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«Recuerdo el día que ese hombre empezó a pegar a mi madre; le rompió la boca de una patada»

Un acercamiento al universo de Jesús Abandonado a través de sus usuarios

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Como no hay terrazas, ni cafeterías en las que posarse, nos citamos en su casa. En realidad, una habitación en un piso compartido. Un piso compartido de un viejo edificio compartido. Es como una residencia de estudiantes, pero con gente que ya lo sabe todo de la vida.

Se llama Karolina, tiene 23 años y es de Lituania. Su tez blanca se corresponde con su origen, pero su acento, medio andaluz, me resulta extraño, incluso divertido.

-¿Cuánto llevas en España?

-Quince años. Llegué con mi madre y con mi hermana. Estuve trece años en Sevilla, y ahora llevo dos años aquí, en Murcia

-¿Y tu padre?

-Mi padre nos abandonó cuando yo era pequeña. No tengo recuerdos suyos.

-¿Por qué viniste a Murcia?

-Tenía una relación muy tóxica con mi pareja. No conseguía dejarlo. Él bebía mucho y un día me levantó la mano. Me vi como mi madre, vi que acabaría igual que ella y salí huyendo. Cogí un autobús y llegué aquí, sin dinero, sin nada. Era de noche, no tenía donde ir, así que pregunté a una persona que pedía en la calle dónde podía dormir y comer algo. Me llevó a Jesús Abandonado.

-¿Y te quedaste aquí?

-Sí, esa misma noche, en el centro de acogida, conocí a la que ahora es mi pareja. Ahora, por fin, vivimos juntos.

(Llegas a Murcia, sin nada, huyendo de un pasado tormentoso, de la violencia, y te encuentras gente amable, un lugar donde dormir, comida caliente y un nuevo amor... eso sí que es acoger).

-¿Cómo fueron esos primeros años en Sevilla?

-Mi madre conoció a un hombre, pero era alcohólico, estaba siempre bebiendo, y nos maltrataba. Odio el alcohol, he visto con mis ojos a dónde te lleva.

-¿Qué edad tenías entonces?

-Tenía ocho años. Recuerdo el día que ese hombre empezó a pegar a mi madre; le rompió la boca de una patada. Yo no sabía nada de español. Empecé a gritar en mi idioma; nadie me entendía. No podía expresar lo que estaba pasando. Tengo grabado ese momento de terror, esa frustración. Una niña no debería nunca vivir una situación semejante.

-¿Y no le decíais a vuestra madre que eso era una locura, que lo denunciara?

-Éramos pequeñas, no sabíamos. Te acabas acostumbrando a ese entorno. Un día, en el colegio, nos hablaron de la violencia de género, y entendimos que eso era exactamente lo que vivíamos en casa. Entonces denuncié, intervino Asuntos Sociales y nos llevaron a un centro de menores a mi hermana y a mí. Allí estuve hasta los 18 años.

-¿Tu madre ha logrado rehacer su vida?

-Vive con mi hermana y con mi sobrina. Trabaja en el campo, recogiendo naranjas y mandarinas. Pero ella no está bien; arrastra todos esos daños emocionales, acumula mucho dolor. Yo tuve la suerte de recibir apoyo psicológico, eso me ayudó. Pero mi madre ha quedado tocada para siempre.

-¿En qué medida ha sido importante Jesús Abandonado durante estos últimos años?

-Cuando los he necesitado, siempre me han ayudado.

Si me he ido y después he vuelto, no me han cerrado nunca las puertas. He podido recibir formación, me han incluido en un programa de inserción laboral que me ha permitido encontrar un empleo, me apoyaron con los primeros meses del alquiler de esta habitación en la que ahora vivo... ¿En qué medida, dices...? La medida sería el todo.

-¿El abandono de tu padre te marcó cuando eras niña?

-Mucho. Aunque fuera muy pequeña, la sensación de abandono perdura.

Fue mi abuelo quien nos crio, quien hizo de padre. Pero era camionero, estaba siempre de viaje, y mi abuela era alcohólica. La situación en casa era muy difícil; mi madre tampoco se educó en el mejor de los entornos.

-¿Y cómo estás ahora?

-Estoy bien, me siento optimista. Tengo trabajo, vivo con la persona a la que quiero. Puedo sobrevivir sin ayuda de nadie. Es una etapa nueva para mí. Quizá la mejor que recuerdo.

-¿Te gustaría formar una familia?

-Sí, me gustaría. Pero necesito un poco más de estabilidad. Es importante tener un mínimo de seguridad para traer al mundo a unos hijos.

-Imagino que haberlo pasado tan mal durante toda tu infancia te lleva a querer hacerlo mejor con tu propia familia, ¿no?

-Claro. Yo quiero hacer lo opuesto a lo que han hecho conmigo, lo contrario a lo que hizo mi madre.

-¿La culpas a ella?

-No la culpo. Creo que nadie la enseñó a querer. Y ella no supo querernos a nosotras. El amor también se enseña. Si creces en un entorno de abandono y violencia, acabas perpetuando lo que has visto en tu casa. Nuestros padres son nuestro espejo.

-¿Y a ti quién te ha enseñado a querer?

-Mi hermana. Pero también los centros de menores. Me ayudaron a cambiar mi percepción del mundo y de las personas. Es difícil de explicar... gente que no son tu familia, trabajadores, educadores, incluso otros niños y niñas, que te quieren y te ayudan. Es algo que me permitió reconciliarme con el mundo.

(Es curioso, le digo: mucha gente tiene la percepción de que esos centros son lugares horribles. Me alegra escucharte; me reconforta).

Le explico que esta es la última historia que voy a escribir, la última sombra. Que tengo la sensación de que mi labor ya ha terminado, y que me siento muy orgulloso de haber ayudado a dar a conocer estas realidades.

Le explico que me han puesto en contacto con ella porque su historia puede ser un buen colofón, aportar algo diferente.

-¿Por qué crees que te han escogido?

-No lo sé, imagino que no es lo mismo hablar con gente cuya vida se ha quebrado en un momento dado por la droga, el alcohol, o por una mala racha, que alguien como yo, que he sido víctima de un problema más complejo, y durante más tiempo. Quizá hayan visto en mí una historia de superación no solo personal, sino también del sistema en su conjunto, para lograr que alguien que lo ha tenido todo en contra pueda salir adelante. Yo nunca he querido vivir de la ayuda, pero la necesitaba. Y eso es lo que siento que me han dado durante todos estos años. Ayuda, para poder volar.

-¿Cómo se aprende a volar?

-Haciéndote ver que puedes lograrlo. Y dándote el impulso necesario. En mi caso, para poder alquilar una habitación, con una oportunidad laboral, con el amor de mi pareja, el amor que nunca tuve. Son las alas que necesitaba.

-Y ahora que ya puedes volar, ¿a dónde volarías?

-Me gustaría estudiar, ser psicóloga o trabajadora social. Me gustaría poder ayudar a los demás. Conozco el valor de la ayuda mejor que nadie, así que quiero ponerlo en práctica. Eso me haría muy feliz.

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