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Singladura por la costa de Sevilla

Sevilla. Sábado, 10 de abril de 2021. Amanece con previsión de lluvia, pero el cielo que se abre tras atravesar las puertas del Círculo Mercantil e Industrial es el primer regalo para los navegantes que buscan otro punto de vista de la ciudad y entender cuál es el lastre que mantiene varadas muchas promesas en torno a un río que ha sido transformado a lo largo de la historia con cortas, tapones y esclusas.

Todo está preparado para iniciar una particular singladura por una autopista balizada con señales marítimas, donde hay que tener en cuenta la marea y sus vientos y los códigos para respetar el canal de navegación sin afectar a las bombas de riego de las orillas, los barquitos de albureros y camaroneros y sus redes abiertas y el tráfico de mercantes, a los que hay que ceder el seno del meandro para garantizar el máximo calado. El mar penetra por el río hasta Sevilla, que no tiene playa, pero sí una costa sujeta a servidumbre marítimo-terrestre.

Desde el pantalán la fachada que se ve es monumental. Sin filtros, la silueta de las torres y la cúpula del pabellón de Argentina de la Exposición Iberoamericana del 29 se recortan entre nubes y un sol que baña de luz una ciudad con historia que fue "Puerto y Puerta de Indias" y que hace décadas que vive de espaldas al Guadalquivir.

La singladura en realidad había comenzado días antes, con el repostaje del Sagitario II, embarcación de 6,5 metros de eslora con un motor de 115 caballos. La carencia de gasolineras flotantes o marinas supone el primer freno a la hora de potenciar la navegación de recreo. Su patrón, el abogado José García Medina, empezó con los preparativos dos días antes para cargar cuatro bidones con un peso de 21,5 kilos cada uno que portea a mano, de la gasolinera al aparcamiento y de ahí al punto de amarre, haciendo equilibrios al embarcar y desembarcar hasta vaciarlos en el depósito. El esfuerzo es meritorio.

Desde el pantalán el agua, tranquila y más limpia de lo que parece desde las orillas, es un espejo. En el Mercantil hay diez barcos amarrados. En el Náutico los puntos de atraque se multiplican por diez. Ambos clubes forman una vistosa marina para embarcaciones privadas a un paso del centro de la ciudad reservada, casi en su totalidad, para sus socios. Ya no está Sun Sails en el Puerto, pues cerró en 2018, y de los muelles y pantalanes que se construyeron para el 92 sólo quedan vestigios ruinosos.

Todavía largando cabos se cruzan los primeros deportistas: dos piraguas en una lámina de agua que es uno de los mejores campos de entrenamiento de Europa. La embarcación se dirige al canal de navegación a cuatro nudos, los fijados para la dársena, una velocidad baja que permite esa convivencia de usos y que, de momento, se agradece, pues permite disfrutar del paisaje, unas vistas al alcance de los deportistas, embarcaciones de recreo privadas y comerciales, aunque la mayoría ha dejado de funcionar en la pandemia.

Se deja atrás el puente de Las Delicias y con sorpresa se atisban los nuevos pantalanes que la Autoridad Portuaria ha construido bajo esta pasarela. Son puntos de atraque habilitados para acoger a las embarcaciones comerciales que prestan viajes turísticos y de transporte local por la dársena y que, hasta la fecha, no disponían de un lugar adecuado para pernoctar.

El patrón es puntual a la cita previa que tenía solicitada. Conecta por el canal fijado para la navegación por los ríos, #12, con la Policía portuaria y confirma su permiso para cruzar la esclusa, que ya ha cumplido diez años y se prepara para la sustitución de algunas piezas.

El Sagitario II entra en la esclusa y el río tiene 9 metros de calado. El agua empieza a bajar aproximándose a los 7,5 metros, según mide la sonda. Durante el viaje en este particular ascensor, apenas perceptible, se pueden observar las firmas que los marineros de los buques que entran y salen en el Puerto de Sevilla dejan en las paredes de hormigón de la esclusa. La mayoría son nombres de países del Este y, entre ellas, la más peculiar: el dibujo de un buzo. Se abre la segunda compuerta y los navegantes se adentran en un cauce que se ensancha. Se escucha a las gaviotas y en las orillas nadan patos salvajes.

El patrón respira, huele el Guadalquivir y comparte el origen de su vocación marinera y su casi devoción por el mismo río del que se enamoró de niño en los veranos que pasaba en la huerta de sus padres, en Villanueva de Córdoba. Lo más era una balsa para recoger mejillones. Ahora el Sagitario II lo transporta a su niñez en la ría del Piedras cada verano.

