Las elecciones madrileñas pueden convertirse en un punto de inflexión para Vox. Si las encuestas no fallan, de la formación de Santiago Abascal dependerá la mayoría de derechas y ultraderechas que aúpe a Isabel Díaz Ayuso al palco de la Puerta del Sol, una vez que Ciudadanos puede sufrir una cornada de tal envergadura que le haga ver lo que queda de festejo (dos añitos de legislatura) desde el quirófano, si es que el cuerpo entrara con vida al mismo. Vox, por primera vez, podría participar en un equipo de gobierno autonómico y, claro, están los cornúpetas nerviosos en los toriles, como con ansia de saltar al ruedo.

Todas las miradas se fijan en ella, en Rocío Monasterio (1974), la candidata, líder del partido en la Comunidad y portavoz en la Asamblea desde los comicios de 2019. El partido ultra, según la demoscopia, estaría situado entre el cuarto y quinto puesto en el ranking (jugándoselos con Unidas Podemos) cuando suenan los primeros acordes del pasodoble de la campaña electoral. Alrededor de la cuadrilla verde oscura sobrevuela un temor: que la presidenta madrileña siga amasando vítores y corte las dos orejas y el rabo y se vea capaz de encerrarse en la plaza ella sola con los seis miuras; que el PP de Ayuso siga fortaleciéndose y en este camino deje en la estacada al resto y que finalmente las formaciones diestras, las derechas, no logren sumar mayoría absoluta. O si la suman, que fuera únicamente del PP.

No parece fácil que Monasterio no alcance la barrera del 5% de los sufragios, pero por si acaso, en el paseíllo participan todas las cabezas del cartel. Los dirigentes de Vox se vuelcan en los actos de una campaña atípica por la pandemia, aunque no parece importarles que no se respete la distancia de seguridad en los mismos, que el aforo sea más del permitido, que el coronavirus corra y contagie como si de la plaza de Vistalegre el 8 de marzo del 2020 se tratara.

Además, una vez que en Catalunya los derroteros de la lidia iban más por la reivindicación de lo nacional, la rojigualda, el himno y por darle la puntilla al independentista, en Madrid los dirigentes quieren poner en práctica aquella versión que se ensayó en la fallida moción de censura a Pedro Sánchez de octubre del pasado año. Es decir: dotar a la formación de una apariencia social, como preocupada por las clases populares, esas que no pueden pagar la entrada en sombra y han de conformarse con ver el espectáculo, la vida, con los ojos entornados por el deslumbre del sol. Los ultraderechistas que triunfan en Núñez de Balboa quieren parecerse a Le Pen, a Donald Trump, a aquellos nuevos fascios que hablan de tú a tú al obrero y salir del club de polo, de la caseta privada de la feria y del Teatro Barceló de cañas por España.

El perfil de la candidata no ayuda mucho para ello. Esta arquitecta, que firmaba proyectos antes de tener el título, según se ha publicado, tiene más costumbre de relacionarse en círculos pijos, actos ultracatólicos, de dejarse ver en manifestaciones tránsfobas de HazteOír, que de preocuparse por las dificultades de clase que buena parte de la población madrileña conlleva. Es por ello que su visita a Vallecas del pasado día 7 de abril no aportó mucho al barrio y las vidas de quienes lo habitan no sufrieron cambio alguno, más allá de las de los detenidos por los disturbios posteriores. Vox ansía protagonismo. Vox generará tanto ruido como pueda durante la campaña para que Ayuso no sea quien, por sí sola, ponga hasta las banderillas. La polémica constante está asegurada. Alquílense almohadillas.

El pasado 13 de abril, un día antes del 90 aniversario de la II República, Monasterio se sometía a las preguntas de Federico Jiménez Losantos. En la entrevista, la candidata desglosaba buena parte de su ideología y proyecto político con suma franqueza, toreaba en casa, a pesar de los rifirrafes que han venido manteniendo ambos personajes. En un arrebato de sinceridad, esta política que intenta aproximarse a los problemas sociales de los pobres reconoció su máxima: "Hay que reducir impuestos". O lo que es lo mismo: reducir el Estado, sus servicios públicos, sus herramientas para garantizar derechos y tantear la justicia social.

El intento de penetración de la ultraderecha en caladeros obreros, por tanto, no vendrá a través de políticas sociales, sino a través de una batalla cultural contra la izquierda (a la cual se le intenta situar como una élite marciana) que ya se reproduce cansina pero que da frutos, sobre todo en estos momentos en los que la política tiene más de comunicación o de propaganda que de gestión pública. Y en este campo, la presidenciable ultra tiene trayectoria labrada en confrontar contra el feminismo, la inmigración, los colectivos LGTBI…

"Vox no ha llegado al gobierno y ya quiere expulsar a parte de la población de la comunidad que pretende gobernar"

Para "frenar a la izquierda", quiere llegar al ejecutivo. Desde ahí, pretende "ahogar económicamente a las redes del comunismo", o, lo que es lo mismo, limitar al máximo el derecho a la participación en el tejido social, vecinal, sindical… Pretende combatir a la "ideología de género, el adoctrinamiento de los niños en los colegios, acabar con los chiringuitos de la izquierda que luego montan manifestaciones a la señora Díaz Ayuso con el dinero de la señora Díaz Ayuso".

"Podemos tiene que ser ilegalizado" o "desde Madrid se va a empezar la batalla para que se vayan todos estos comunistas de España", declaraba la de Vox. Todavía no ha llegado al gobierno y ya quiere expulsar a parte de la población de la comunidad que pretende gobernar. Aunque esto no es nuevo, pues Monasterio y su "patulea" (palabra que utiliza con bastante frecuencia, la candidata, para referirse a las gentes progresistas) llevan queriendo expulsar a niños que llegaron a España sin la compañía de sus padres desde hace bastante tiempo.

Cualquier excusa es buena para crispar, la ultraderecha necesita del miedo y del enfado para llenar las urnas. Para ello, si ven que el toro es manso y no entra a la gresca, no dudarán en clavarle las banderillas negras del castigo (o en saltarse cordones policiales para provocar al adversario). No les importa que haya más sangre en la arena o que la herida sea más profunda en el lomo del animal, necesitan rabia, requieren del débil para parecer fuertes, jugar al arte de los contrarios. Ese arte que no se entiende por sí solo, pues solo es una reacción que construida generando odio y humillación hacia el otro. Ya saben, cuando el "No pasarán", tuvieron que cantar aquella de "Ya hemos pasao". Y ya han pasado, es cierto, pero este mayo quieren meterse hasta el salón de nuestras casas.