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Seis siglos de la Ciudad Prohibida de Pekín, la capital imperial construida por un millón de obreros

La habitual nube de contaminación ha permitido el paso de un pequeño rayo de sol que golpea justo en la fila donde hay que enseñar el código QR verde de la aplicación de salud para entrar en la Ciudad Prohibida. Desde principios de verano no ha vuelto a haber casos de coronavirus en Pekín, pero aún es obligatorio llevar en el móvil los códigos que verifican que uno está sano. La mascarilla, en cambio, es opcional. Aunque tanto tiempo con ella como una extremidad más del cuerpo hace que casi tod

os la lleven puesta

si van a visitar el mayor complejo palaciego del mundo. Salvo por ese detalle, al cruzar los muros como hizo Bernardo Bertolucci para grabar

El último emperador

, la pandemia es

sólo un recuerdo

en el corazón masificado de turistas de una urbe que ha recuperado la absoluta normalidad. Pasear estos días por la Ciudad Prohibida es hacerlo por sus seis siglos de gloria. Que este 2020 cumpla 600 años es la excusa perfecta para recordar a

Diego de Pantoja

, un jesuita español, nacido en Castilla la Nueva -concretamente, en lo que hoy es el municipio madrileño de Valdemoro-, que fue el primer occidental, junto al jesuita italiano Matteo Ricci, en entrar al recinto imperial pekinés en 1601. Diego era un misionero que quería evangelizar China. Pero más que el catolicismo, lo que llevó con éxito fue una diplomacia entre dos mundos opuestos, hasta el punto de lograr meterse hasta las cocinas de la corte imperial. Los eunucos de la Ciudad Prohibida le abrieron las puertas por sus dotes para

fabricar los relojes que luego regalaban al emperador Wanli

, de la dinastía Ming. Durante el paseo, de vez en cuando, los palos

selfie

y el barullo dejan algún momento para contemplar con calma la enorme piedra de dragón tallada a lo largo de la escalera de una parte del palacio llamada Salón de la Conservación de la Armonía. Este pedrusco suele ser, curiosamente, lo más fotografiado por los visitantes. Con su base coronada por nueve dragones en medio de las nubes,

la talla de piedra de Yunlong pesa 200 toneladas

y tiene 16,7 metros de largo. Mucho ha cambiado el palacio imperial de Pekín desde que

un millón de obreros lo levantaron

en 1420. Fue Zhu Di, más conocido como emperador Yongle, el tercero de la dinastía Ming (1368-1644), quien ordenó trasladar la capital nacional de Nanjing a Pekín y construir un

complejo rectangular de 72 hectáreas,

bañado en madera y ladrillo, rodeado por una muralla de casi 10 metros de altura con una torre en cada esquina y un foso de seis metros a la entrada que se hiela en invierno. Este lugar da cobijo a la colección más grande de estructuras de madera antiguas conservadas en el mundo y fue declarado

Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987

. El vasto complejo alojó a 24 emperadores y a miles de sus nobles siervos y consejeros en 980 edificios con más de 9.000 habitaciones. Entonces, los plebeyos ni siquiera podían tocar los altos muros de un palacio cuyas esquinas están decoradas con figuras de animales y mitos -desde fénix hasta toros y caballitos de mar- de los que se esperaba que ahuyentaran a los demonios. El último emperador, Puyi, fue desalojado por el señor de la guerra Feng Yuxiang en 1924. Al año siguiente, se creó el Museo del Palacio, que hoy alberga casi dos millones de reliquias culturales y que recibió 19 millones de visitantes en 2019. Para este aniversario, el museo ha abierto una gran exposición de 78 obras de Su Shi (1037-1101), uno de los poetas y pintores más famosos de China, figura histórica ubicada en el renacimiento confuciano de la era Song (960-1279). También se han presentado al público 400 reliquias (pinturas, cerámicas, sellos, estelas, esculturas, artículos de bronce y objetos de esmalte), que reflejan la historia de la construcción de la Ciudad Prohibida y su conservación pese a

los continuos incendios que golpearon al palacio a lo largo de los siglos

. Incluso hay leyendas que cuentan que un líder rebelde llamado Li Zicheng quemó en 1644 toda la Ciudad Prohibida, empujando la caída de la dinastía Ming y obligando a la reconstrucción de casi todo el recinto. "Las construcciones palaciegas fueron el capítulo más espléndido en la historia de la arquitectura china antigua. La Ciudad Prohibida también refleja cómo se unen las diferentes culturas. Cada emperador introdujo elementos de su cultura étnica", contó Wang Xudong, director del Museo del Palacio, durante una presentación a los medios para conmemorar los seis siglos. Wang desveló que se han asociado con el gigante tecnológico chino Tencent para digitalizar los tesoros del palacio y ofrecer al público

experiencias inmersivas

de realidad virtual. "En esta era digital de rápido desarrollo necesitamos conectar completamente la tecnología y la excelente cultura tradicional china", destacaba el director del museo. Seis siglos después, tras muchos incendios, guerras y luchas por el poder, la Ciudad Prohibida ha conseguido mantenerse en pie. Incluso sobrevivió a la más reciente Revolución Cultural de

Mao Zedong, quien quiso borrar los vestigios del pasado imperial

de China que tanto le recordaban a las iniquidades de los gobiernos feudales y que frenaban sus ansias de reconstruir una china socialista moderna. Las primeras décadas de la República Popular de China (1949) borraron los muros centenarios y arcos de Pekín para construir carreteras y la red de metro. Pero la Ciudad Prohibida aguantó al periodo de demolición y hoy sigue siendo el símbolo de la antigua civilización de una nación que

pretende dominar el mundo

.

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