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Rifkin's Festival: la versión más perezosa de Woody Allen inaugura el Festival de San Sebastián

Festival de San Sebastián

El cineasta neoyorquino abre el certamen del COVID con un paseo por su memoria cinéfila tan encantador como destensado y autocomplaciente

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Fotograma de la película 'Rifkin's Festival', de Woody Allen. MUNDO

Hasta no hace tanto, se acudía a la nueva película de Woody Allen como se va a una ceremonia de aire místico, pero muy pagana. Se celebraba la gracia de la autocelebración: pocos directores hacen sentir mejor a su audiencia. La inteligencia del más inteligente de los directores dispone de un fino y muy ajustado dispositivo que obliga al espectador, aunque sólo sea durante hora y media, a sentirse bien, a sentirse inteligente. No es que nos haga inteligentes, cuidado. Eso ya corre a cuenta de los genes, la formación o simplemente la dieta baja en grasas saturadas. Vaya usted a saber. Digamos que la forma entre alegremente pesimista y descaradamente autocomplaciente, todo a la vez, de sentirse mal le ha hecho a Woody Allen todo este tiempo tan idéntico a cualquiera de nosotros que es inevitable no verse reflejado por un momento en sus miedos, sus dudas y cada una de sus angustias. La exhibición impúdica de su falta de popularidad le hacía terriblemente popular. Y ahí sigue. O ya no tanto.

'Rifkin's Festival', la película inaugural del Festival de San Sebastián más extraño de los últimos años, es básicamente un paso más, quizá el más alto (o el más bajo, según de mire), en esta ceremonia de la autocondescendencia colectiva. Allen hace películas (ésta es si las cuentas son las correctas, la que completa el número 49) como el que rellena sudokus. Las reglas son estrictas. Tienen que salir las cuentas. El patrón, con variaciones cada vez más escasas, es conocido: un hombre duda de sí mismo convencido de que la vida le está negando algo. Y así hasta que cae en la cuenta de que el problema no es el asco de comida en que consiste la existencia; el problema es que las raciones, pese a todo, son terriblemente escasas. Y así. El chiste es de Allen, claro.

La película cuenta el viaje precisamente al Festival de San Sebastián de una pareja. Ella (Gina Gershon) es representante de, en este caso, un director genuina y genialmente patán (Louis Garrel en un ejercicio de sí mismo que asusta). Él (Wallace Shawn) es un escritor empeñado en redactar la obra maestra que nunca será capaz de imaginar siquiera. También es cinéfilo, aprensivo, orador balbuciente y, por tanto, suya es la responsabilidad de hacer de 'alter ego' del propio director. Por el camino, este último caerá deslumbrado de la belleza, aplomo y acento de su médico (Elena Anaya), que no puede por menos que estar enamorada fatalmente de otro, de un artista (Sergi López convertido en el más divertido y feliz de todos) tan inconstante como caótico. Más sencillo, una película de Woody Allen. Y punto.

Elena Anaya, coprotagonista de 'Rifkin's Festival'.
Elena Anaya, coprotagonista de 'Rifkin's Festival'.

Digamos que el director opta por no complicarse la vida y vuelve a rodar lo de siempre en un escenario que se diría idéntico al habitual. Hay que remontarse a 2013 con la irrefutable 'Blue Jasmine' para asistir a su último golpe de genio. Desde entonces, han sido cinco las películas y una miniserie entera las que nos han permitido disfrutar a todos del más brillantemente perezoso de los creadores. Allen es un trabajador incansable de su propia pereza a razón de una película por año, salvo la pausa obligada por boicot o por COVID.

El mayor logro de la cinta es también su peor pecado. Por momentos, interrumpe la narración para recrear los sueños de películas eternas. Y por ahí aparecen 'Ciudadano Kane', 'Persona', 'El ángel exterminador' o, por supuesto y en lugar de honor, 'El séptimo sello' con Christoph Waltz en el papel de Muerte. Welles, Buñuel, Begman o Fellini son entre parodiados y homenajeados en un recurso que se antoja a la vez encantador y terriblemente pedestre. Son citas a películas pensadas para ser reconocidas sin esfuerzo, situadas en la memoria de cualquier espectador no demasiado exigente para, y volvemos al principio, hacer que nos sintamos bien; hacer que nos sintamos inteligentes.

La ceremonia, por tanto, continúa. Se va a una película de Allen, decíamos, como los creyentes menos convencidos acuden a una misa en latín. No importa tanto el contenido o la propia fe, como el espectáculo, la teatralización arcaica y muy pasada de moda de la propia ceremonia. El problema es que con el paso del tiempo, el director exige cada vez más a un espectador cada vez más descreído. Nos gusta reencontrarnos con el genio maltratado; agradecemos su buena disposición a viajar por el mundo siempre dispuesto a hacer una nueva película... y ya. Sales del cine, ves lo de siempre... ¡qué poco dura eso de sentirse inteligente! Cada vez menos.

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