Se abre la segunda compuerta y el patrón se despide del policía portuario deseándole buena guardia. En la anteesclusa se atisba una señal marítima en una bifurcación. Se trata de la Punta de don Isaías. Hay dos opciones: seguir río arriba hasta la presa de Alcalá del Río, por la Vega Norte; o hacerlo río abajo por la Vega Sur, una ruta que conduciría hasta la desembocadura del Guadalquivir, en Sanlúcar de Barrameda, la salida al mar de los barcos que llegan hasta el Puerto de Sevilla, el único marítimo interior de España.

Río arriba, y hasta la desembocadura del río Ribera de Huelva, próximo al antiguo puente de La Algaba, no hay problemas de calado y se puede navegar tranquilamente con cualquier embarcación de recreo o algunas barcazas. Las dudas surgen al pasar bajo dicho puente, que en el pasado se derrumbó en dos ocasiones. Los restos están bajo el agua y se presentan como un peligro. Más arriba de ese puente, y hasta llegar a Alcalá del Río, los bajos con aguas someras son tan abundantes que únicamente se podría navegar con embarcaciones de ínfimo calado y en situaciones de pleamar.

El patrón pone rumbo al Sur. En lo que todavía es la antesala de la esclusa se observan ya muchas aves. A babor está, entre maleza, el antiguo Muelle del Butano, al que llegaban los barcos con productos petrolíferos que ahora van por oleoductos. Hoy es un vaciadero para los dragados de mantenimiento. Las descargas de sedimentos en esa zona han creado una reserva natural donde anidan muchas aves y que le ha valido un reconocimiento a la Autoridad Portuaria.

A la entrada de Coria del Río, la travesía da la oportunidad de recordar a un oficio perdido y muy duro, el de los areneros. Todavía quedan dos muelles abandonados. Es el municipio ribereño con mayor tradición marinera. El río está lleno de sifones, lo que recuerda que estamos en una comarca también agrícola. Aparece el cerro Caura, lo que daría para una clase de historia: desde los tartesios hasta la Sevilla americana del siglo XVI y XVII, cuando desde este puerto partían barcos con productos para la industria alfarera y frutícola para la Carrera de Indias. Todavía se puede ver un astillero, testigo de la carpintería de ribera, una actividad milenaria también perdida.

El paso por el restaurante Esturión invita a recordar la elaboración de caviar del Guadalquivir, pues se asienta sobre la antigua factoría de los Ybarra Villa Pepita que, hasta los años 70, preparó un producto de mucha calidad y prestigio. El último ejemplar de esta especie en peligro de extinción se pescó en el río en 1992.

El patrón baja la velocidad ante el cruce de la barcaza, medio de transporte para vehículos y personas que se mantiene activo y une las marismas. Mientras se observan a estribor los pilotes oxidados de lo que fue una famosa discoteca de los años 90. Y varios tipos de embarcaciones típicas de la zona: albureros con sus cucharas y camaroneros con sus redes. Un catálogo que daría para explicar todas las artes de pesca en el Guadalquivir. En la alameda se atisba la estatua del samurái Hasekura Tsenaga y en el paseo marítimo hay un pantalán que el Ayuntamiento coriano ha solicitado ampliar para permitir el atraque de embarcaciones de recreo.

Las orillas están llenas de defensas de troncos de eucaliptos para proteger las márgenes del río, que forman una especie de puente imaginario muy visible cuando llegue la bajamar. Entre Coria y La Puebla hay muchos troncos flotando en el agua, fruto de la erosión que no cesa en los márgenes. Al dejar el primer pueblo, a estribor se observa la desembocadura del río Pudio, que conecta con un corredor verde hasta el que han llegado linces.

Ya se ve La Puebla, un balcón al Guadalquivir. Y, a estribor, la primera playa perceptible: se conoce como la del Bajo, de arena fina y frecuentada antaño por lugareños de la zona en verano. Cuentan que hubo muchos ahogamientos. Entre las estacas se ve la finca del diestro Morante de La Puebla, la Huerta de San Antonio, con su plaza de toros y su playita, un paraíso cuando baja la marea. Enfrente están los vestigios de los antiguos alfares, hornos artesanales donde se cocían los ladrillos típicos de la zona que dieron lugar a una floreciente industria.

A babor se ven caballos y a estribor, bueyes. Y una enfilación coronada por cigüeñas que ha dejado sumergida en el agua señales marítimas. Y, de repente, el paisaje se distorsiona con una barrera de alta tensión, dos torres pintadas de blanco y rojo que suponen un obstáculo para que entren hasta Sevilla barcos como el Juan Sebastián Elcano.

