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Se calienta la calle

Soy perro viejo. Hace tiempo que he dejado de creer en esos exultantes informes de las juntas locales de seguridad, según los cuales Galicia es la suma de trescientos nirvanas municipales, desde Mañón hasta la punta de Oia.

Entre las varias fantasías («leyendas urbanas» es ahora el sintagma de obligado cumplimiento) circulantes hay una que a la hora presente resulta pelín siniestra: aquella que pinta este territorio como un edén arrinconado en el noroeste peninsular. «Son de Galicia, o eterno paraíso», se lee en la pegatina que lucen algunos automóviles. En congruencia con tal majadería, la ciudad desde la que escribo vendría a ser una especie de jauja agropecuario, resguardado por un grisáceo murallón y en el que conviven, en pacífica armonía, pensionistas, clérigos seguidores de Giussani y taberneros con mandil a rayas. En otoño, esta gente se entrega a la «grande bouffe» del pulpo, y cuando asoma el verano se disfraza de extra de «Quo vadis?». Y ahí se acaba todo.

Pero la cosa ni es tan simple, ni es tan apacible, ni es tan rutinaria. Porque resulta que, al menos de un tiempo a esta parte, en este balneario no hay día en que sus calles no sean escenario de peleas sangrientas, de asaltos brutales, de okupaciones, de destrucción de bienes comunes, de trapicheos delictivos y de agresiones vandálicas. Todo a la luz del día. Y casi todo, en el corazón urbano y monumental de la ciudad. A las mismas puertas de la casa consistorial. Delante de las narices de la subdelegación del Gobierno. Con absoluto desprecio a cualquier representante de la autoridad, por muy uniformado y equipado que se presente… cuando se presenta.

«Son feitos sin maior importancia», acaba de decir la autoridad cretina. ¿Sin mayor importancia? No estamos ante anécdotas aisladas y traída por los pelos. La okupación, por ejemplo, es un fenómeno que crece en toda Galicia, desde las siete grandes ciudades hasta la última parroquia rural. E igual afecta a los barrios modestos que a las urbanizaciones de lujo, lo mismo a un local mugriento en el barrio más humilde que a un pomposo chalé en A Zapateira o en Sanxenxo.

Si la temperatura de la delincuencia sigue creciendo, que Dios nos coja confesados. Porque las costuras sociales aguantan hasta que revientan. Y la paciencia de los ciudadanos también tiene un límite. Cuando en una pequeña ciudad como la mía los delitos comunes se han duplicado en menos un año, no hay estadística ni informe del TSXG que nos consuele. Y como aquí, en toda Galicia.

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