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Sergio Castel, el carpintero que se fue a Australia a aprender inglés y descubrieron en un parque

Hoy en día le hacen biopics a cualquiera. A veces confundimos la épica con la fama, y por eso se nos escapan vidas como la de Sergio Castel, quien antes de deshacerse del Celta con dos goles hace quince días, para meter al Ibiza en dieciseisavos de Copa, se había retirado del fútbol con 19 años, y vivía en Australia aprendiendo inglés y trabajando de carpintero, hasta que alguien lo descubrió un domingo jugando una pachanga en el parque.

El biopic de Castel tiene temporadas en Australia, Vietnam, la India y casi una decena de equipos españoles. Toda una vida en 25 años, y que alcanzó la gloria a los 13, por esa cosa del fútbol que permite a los niños cumplir sus sueños de niño. En su caso, pasar de jugar en su barrio, en el Rayo Majadahonda y en Las Rozas, a que le fichara el Atlético de Madrid, del que se hicieron tanto él como sus hermanos por recomendación de su padre: "Si no sois del Atleti no coméis". Al mismo tiempo, a su mejor amigo desde los siete años, un tal Marcos Llorente, fichaba por el suyo, el Real Madrid.

Pero el sueño de Castel de convertirse en el nuevo Fernando Torres fue brevísimo, porque empezó a suspender, repitió curso, y su madre le dijo que se acababa el fútbol, al menos con ese nivel de exigencia. El ex internacional Aguilera, director del fútbol base, nunca había visto nada igual, y trató de convencerla, pero no había nada que hacer. La mujer les dijo que si al final Sergio era bueno, que volvieran a buscarle a Las Rozas.

Pero el que fue a buscarle fue el Rayo, y el Real Madrid, y Osasuna, quien acabó convenciendo a su madre, enseñándole más fotos de la Universidad que de la Ciudad Deportiva de Tajonar. Allí coincidió con Enrique Martín Monreal, quien a la hora de la verdad le declaró demasiado grande y demasiado madrileño, y Castel acabó debutando en el fútbol semiprofesional en Asturias, en el Lealtad, de Segunda B, antes de decidir abandonar para siempre el sueño de ser futbolista, con apenas 19 años, y marcharse a Australia a aprender inglés y buscarse otro trabajo.

En Brisbane se apuntó a una academia y encontró trabajo de carpintero, sin tener ni idea de carpintería. También encontró un parque, donde los chavales jugaban pachangas los fines de semana. Un sábado le pidió a un grupo de subsaharianos si le dejaban jugar, en una actitud que define su naturalidad, casi tan bien con la que lo explica: "Escríbelo como lo tengas que escribir, pero cada sábado éramos jugando 40 negros y yo, el único blanco, y la gente se me quedaba mirando".

A los pocos fines de semana le ficha otra pachanga. Una de sudamericanos, que era como subir en el ranking FIFA, pero sin salir del Yeronga Park. Una treintena de sudamericanos, pero bien podría haber sido toda América Latina junta, empiezan a sospechar que Castel, a lo mejor, no era carpintero. Y un buen día apareció la junta directiva del F.C Bendigo, de la National Premier League, segunda división australiana, ofreciéndole dinero y una nueva residencia en Melbourne.

Aventura asiática

"Tenía de todo en Melbourne, no podía tener una vida mejor, me lo daban todo, pero me pudo la aventura", explica. Tentado por representantes de ligas asiáticas llena su mochila de goles y se planta en el Than Quang Ninh, "el Cuanín", españoliza Castel, de la V.League 1, primera división vietnamita. "Físicamente son mucho más débiles, tenían una cultura curiosa, si te ven tímido o débil, no te respetan, ni siquiera te hablan, tenía compañeros que les pasaba eso, y me lo advirtieron antes de llegar, entonces en el primer entrenamiento, en un rondo, tiré a dos al suelo, y fueron los primeros que empezaron a hablarme", explica.

Sergio Castel durante un partido de la liga india.
Sergio Castel durante un partido de la liga india.

A los cuatro meses dio por finalizada su aventura. Esta vez es su familia la que le pide que vuelva a España, y acaba en el Alcorcón B, de Tercera. Y enseguida le ficha el San Sebastián de los Reyes, de Segunda B, con el que vive el mejor año de su vida, en lo profesional y lo personal. Conoce a su novia Patricia y a mitad de temporada el destino le devuelve a la casilla de salida. El Atlético de Madrid le rescata por tres temporadas, con el acuerdo de cederlo a un Segunda española en el verano del 19.

Pero tampoco fue así. Esta vez el Atlético le ofreció una nueva y exótica aventura, la India, con una de esas ligas emergentes que los clubes españoles nutren con canteranos y jugadores al borde de la retirada, a cambio de buenas sumas. "Era una oferta económica muy buena, el mejor contrato de mi vida", explica Castel, aunque tuvo que dejarse a Patricia en Madrid. "Al principio pensamos estar los dos pero es que en Jamshedpur no hay nada que hacer, nada, un centro comercial y una pastelería. Nos pasábamos el día jugando al parchís en el complejo deportivo".

La cosa fue muy bien porque a los dos meses su equipo, el Jamshedpur FC, era líder y él el máximo goleador del campeonato. "Nos venían a ver 25.000 personas, y era muy curioso, porque la afición rival anima a todos por igual, y celebran hasta las entradas fuertes, es la mejor afición que he visto", explica.

En la India también encontró los peores arbitrajes de su vida: "Mucho peor que en Vietnam". Los rivales sabían que los extranjeros tiraban de los equipos y antes de Navidad se llevaron por delante su tobillo, y también le rompieron la tibia a su compañero, el ex rayista Piti. La primera fue amarilla, y la segunda, amarilla por protestar. Castel apenas volvió a jugar y el equipo acabó antepenúltimo.

Confinamiento en casa

El madrileño regresó a casa justo para el confinamiento. "Me vino muy bien porque tenía gimnasio, y sitio para entrenar, para correr, y vídeo llamadas con el preparador físico del Atlético, me recuperé muy bien de la lesión, y me puse muy fuerte, como un animal". Al mismo tiempo llegaron nuevas ofertas de cesión, entre las más atractivas la primera división griega, pero las ganas de quedarse en España, y un par de conversaciones con el presidente del Ibiza y ex presidente valencianista, Amadeo Salvo, le convencieron de que en la isla iba a pasar algo grande.

Y tenía razón. A Patricia le pidió firmar un contrato por todas las temporadas de su vida. Y hace dos semanas llegó el doblete al Celta. El primero despegando por encima de los defensas como un cohete de 1,88 y 90 kilos, que incluye un dragón vietnamita y la australiana Ayers Rock, tatuados en su brazo derecho.

- ¿Y el tatuaje de la India?

- Es que el dragón me dolió mucho.

Netflix sueña ahora con un nuevo giro argumental, como que hoy le haga dos al Athletic, o algo más difícil, que acabe la pandemia, y Castel pueda moverse por la isla, y relacionarse con sus compañeros de estadio, el otro Ibiza, que juega Tercera, y conocer a su delantero, Gianluca, al que de vez en cuando viene a ver jugar su papá, Diego Pablo Simeone.

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