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Sin ira Libertad

De esa forma reza la canción que se convirtió en uno de los himnos de la Transición Española. Parece que pasó el tiempo, conservamos esa libertad pero se nos olvidó todo lo demás. Se nos olvidó el llamado «espíritu de la Transición», donde «la concordia fue posible» como bien dijo el presidente Suárez y sobre todo se nos olvidó dejar guardada en un cajón la ira.

Esa ira que sale cuando vertemos opiniones políticas de todos los tipos por las redes sociales cuando algo no concuerda con nuestra manera de pensar o no es de nuestro agrado. La misma ira que se apodera de nosotros cuando hablamos de «rojos» y de «fachas».

Creo que es momento de decir ¡Basta ya! Muchos se muestran indignados cuando ven bronca en el Congreso, y ellos mismos van a montar la misma bronca batiéndose el cobre por sus ideas en Twitter. Hoy es muy habitual preguntar de manera retórica cuantas neuronas le faltan al de enfrente, insultar o incluso llegar a desear la muerte al otro (por redes sociales se ve y se sufre y se ve de todo).

Esos son los mismos que claman porque llegue un mesías que dignifique la profesión de la política, pero amigos, la política se empieza dignificando desde abajo. El conjunto de líderes no son más que un reflejo de todos los ciudadanos. La política, a mi manera de entender, es un noble arte consistente en la organización social desde la convergencia de ideas dispares fruto del diálogo y la negociación.

Todos y cada uno de nosotros somos agentes políticos, y como ello debemos comportarnos. Una charla entre amigos o familiares tratando de «arreglar el país» no puede pasar el límite de charla animada, porque entonces tomamos la máquina del tiempo y viajamos del siglo XXI al paleolítico.

Nada de lo que se ha construido a lo largo de la historia ha resultado ser sólido ni duradero sin el consenso y acuerdo entre todos los intervinientes. A nuestra democracia le pasa algo similar que cuando pasamos una lija por una roca caliza, que tiene un aspecto robusto pero con poco se deshace. Cada vez que gritamos, llamamos facha, llamamos rojo, llamamos perroflauta, llamamos Cayetano, nos insultamos o despreciamos al otro o intentamos imponer como verdad absoluta nuestra opinión, estamos pasando un poco la lija a nuestra particular caliza.

No todo está perdido ni mucho menos, pero tenemos que poner todos los medios que estén en nuestras manos para parar de desgastar la joven Democracia española para dejar de convertirla en una «brutocracia». Entre todos podemos hacer un gran país y podremos presumir como hoy lo hacen nuestros padres y abuelos, y poder decir a nuestros hijos y nietos que «la concordia entonces también fue posible».

Víctor Hernández Hernández.

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