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Spania: un mundo naval

Siglo VI, Roma en Occidente ha desaparecido y la masa de la población de civilización romana, queda bajo el gobierno de los nuevos señores bárbaros a medio romanizar, si bien su superior cultura romana, ejerce sobre sus nuevos señores, una latente, incesante y benéfica influencia, destinada a germinar a su debido tiempo. En el otro extremo del Mare Nostrum, el poderoso imperio persa, amenazaba a la parte superviviente de Roma: Bizancio, disputándole el control de Anatolia y medio oriente, para buscar una salida al Mediterráneo.

Siempre la mar como factor determinante de poder. En medio de esa pugna, Bizancio no olvidaba a aquellos territorios mediterráneos que habían formado parte del Imperio Romano: Italia, Hispania, las Mauritanias, la Numidia, el Africa proconsular etc. No olvidaba que siempre el Mare Nostrum fue la espina dorsal de Roma. No olvidaba las palabra de Cicerón: “El amo de la mar es el amo de todo”.

Y en este marco histórico, llegó al poder Justiniano el Grande , con su “Renovatio Imperii”, el programa que pretendía recuperar todos los territorios que un día fueron romanos y restaurar el imperio de Roma. El reino vándalo de Cartago y su fabuloso tesoro real, se recuperaron de manera fulminante mediante una expedición naval, mandada por el general Belisario, en el año 534 d.C. Ese mismo año, Septem (Ceuta) se convertirá también en una potente base naval bizantina. Evidentemente el vital interés geoestratégico del eje Estrecho-Baleares no lo vamos a descubrir aquí, aunque nunca esté de más recordarlo.

En el año 552, aprovechando la guerra civil desatada en el reino visigodo entre el rey Agila y el usurpador Atanagildo, un ejército expedicionario bizantino, procedente precisamente de Septem, desembarcó en la península. Se abría una ventana histórica de 73 años por la que Roma volvió a asomarse a Hispania, ahora como Spania. Vencidos los ostrogodos en Italia, Justiniano pudo disponer de tropas y recursos. En el 555 se produjo otra operación anfibia, con un segundo desembarco romano en Cartagena, que afirmó y consolidó el control bizantino del citado eje Estrecho-Baleares.

Atemorizada ante la proximidad de las tropas bizantinas, la nobleza goda asesinaría a Agila, para acabar con la guerra civil y unificar fuerzas. Atanagildo, ahora ya con todo el reino respaldándolo, se revuelve contra el imperio, pero incapaz de vencer a unos bizantinos, cuya organización y capacidades eran muy superiores a las del ejército visigodo, reconoce el dominio imperial sobre la zona conquistada y con él el “statu quo” existente.

Spania era inexpugnable, gracias a sus excelentes comunicaciones por vía marítima con el resto del mundo Bizantino. La Roma de oriente se encontraba en su cénit. Su flotas lo abarcaban todo, sus naves llevaban trigo desde Alejandría hasta las islas británicas y volvían con estaño. Monjes orientales, procedentes de Bizancio, serían los que extendieran el monacato por todo el occidente romano, Mediterráneo y Atlántico, al que llegaron por la mar, esa mar que ha unido siempre a los pueblos. El arte copto que aparece en Irlanda en los primeros siglos del cristianismo, tiene ahí su explicación.

De manera similar, militares, marinos, religiosos y transmarini negotiatores bizantinos arribados a las costas de Spania, proyectarán su impresionante riqueza cultural sobre un reino visigodo, ansioso de emular el esplendor del imperio. Es lo que se conoce como “emulatio imperii”. Son hechos históricos gigantescos que pasan inadvertidos pero que dejaran una huella indeleble en la corte, los concilios, las leyes, la liturgia, la arquitectura o la numismática del reino visigodo. Ahí está el arco de herradura cuyo origen es bizantino y no otro, como prueba viva de lo dicho.

La nueva Denia bizantina, en plena canal de Ibiza y Elche vivió una época de esplendor, aunque sea Elche, el núcleo bizantino hispánico que nos ha legado una inscripción más elocuente, en la que se desea una feliz navegación hasta Constantinopla. Existía también una vía marítima entre Valentia y Constantinopla.