A una milla abajo de La Puebla el agua está muy turbia y los peces saltan sin parar al paso de la embarcación. Se aprecian algunas olas. El Guadalquivir es un río lleno de vida que toma a esa altura una amplitud propia del mar. El entorno, con mucha vegetación, recuerda que ésta es una de las puertas de Doñana. El paraje se sitúa en la corta de La Isleta, se trata de un antiguo meandro del Guadalquivir que quedó aislado tras estas obras de 1972. Y hay otra playa, la del Sotillo.

Un poco más abajo, el cortijo de La Compañía invita a coger los prismáticos para contemplar de cerca esta singular arquitectura marismeña. Debe su nombre a la Compañía Hispalense de Revalorización del Guadalquivir, fundada en la década de 1920 por el rey Alfonso XIII con capital inglés y cuya finalidad era convertir en tierras fértiles Isla Mayor. Metros antes del edificio está la entrada al cauce del Brazo del Este. Al fondo está la Isla de Los Olivillos, resultado de otra corta de 1971 y cuya boca final, más al sur, es la nueva desembocadura del río Guadaíra, en la Punta del Mármol.

El patrón sube algunos nudos en una recta que conduce hasta Isla Mínima. Se trata de la corta de Los Jerónimos, que se acabó en 1888 y que perseguía eliminar los meandros del río y mejorar la navegación. Una obra que dio lugar a la formación de una isla artificial, la Isla Mínima que el cine se ha encargado de popularizar. El paisaje se hace cada vez más monótono, pero no menos bello. Los árboles van desapareciendo, la marisma se abre paso y sale el sol. El calado se acerca a los ocho metros y empieza a aumentar hasta llegar a los diez. Hay un angulero fondeado que prepara sus redes para capturar camarones. Y surge el refrán: Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente.

Los chillidos de alguna gaviota rompen el silencio cuando se ve el embarcadero que la sociedad Prodetur, de la Diputación de Sevilla, gestiona en dicho paraje, y que es el único en buen estado desde la salida de la dársena. Atrás ha quedado una antigua casa de bombas. El patrón se acerca despacio al pantalán, salta y agarra un cabo. Ayuda en las maniobras Marcos Pacheco, historiador y buen conocedor del río.

Al desembarcar se oyen ladridos de un perro y la conversación se fija en el patrimonio que se esconde también entre los arrozales. Detrás del pantalán está el Cortijo Escobar, con ganado bravo. Llegó a extenderse formando el poblado de San Lorenzo del Guadalquivir, que dio alojamiento a más de 300 trabajadores dedicados al cultivo del arroz. Contaba con iglesia, escuela, bar y jardines, aparte de una plaza de toros conocida como La pequeña Maestranza y unas caballerizas para la explotación del caballo cartujano.

En los terrenos que preceden al cortijo hace un tiempo que no se siembra arroz, lo que resta belleza a una imagen que muchos turistas que desembarcaban en Isla Mínima se han llevado en sus cámaras de fotos. Justo a la derecha, delante de una casa de bombas de la comunidad de regantes, se ven avanzadas las obras de una nueva rampa para una barcaza que unirá las dos orillas, facilitando la comunicación entre La Puebla y Los Palacios, un alivio para muchos trabajadores de la marisma que también se pretende explotar turísticamente cuando acabe la pandemia y se retome la denominada Ruta del Arroz.

El cortijo está cerrado al público, pues no hay visitas concertadas. Pero el paseo sirve para entablar conversación con trabajadores de la comunidad acerca de los cultivos y la falta de lluvia que pone en riesgo la siembra en estos momentos. Enfrente está el cortijo de Los Casudy con sus grandes silos cilíndricos.

13:.00. Virazón y primeras lluvias

Tras el paseo, es el momento para un pequeño almuerzo mientras se disfruta del paisaje y del sol que juega al escondite. Por la vega Sur se podría seguir en barco por parajes como Las Horcadas, el Tablazo de Tarfía y el Brazo de la Torre hasta llegar a la finca Veta La Palma y adentrarse en Doñana y la desembocadura del Guadalquivir. El viento se torna en virazón y las nubes amenazan con descargar. Es hora de agarrar el bichero y soltar cabos para poner rumbo a Gelves.

El patrón saluda tocando la bocina al pasar cerca de un barquito de pesca. En media hora se alcanza de nuevo La Puebla del Río, dejando una estampa que es la primera de civilización que veían los barcos cuando se adentraban por el río hasta el Puerto de Sevilla. Es fácil imaginar el paso de las naos históricas por estas márgenes. Pero los barcos que se cruzan con el Sagitario II son dos veleros que bajan lentamente el río, en zigzag, navegando de ceñida contra el viento del Sur. El segundo va ganando barlovento.

