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Ramos, Hernández Hernández y Guillermo de Ockham

Digamos que Alejandro José Hernández Hernández tiene mala suerte con el Real Madrid, muy mala suerte. Aunque aquí el orden de los factores sí altere el producto porque, en realidad y puesto que el perjudicado es él, es el Real Madrid el que tiene muy mala suerte con los arbitrajes de Hernández Hernández, que le cuestan puntos, muchos puntos, y de un modo regular y estable a lo largo del tiempo. Habrá quien diga que cuando una rareza se convierte en normal desde el punto de vista estadístico, cuando un árbitro de fútbol perjudica tantas veces a un equipo en concreto, ya no puede hablarse de mala suerte o de desconocimiento sino de premeditación, que es justamente a lo que se refirió el sábado Sergio Ramos tras el empate a uno ante el Levante. Ramos no se queja de una premeditación general, una premeditación contra el Real Madrid, que también, sino de una premeditación particular; o sea que Ramos piensa que, además de tener una mala suerte especial contra el Real Madrid, Hernández Hernández tiene una mala suerte especial contra su persona.

Si no hay premeditación por parte de Hernández Hernández contra el Real Madrid y contra su capitán sí la hay, sin embargo, por parte de quien designa a los colegiados para los partidos puesto que a quien cumple esta distinguida labor debiera parecerle que en España sólo hubiera un árbitro en condiciones de pitar al Real Madrid, el canario Hernández Hernández. Hernández Hernández es el árbitro que expulsó a Ramos en un Real Madrid, 2 - Barcelona, 3 y que dejó sin señalar un claro penalti de Umtiti sobre Cristiano. Hernández Hernández es el árbitro que expulsó a Marcelo en un Real Madrid, 1 - Levante, 1 y que no señaló un claro penalti sobre Theo Hernández. Hernández Hernández es el árbitro que no pitó una clarísima mano de Aday dentro del área en un Girona, 2 - Real Madrid, 1 y que luego confirmó un gol de Portu en fuera de juego.

Hernández Hernández es el árbitro que se comió una falta de Suárez sobre Varane que acabó en gol de Messi en un Barcelona, 2 - Real Madrid, 2 y que luego no pitó una doble zancadilla de Jordi Alba sobre Marcelo. Hernández Hernández es el árbitro que no pitó dos claros penaltis sobre Varane en el último Barcelona-Real Madrid, que acabó con empate a cero. Y Hernández Hernández ha vuelto a ser (hasta la próxima) el árbitro que sacó cartulina amarilla a Ramos en el minuto diez de partido por una entrada absolutamente normal después de que el capitán del Real Madrid recibiera un codazo en las costillas y que dejó de pitar unas manos cuando menos dudosas de un futbolista levantinista dentro del área: ¿Cuántos puntos van ahí?... De modo que si las actuaciones de Hernández Hernández no son premeditadas sí lo es, sin embargo, su tozuda designación para dirigir a un equipo que, y a las pruebas me remito, se le da soberanamente mal.

El principio de la navaja de Ockham dice que, en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable. Y, en ese sentido, anoche se produjo una circunstancia en El Chiringuito que quizás pueda ayudarnos a explicar en parte la mala suerte que Hernández Hernández tiene cuando se trata de arbitrarle al Real Madrid. Mi amigo Rafa Guerrero contó en el programa que, yendo una vez hacia Huelva donde debían arbitrar un encuentro, iban escuchando por la radio el partido del Barcelona y, cuando Xavi Hernández marcó un gol, Hernández Hernández lo celebró como si el pase hubiera sido suyo y no de Andrés Iniesta.

La gente se ha vuelto loca cuando ha escuchado a Ramos decir que a veces piensa que hay decisiones de Hernández Hernández que son premeditadas, pero a lo mejor lo que deberían hacer quienes insisten en poner a arbitrar partidos del Real Madrid al colegiado canario es preguntarse cómo es posible que tenga tantos errores, tan continuados y tan groseros y, por cierto, llamar también a Rafa Guerrero a consultas para que les confirme que, efectivamente, nuestro hombre celebró un gol del Barcelona como si el autor del mismo hubiera sido él. A lo mejor no es mala suerte, puede que todo sea mucho más sencillo y, como decía el franciscano, filósofo y lógico escolástico Guillermo de Ockham, también más probable.