En la antigüedad tardía, el Mediterráneo no había cambiado mucho técnicamente en sus aspectos naúticos frente a la época romana. La evolución de la liburna romana había dado lugar al dromon (corredor) bizantino que formaría el núcleo de las flotas imperiales. Buque polivalente, veloz, de cubierta corrida y vela latina. Capaz de realizar múltiples misiones y de garantizar el transporte de tropas de un modo más rápido y más seguro que por tierra. Los remos, una o dos filas salían del propio casco, obviando los postizos de las liburnas, de manera que las bordas protegían a los remeros. De formas mucho más hidrodinámicas, su proa presentaba un espolón mucho más liviano también que el de su antecesor y montado sobre la lumbre del agua, a diferencia de los de las liburnas, que quedaban sumergidos.

En estos buques basará Bizancio su hegemonía naval durante décadas.

Entre 569 y 571 en el áfrica bizantina, principal fuente de apoyo para Spania, se suceden las revueltas. Un prefecto y dos magistri militum murieron a manos de los mauri o moros, habitantes de la Mauritania. Leovigildo, rey desde el 569, aprovechó la ocasión y atacó. Había introducido mejoras y reformas en lo relativo a sus tropas y máquinas de asedio, que aumentaron las capacidades poliorcéticas de su ejército, posibilitando algunos éxitos contra recintos amurallados. Sin embargo, continuaba existiendo un muro infranqueable para los visigodos: la flota bizantina. Su eficacia suponía un escollo insalvable y por tanto las ofensivas visigodas tenían que concluir, en una continua sucesión de reveses.

Para intentar aliviar la presión militar sobre Spania, Bizancio crea nuevos frentes. Gracias al apoyo de la flota bizantina, se produce una sublevación anti-visigoda en la Narbonense, en el año 578, a lo que hay que añadir la rebelión del hijo de Leovigildo, en el 580. Hermenegildo solicita ayuda militar a Constantinopla y se convierte al catolicismo para atraerse las simpatías de la población mayoritariamente hispanorromana. Un panorama sombrío, se cernía sobre el reino visigodo. No obstante, el monarca visigodo, reaccionó una vez más con “barbara astutia”. Compró la neutralidad bizantina a cambio de la entrega de varias ciudades conquistadas previamente y de 30 000 sólidos. Aparentemente para Bizancio, aquello era simplemente salvar los muebles, pero la tozuda realidad estaba ahí, la lúcida y flexible gestión político-militar bizantina, había dado sus frutos y Spania seguía en pie.

Recaredo, visto lo visto, se convierte también al catolicismo poco después de subir al trono, en el 586. Todavía Bizancio podía, por aquellos días, en el 589, bajo el mando del magister militum Comenciolo, realizar un ataque victorioso contra los visigodos, aprovechando que la mayoría de su ejército se encontraba combatiendo contra los Francos. San Isidoro se lamenta de las “insolencias romanas”.

A partir del 602, la usurpación del tiránico Focas con ejecución del emperador Mauricio incluida, cambiará las tornas, al desencadenar la rebelión del Exarca africano que culminó con la potente expedición naval que derrocaría a Focas. Estaba integrada por barcos y tropas que procedían de todos los territorios dependientes del exarcado de Cartago, incluida Spania y la mandaba su hijo Heraclio. En la crónica gothorum pseudo isidoriana se puede leer “y en total fueron 1030 naves con las que se dirigió a Constantinopla”. Tal desplazamiento de fuerzas navales y militares, hacia el oriente del Mediterráneo, animó al rey Witerico, que había accedido al trono también en el 602, a la ofensiva. A pesar de tan favorable coyuntura, el ataque visigodo fracasará nuevamente. Una y otra vez las ofensivas visigodas se estrellaban contra una encarnizada y tenaz resistencia imperial, sostenida gracias al apoyo naval de su flota, en una Spania de fuerte dimensión litoral.

Sisebuto sube al trono en el 612 y su reinado coincidió con un agravamiento notable de la situación en el imperio, tras la guerra civil que había llevado al trono imperial a Heraclio. Los persas de Cosroes II devastaban el debilitado territorio imperial a una velocidad vertiginosa para la época. Damasco y Antioquía caen en 613. Jerusalén en 614. En 619 los bizantinos habían perdido Siria, Palestina y Egipto.