Desde La Puebla se ve la torre de Los Remedios. Y empieza a descargar la lluvia anunciada. Apenas son unas gotas que revuelven un poco el agua muy turbia. El patrón recuerda las normas de navegación: las señales verdes a estribor y las rojas a babor. Las embarcaciones a motor deben dar prioridad a las que van a vela y estar muy atentas a sus maniobras. Se ven también boyas.

La travesía de vuelta se aproxima ya a Coria del Río. Llueve levemente y vuelve a cruzar la barcaza. Los bares y restaurantes de las orillas están repletos de público en terrazas privilegiadas con aires de marina. El barco busca la Punta del Verde, una bifurcación en la que elegirá seguir río arriba, en lugar de volver a entrar en la dársena. Ya no hay señalización y el consejo es navegar por la parte convexa del río. Las olas que rompen tienen más de 30 centímetros. Y el calado es de nuevo superior a los 8 metros. En las márgenes se observan defensas hechas con neumáticos y vertidos de hormigón, poco recomendables.

Ya se ven los mástiles de Puerto Gelves. El patrón pide permiso para atracar en este puerto deportivo, aminora la velocidad tras recibir la respuesta para entrar en los pantalanes y empieza a bajar las defensas. Casi no hay amarres libres. Después de una dura crisis, el puerto ha empezado a remontar. Desembarque y parada para tomar algo antes de continuar.

El día empieza a pesar y es el momento de tomar una decisión. Al salir de Gelves una opción es continuar la vega Norte hasta San Juan de Aznalfarache, otro de los municipios que está movilizándose para recuperar su pasado marinero y sus instalaciones, un pantalán hundido que se pretende reflotar y ampliar en un ambicioso proyecto que lidera el Club Náutico surgido para tal fin.

Desde ahí se podría navegar por la corta de la Vega de Triana y La Cartuja, donde hay algunos pantalanes para deportistas. Hay, por ejemplo, uno junto al parque del Alamillo, pero amarrar en él es tarea imposible, pues carece de cornamusas. Otro obstáculo más para fomentar la navegación de recreo en Sevilla. Y se podría subir hasta Alcalá del Río y disfrutar de la cercanía de enclaves con mucho patrimonio, como el Cerro Macareno, en La Algaba. Un camino fluvial lleno de historia.

El patrón replantea la singladura. El horario de verano para las embarcaciones de recreo impide a éstas pasar la esclusa antes de las 21:00. Pero con una aplicación de tráfico marítimo, ha detectado que hay un buque que entrará en la esclusa en torno a las 17:00. Compartirla es una posibilidad, sujeta a la decisión de la policía portuaria y el práctico de turno, y decide intentarlo.

La travesía de Gelves a la esclusa permite tomar un poco el sol en la proa del Sagitario II y disfrutar de la tranquilidad antes de iniciar una auténtica aventura, la que supone compartir la esclusa con otras embarcaciones mayores, lo que genera corrientes que requieren destreza e impiden soltar el bichero en ningún momento.

Spanaco Fidelity, de 85 metros de eslora por 15 de manga. A la espera de que el policía portuario dé permiso para entrar con él, a babor se contemplan los espeques de apoyo o puros existentes en la anteesclusa y que reciben el nombre curioso nombre de duques de alba. Al parecer, los palafitos serían utilizados en los Países Bajos por tropas españolas como herramienta de ejecución a los condenados a muerte, según ilustra el historiador Marcos Pacheco al resto de la tripulación.

Dentro del vaso ya hay un remolcador. Al lado del buque todo se hace pequeño y vulnerable. Toda la tripulación se pone al servicio del patrón para seguir sus instrucciones y facilitar la maniobra, tras 10 minutos de espera que se alargan mucho. El tren pasa por la esclusa antes de que se vuelva a levantar el puente.

Las compuertas vuelven a abrirse y la dársena se abre con una luz cálida y una temperatura primaveral. Tras pasar el buque, la velocidad se reduce de nuevo a 4 nudos y el paseo permite contemplar con más detalle otro gran desconocido, el Puerto y sus muelles.

El Sagitario II se acerca al pantalán del Círculo Mercantil e Industrial. La maniobra se complica por la cercanía de otra embarcación. Hay pescadores con caña en los pantalanes y muchos socios disfrutando de la tarde en el restaurante del club. El río se convierte en una calle principal donde los clientes de otra terraza arriba del acuario de Las Delicias saludan. Y se viste de época. Sólo con la vista, a pie de pantalán se observan algunos de los puentes y antiguos muelles que dan para otro paseo cargado de historia.

Y la singladura acaba antes de lo previsto, con feliz arribada, pero condicionada por las dificultades para repostar y amarrar y por la rigidez de los horarios de la esclusa. Y con el convencimiento de que hay muchas travesías por descubrir y  páginas por completar en el cuaderno de bitácora.

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