiere ideas radicales, extravagantes. Lament

ablemente, la mayoría de mis compatriotas no son personas informadas. No se plantean si nuestro sistema sanitario o nuestro sistema escolar son los mejores posibles. No cuestionan nuestra política exterior, que es un desastre. ¿De quién somos amigos? ¿De Europa?» «El presidente Trump», continúa, «dice mentiras todo el tiempo, usa un lenguaje violento, presume incluso de puede matar. También puede robar o seguir mintiendo y no habrá límites, seguro que sus simpatizantes lo apoyarán al 100%.

La tragedia es que la pandemia, que espero se resuelva, no nos enseñará nada

. Sí, la gente se ha visto abrumada, su vida diaria se ha visto interrumpida abruptamente y la contaminación se ha reducido. Pero cuando termine, si termina, la gente tendrá prisa por volver a sus hábitos, sus trabajos y a su equipo favorito. Y será así hasta que la mitad de Florida u Holanda estén bajo el agua y los gobiernos tengan que tomar medidas más drásticas». «

Desde que tenía 19 años no me he quedado en un lugar durante tanto tiempo.

He convertido este periodo surrealista de encierro forzoso en una bendición del cielo. Por supuesto que cancelé muchos proyectos pero así me pude dedicar a mis archivos, a mi familia, a mis amigos». Nacido en 1950, McCurry alcanzó antes de cumplir 30 años notoriedad como fotógrafo de guerra. Suyas fueron las fotografías de la portada de

The New York Times

en diciembre de 1979 que atestiguaron la invasión soviética de Afganistán. Durante su carrera se infiltró entre los muyahidines vestido de pastún, fue arrestado en Pakistán y Birmania, le robaron y ametrallaron en Afganistán y caminó sobre un campo minado,

entre pozos de petróleo en llamas

, durante la primera Guerra del Golfo. En todas esas situaciones, McCurry sintió la llamada de la adrenalina que lo arrastraba al campo de batalla, allí donde

la violencia embriaga las almas

. Pero, al final, él elegía siempre la belleza. La belleza de la naturaleza y de las culturas, en peligro de extinción en la era de la globalización. Transmitir las tradiciones, los detalles y el esplendor que está a punto de desaparecer se convirtió en una misión personal. Durante casi 50 años, McCurry ha viajado solo por el mundo nueve meses al año. Sólo en la India ha estado 100 veces. Steve McCurry no espera la inspiración: cuenta con la perseverancia, con un gusto innato, con una precisión maníaca y con una educación que él, el producto de una infancia disfuncional, despreció durante años. Después, regresó a las aulas, estudió cine con las mejores notas y desembocó en el fotoperiodismo, un género en supuesto declive en el que su nombre suena como el de una estrella de pop planetaria. Sus imágenes son reconocibles en todo el mundo, perfectas,

demasiado perfectas para algunos

. Su currículum incluye cuatro World Press, la medalla de oro Robert Capa y, más recientemente, la medalla del Centenario de la Royal Photographic Society de Londres. El retrato de Sharbat Gula, la niña afgana de ojos verdes que apareció en la portada de

National Geographic

en junio de 1986 fue el gran hito de su leyenda. «Hace unos años», cuenta McCurry, «el Gobierno paquistaní lo empleó como un símbolo. Yo quería expresar

lo cruel e indiferente

que puede ser la ley con personas de las que el Estado se quiere deshacer, como los refugiados. Ese mensaje de:

'Mira, no eres bienvenido, esto es lo que te va a pasar a ti también: te arrestaremos y te meteremos en la cárcel'

. Fue lo que le pasó a esa mujer, huérfana y refugiada desde hace 30 años, pobre y enferma, que no sabía leer ni escribir, no sabía entonces lo que es un abogado, que ha perdido una hija y se quedó viuda. Me mantengo en contacto con ella, pero es difícil. En su momento fue un escándalo internacional para Pakistán. Ahora vive en Kabul y

el Gobierno afgano la protege un poco

, le ha proporcionado un lugar para quedarse y algo de dinero». El 11 de septiembre de 2001, al regresar del Tíbet, donde McCurry conoció al Dalai Lama, la guerra lo encontró en casa. El ataque a las Torres Gemelas lo tomó por sorpresa en el estudio del Village.

Agarró su cámara y corrió hacia el Bajo Manhattan.

McCurry sólo publicó esas fotografías 10 años después, cuando la emoción había dejado espacio para la reflexión. Antes, en 2002, cuando Estados Unidos perseguía a los responsables de los atentados de Manhattan, McCurry volvió a buscar a Sharbat Gula donde la había dejado 17 años antes. La encontró y, agradecido por el giro que le dio a su carrera aquella mirada esmeralda,

le compró una casa en Pakistán

. «El problema es que ella es mujer y también es analfabeta. Estoy convencido de que la echaron de aquella casa sin compensación alguna», cuenta el fotógrafo. Ahora McCurry publica un libro con fotografías inéditas, rescatadas durante el confinamiento,

El mundo en mis ojos

(Blume). La selección incluye

120 disparos recientes

que dan pistas de la estrategia del fotógrafo. McCurry es un hombre tenaz, hábil para ganarse la confianza de la gente a la que fotografía pero

mermado por una lesión en su brazo

derecho, producto de un accidente infantil mal tratado que, en parte, se volvió en su favor: «Básicamente me hizo evitar Vietnam». «Si la pandemia lo permite, espero ir a Galápagos en noviembre», cuenta McCurry. Ahora ya no viaja solo. En 2017, con 67 años, el fotógrafo fue padre. «

Mi hija Lucía es maravillosa. Tiene tres años y medio, empezó a viajar a los seis meses

y ya ha estado en 30 países: Italia, Holanda, China, Rusia, India, Ecuador, Corea, Hong Kong, Singapur incluso en el Ártico». La madre, Andie Belone, es una nativa americana de la tribu Hopi, fundadora de la aldea Walpi, en el condado de Navajo, en el norte de Arizona. «Para Lucía me gustaría un futuro brillante. Me gustaría una excelente educación, que viaje, aprenda idiomas y abrace el mundo como si fuera su casa. Y me encantaría que pudiera aportar un poco de pasión para convertirlo en un lugar mejor».

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