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Rendición de Japón: 75 años del día en que el terror nuclear demostró al emperador su mortalidad

Fue una jornada que destruyó la mentalidad nipona y demostró la mortalidad del que, hasta entonces, era visto como una deidad sobre la Tierra. El 16 de agosto de 1945, ABC informaba de la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial y del discurso que pronunció el emperador Hirohito tras la derrota. Era la primera vez en la historia que un emperador se dirigía a su pueblo, algo que solo ha ocurrido en contadas ocasiones como el terremoto de 1995 o el tsunami y la amenaza nuclear en Fukushima.

«Rompiendo todas las tradiciones japonesas, el emperador del Japón ha hablado por primera vez ante el micrófono. Hirohito dijo a sus súbditos que el Japón se había comprometido a deponer las armas ante Estados Unidos, Gran Bretaña, China y la URSS. "Después de pensar diariamente -dijo- sobre la situación general del mundo y la reinante hoy en nuestro Imperio, hemos decidido efectuar el arreglo de la misma recurriendo a una medida extraordinaria"», escribía este diario.

Aquel discurso puso fin, de forma definitiva, a una contienda que se había cobrado la vida de 75 millones de personas y a un bando (el del Eje) que ya había sido herido de muerte tras el suicidio de Adolf Hitler el 30 de abril y la posterior rendición de Alemania. Con Japón, imperio que dejó sobre blanco su claudicación el 2 de septiembre sobre el acorazado «Missouri», se doblegó la última pata de una alianza que mantuvo en jaque a Europa desde que el Tercer Reich atravesó la frontera polaca con sus temidas unidades Panzer.

Terror nuclear

Por desgracia, hubo de correr la sangre antes de que el gigante nipón arriara la bandera. Si tras el Desembarco de Normandía los Aliados arribaron a París en apenas un mes, y a la Línea Sigfrido poco después, no sucedió lo mismo en el olvidado frente del Pacífico. En él, los estadounidenses se vieron obligados a desalojar mediante asaltos anfibios cada una de las islas defendidas a ultranza por soldados japoneses. El ejemplo más claro de que no se rendirían jamás fueron las batallas de Iwo Jima y Okinawa.

Las horribles experiencias vividas por los norteamericanos allí hicieron que el presidente Harry S. Truman decidiera utilizar otros métodos para terminar con la Segunda Guerra Mundial por la vía rápida: la bomba atómica. Así, el 5 de agosto, solo unos días después de que informara a Iósif Stalin en la Conferencia de Yalta de que ya disponía de un arma con una potencia equivalente a 2.000 toneladas de TNT, envió un mensaje a la base aérea de Tinian. «Proceded con arreglo a lo previsto».

Dicho y hecho, señor presidente. A la mañana siguiente, el comandante Paul Tibbets despegó cargado con «Little Boy», una bomba de uranio de cuatro toneladas de peso. Cinco horas después, el portón inferior de su avión, el «Enola Gay», desató el infierno atómico sobre la ciudad de Hiroshima. La explosión fue tal que uno de los tripulantes escribió en su diario una frase estremecedora: «Dios, ¡qué hemos hecho!». La respuesta era 80.000 muertos y 50.000 heridos.

Por si Japón albergaba alguna duda, el 9 de agosto se repitió de nuevo el proceso sobre Nagasaki con un resultado similar: 73.000 fallecidos.

Llega la rendición

Aunque en principio el ejército se negó a rendirse, Hirohito se dirigió a sus súbditos para comunicarles que Japón había perdido la guerra y que el imperio claudicaba. Aquella fue la primera vez que el pueblo llano escuchó la voz de su emperador, y fue para demostrar su mortalidad. Y es que, en el mensaje, solicitaba el perdón a las «naciones aliadas del Pacífico Oriental» y recordaba con tristeza a los caídos.

«Nuestro pensamiento está con los oficiales y soldados, así como con todos aquellos que han caído y los que han muerto en la lucha aciaga, y la pena de sus deudos acongoja nuestro corazón día y noche». Estados Unidos respondió con jolgorio en las calles.

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