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Sí, somos la rana

Una rana lanzada a un caldero de agua hirviendo saltará inmediatamente fuera de este para salvar su vida. La misma rana, colocada en agua tibia, permanecerá inmóvil mientras se va calentando progresivamente el líquido hasta hervir con ella dentro. Es el síndrome de la rana hervida, una analogía que se usa para describir la incapacidad para reaccionar ante daños percibidos como a largo plazo, que se producen de forma acumulativa, provocando que las reacciones sean ausentes o tardías como para evitarlos o revertirlos. 

Sí, somos la rana. Demostramos flexibilidad, rapidez, creatividad para responder, desde la Ciencia, el Derecho o nuestros comportamientos sociales y en la medida de lo posible, ante amenazas como la de la covid-19. Sin embargo, arrastramos los pies, durante décadas en algunos casos, ante crisis como la climática. Cubrimos catástrofes durante horas con telediarios y programas especiales. Mientras, las 10.000 muertes prematuras que se estima se producen anualmente en España a causa de la contaminación pasan totalmente desapercibidas.

Sin embargo, existen instituciones, organismos, que nos advierten todos los días de que el agua se aproxima a su punto de ebullición para que saltemos a tiempo del caldero. Una de estas instituciones es el IPBES, un panel intergubernamental, a la imagen del IPCC sobre cambio climático, cuya misión es prevenir sobre el estado de la biodiversidad y los servicios de los ecosistemas —de los que dependen nuestra economía y nuestro bienestar— y acercar la Ciencia a las decisiones políticas. Es una institución poco conocida pero cuyo trabajo alertando sobre las consecuencias de la crisis de biodiversidad tendrá un gran protagonismo en este 2021. 

Este año deben decidirse los objetivos que la comunidad internacional se marcará para revertir la pérdida global de biodiversidad a partir de 2020. Los Estados parte de la Convención sobre Diversidad Biológica de Naciones Unidas se reunirán en la ciudad China de Kunming, si el virus no lo impide, para decidir los compromisos de lucha contra la que se ha dado ya en llamar Sexta Extinción Masiva.

En este contexto, el conocimiento sobre la importancia que los servicios de los ecosistemas tienen en nuestro día a día y sobre el deterioro al que están sometidos desde hace décadas es vital para dotar a la ciudadanía de las herramientas necesarias para exigir a los poderes públicos la asunción de medidas decididas en la lucha contra la crisis de biodiversidad. Y para que los responsables políticos rindamos cuentas sobre ellas. 

Son organismos científicos como el IPBES los que nutren a la sociedad de esa información, verificable y contrastada. Este grupo publicó en 2019 la Evaluación Mundial sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas, un demoledor informe que revela el profundo desgaste de estos servicios de los que todos dependemos y de nuestras especies, de las que un millón están ya en peligro de extinción. Los polinizadores, animales de los que dependen la producción del 75% nuestros cultivos, se encuentran en declive poniendo en riesgo la producción anual de cultivos a nivel mundial por valor hasta medio billón de euros, todo el PIB de Argentina. La protección costera ante catástrofes naturales que brindan los arrecifes coralinos, de la que dependen entre 100 y 300 millones de personas, está comprometida y la actividad humana ha acabado ya con la mitad del coral vivo del planeta. Los ecosistemas marinos y terrestres son los sumideros naturales de aproximadamente el 60% de nuestras emisiones mundiales de CO2 y alrededor del 70% de los medicamentos utilizados para el tratamiento del cáncer provienen de ellos, sin embargo, el 75% de la superficie terrestre ha sufrido ya alteraciones considerables a expensas de estos ecosistemas —hemos multiplicado por dos las zonas urbanas desde 1992 y un tercio de la superficie terrestre está ya dedicada a cultivo o ganadería— y solo conservamos un 15% de los humedales del planeta. La contaminación marina por plásticos se ha multiplicado por 10 desde 1980 y afecta al 86% de las tortugas marinas, al 44% de las aves marinas y al 43% de los mamíferos marinos, estando ya presente en nuestros alimentos.

Es la biodiversidad la que mantiene la calidad del aire, del agua dulce y la que nutren los suelos de los que dependemos; regula el clima, controla las plagas de nuestros cultivos y las enfermedades que, como estamos viendo, nos acechan; contribuye también a los aspectos inmateriales de nuestra calidad de vida, como nuestra identidad cultural. Las conclusiones de la evaluación del IPBES son claras: los ecosistemas son los cimientos de la humanidad y estamos dinamitándolos, comprometiendo nuestra capacidad para cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030.

El IPBES es nuestro canario en la mina. Su trabajo nos advierte de una crisis, la de biodiversidad, de una envergadura al menos equivalente a la climática y su labor merece publicidad y reconocimiento. Es por ello que el Gobierno de La Rioja ha acordado presentar la candidatura de este órgano intergubernamental al premio Princesa de Asturias de la Concordia, por su contribución a la defensa y generalización de los derechos humanos, del fomento y protección de la paz, de la libertad, de la solidaridad, del patrimonio mundial y, en general, del progreso de la humanidad.

Con esta candidatura buscamos ensalzar la importancia de la Ciencia en la toma de decisiones políticas y resaltar el vínculo entre biodiversidad y derechos humanos como el de la salud, tal y como la pandemia del SARS-CoV-2 pone cruelmente de manifiesto. Es, al fin y al cabo, un reconocimiento al papel de las instituciones internacionales en el establecimiento de mecanismos de cooperación internacional y compromisos globales con el fin de alcanzar el progreso social, económico y medioambiental de nuestras sociedades, y un llamamiento a la búsqueda del bien común que debe regir nuestro quehacer: pensando globalmente, actuando localmente.

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