En semejante encrucijada histórica, de tintes casi apocalípticos, Sisebuto, sabio y especialmente dotado intelectualmente, como casi todos los grandes genios militares, iba a reorganizar los entresijos del reino visigodo, poniendo el acento militar en los aspectos marítimos. El fruto de sus desvelos sería una flota visigoda, cuya base principal fue Valentia. La mejor posición visigoda frente a los territorios bizantinos y el punto básico de articulación comercial, entre el centro peninsular y el Mediterráneo, que además contaba con un importante contingente de tropas visigodas, un conjunto amurallado de entidad, importantes infraestructuras portuarias y una tradición marinera acreditada. Sí, ese es el fascinante retrato de una Valentia marítima, a comienzos del siglo VII, base principal de la nueva Armada real, aunque no nos lo hayan contado.

El cerco se cerraba sobre las posiciones bizantinas en Spania, esta vez también por mar. San Isidoro lo explica así : “Después de que el príncipe Sisebuto tomó el cetro del reino…las guerras…alcanzaron tan alto grado de esplendor que llegan con sus armas no sólo a las tierras , sino al propio mar”. Con la acción combinada de sus tropas y de su flota, Sisebuto, arrasó hasta los cimientos varias ciudades costeras no sin que los milites vendieran muy caro cada palmo conquistado. Ante la dramática situación por la que atravesaba el también católico emperador Heraclio, en Oriente, Sisebuto frenó su sangrienta ofensiva. Un cronista franco, Fredegario, se refería a Sisebuto en estos términos: “rey clementísimo, varón sabio, piadoso y merecedor en toda Hispania de gran alabanza”. Con Sisebuto y su “Astronomicum”, con San Isidoro y sus “Etimologías”, España es el foco cultural del que se nutre todo Occidente. Y tal cosa sucedía, conviene destacarlo, cuando en la Francia merovingia o en la Inglaterra anglosajona, sus reyes eran prácticamente analfabetos. Se iba tejiendo una España celtíbera, romana, visigoda y bizantina, una España mestiza, que ya apuntaba maneras, como vanguardia cultural europea, a principios del siglo VII.

Nos acercamos al final, con Sisebuto, Spania había quedado reducida a una estrecha franja levantina. Suintila reinaría 621- 631. Era un dux militar que ya había combatido contra los bizantinos bajo las órdenes de Sisebuto y sería él quién desencadenaría, desde Valentia y Bigastri, el ataque final sobre las dos plazas más importantes que aún quedaban en poder imperial: Ilici y Carthago Spartaria. Esta vez el aislamiento al que las sometió simultáneamente, la nueva armada real visigoda, se saldaría por fin, con una rotunda victoria de Suintila. El santo hispalense lo vió así: “Alcanzó por su feliz éxito la gloria de un triunfo superior a la de los demás reyes, ya que fue el primero que obtuvo el poder monárquico sobre todo el reino unificado de Hispania”. Tales afirmaciones nos ayudan a recordar que la identidad española, existía ya, en el siglo VII a pesar de las afirmaciones hispanófobas, de injusticia sofocante, vertidas en nuestros días sobre aquella época, por los que pregonan vino y venden vinagre. España ya estaba allí y por eso la cantaba San Isidoro en su “Laus Hispaniae” y en su “historia de los godos”.

Spania era ya un recuerdo. Los emperadores bizantinos nunca quisieron desprenderse de ella. Sus milites y sus dromones no cejaron nunca en su defensa. Cuando la adversidad arrecia como lo hizo entonces para Bizancio, es difícil encontrar palabras que hagan justicia al titánico esfuerzo de Heraclio, para salvar la nave imperial, en una galerna histórica como la que le tocó afrontar. Aunque en el 626, gracias a la combatividad de la flota imperial en las aguas de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos, se pudo impedir que el cerco mortal de ávaros desde los balcanes y persas desde el lado asiático del Bósforo, se cerrara sobre Constantinopla, ya era tarde para Spania, perdida para la Roma de oriente, un año antes. Fue parte del precio a pagar por la supervivencia de Bizancio. Una de esas ironías históricas, la desaparición de Spania, que daría lugar al nacimiento de una nueva España, de alma romana y rostro visigodo, pero esa es ya, otra historia.

Juan José Esteban Garrido es Teniente de Navío (RV), ingeniero de Caminos, Canales y Puertos y miembro de la Asociación Valenciana de Historia Militar

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