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«Sabemos perfectamente qué es el Covid. Mi madre tenía 54 años y murió en mayo»

La han sufrido en primera persona: Luis Miguel Marín (en adelante, Luismi, como gusta que le llamen) perdió a su madre por el azote del coronavirus y ni siquiera pudo ir al entierro. Su progenitora, María del Carmen, tenía solo 54 años. Fernando Cavero ha cuidado de su padre José Manuel, octogenario, durante la pandemia. Era personal de riesgo, tras un ictus, y su hijo con discapacidad bajaba todos los días al supermercado o la farmacia para procurar «lo que hiciera falta». Este hombre de 43 años, que no pierde el buen humor y el gusto por contar chistes sencillos, también perdió a su madre el pasado 24 de abril, en este caso, por una enfermedad degenerativa que se agravó. En una casa con todos sus miembros vulnerables ante el atroz zarpazo del virus, Fernando ha salido airoso del combate. Eso sí, deja un par de recados a Pedro Sánchez por el camino. «Si el presidente del Gobierno nos sigue mintiendo...», reflexiona mientras completa su trabajo en la Fundación A la Par, en Madrid.

«La mejor vacuna es una sonrisa»

Las personas con discapacidad saben qué es perfectamente el Covid, hablan de que ahora les han prometido que ellos podrían estar entre los primeros grupos de la estrategia de vacunación y confían en ello.«Somos personas con discapacidad, y la sanidad sabe quiénes somos. No pueden difuminarnos», señalan con gallardía. Algunos, como Estefany Jarrin, no obstante, se muestran algo reticentes, hasta que se compruebe «que la vacuna funciona bien». «Tengo miedo de lo que ocurra», dice esta ecuatoriana de 41 años, mientras le tiembla el labio por el frío que «hiela» esta mañana en la capital.

Pese a la discapacidad, en este caso intelectual que tienen todas estas personas, han asumido la pandemia con una resiliencia que ha sorprendido a propios y extraños. Lo han hecho, incluso, a los ojos de sus monitores, terapeutas y encargados de entidades que trabajan con su adaptación de manera diaria. Su capacidad de «entrega» ha sido total, reseña la educadora Tania, su voluntad para seguir remando en la tempestad y ser conscientes de lo que sucede fuera de este recinto y de las complicaciones que podría entrañarles enfermar han sido asombrosas, añade el personal de esta fundación.

Fernando Cavero (43 años), empleado obrador de dulces: «Yo trabajo desde hace años en el taller de chuches, pero mi mejor chuche es mi novia: Adriana. Me hace reír todo el tiempo. No hay que rendirse nunca»

De sus instalaciones, donde las personas con discapacidad trabajan y se distribuyen entre huertos para el cultivo, taller de chuches, lavado de coches y donde experimentan, asimismo, con su autonomía en viviendas, han salido «campeones» de la película y de la vida real. Lo es Jonathan Marín. En la piel de «un trabajador esencial» durante la emergencia sanitaria como «reponedor de congelados del Carrefour de Majadahonda (Madrid)», se reafirma orgulloso. Confiesa llevar un tiempo «cansado» porque él no pudo reposar semanas en casa como la mayoría de sus conocidos. «Algunas señoras se acercaban, admiradas, y agradecían que estábamos allí. Sabían el esfuerzo que estábamos haciendo», dice con un desparpajo muy peculiar este joven madrileño de 28 años. Jonathan sufrió un accidente de tráfico a los 7 años. Lo arrollaron y arrastra secuelas físicas, «y psíquicas», agrega.

Cambia el perfil laboral

En el caso de Estefany, ella reside en Madrid desde hace tres años con su madre, provenientes de Portugal y Quito. Igualmente se siente especial en su trabajo de repartidora de Seur (a través de Koiki) en el barrio madrileño de Montecarmelo. No necesita GPS ni indicadiones en el móvil, se orienta por los «chalés» y las calles con precisión milimétrica. Quizás por ese dinamismo de su rutina asegura que se aburrió mucho en primavera; padeció el encierro y el contagio de gente próxima, lastrados por una falta de contacto que les ayuda a socializar y derribar muros. La patada que tendrían que dar ahora sería la que tumbase el cerco a su inserción sociolaboral. Muchos de ellos solo son reclamados solamente como personal de limpieza. Algunos no han tenido esa suerte, siquiera. Sus tasas de empleo han vuelto a caer empujadas hacia abajo por esta maldita pandemia y se ha cambiado de perfil laboral.

Estefany Jarrin (41 años), repartidora de Koiki: «Tengo un 65% de discapacidad intelectual, pero podría haber hecho muchas más cosas que estar parada. Estar encerrada es aburrido»

En la Fundación que preside Almudena Martorell ese es el objetivo crucial: lograr un estándar de vida autónoma que les permita valerse por sí mismos. Y que sean conscientes de que valen, precisamente. Compaginado, claro está, con preservar su salud, para lo que han creado en el colegio grupos burbuja de 8 alumnos por aula. Y aleccionan a los 500 trabajadores, dispersados, sobre cómo llevar la mascarilla o respetar la distancia. Cumplen a rajatabla. «La mejor vacuna es nuestra sonrisa». Luismi solo la esquiva al recordar que no dio el último adiós a su madre. Fernando enmudece. Él sí acudió a La Almudena. Comparten el deseo para 2021 de un»año de salud» para sus familias. «Aprender a creer , dice Estefany a lo Cholo Simeone.

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