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¿Por qué soy de Unionistas?

Últimamente las barras bravas de la literatura española no suelen posicionarse por esa cutrez del fútbol. Y si no lo llegan a hacer, muy raramente, es por el qué dirán si se les viera con la bufanda en ristre. Con poner ojitos en las fotos que saben van a ser publicadas, declamar progresías consensuadas a cámara y arrimarse a los que manejan la caja, les es suficiente. Luego observas cómo el horizonte del poeta actual es una alcaldía, dirigir el Cervantes, o ya metidos por completo en harina, un ministerio, y lo comprendes todo. Por eso ahora leo a Miguel d'Ors cuando hace una semana hacía lo propio con el grandioso José Luis Parra. ¿Ser alcalde siendo poeta? ¿Ser oenegero con el 40% de las participaciones de un club de alterne? Y en ambos ejemplos haberlos, haylos.

A mí el fútbol siempre me interesó a la vez que afectó porque buena parte de la humanidad y todos los medios se llevan sacrificando decenios por analizar cada resultado. Rellenaba los álbumes de mi infancia con cromos de todas las plantillas, sin sentir los colores, sólo la ilusión de ser el primero en cantar bingo entre los de la pandilla. Escuchaba tirado en mi cama rupestre, cuando no había IKEA, un domingo sí y el otro también el carrusel de Paco González y Pepe Domingo Castaño en tardes de frío y lluvia, y soñaba con que el Eibar subiera a Primera y jugara la Champions cuando en aquella épica mía el Eibar sólo era la eterna cenicienta de Segunda. Luego el equipo armero subió –qué suerte ser vasco y armero, que llegan a ser pacenses…–, los horarios se desunieron, y comencé a perder la emoción por ver al Eibar metiendo en su área al Madrid de Lopetegui con siete extranjeros por plantilla y cien aficionados eibarreses posicionados en lo más alto del claustrofóbico Santiago Bernabéu. Por lo que ante tanto desaguisado me trasladé a la Segunda división como el que se traslada de una estación a otra esperando una mejor salida a la vida.

Y allí, en la Segunda, sigo yendo a veces pero cada vez menos. Los horarios también se dispersaron así como los presupuestos aumentaron y las emociones, al menos para mí, variaron hacia abajo. Pero me quedaba la Segunda B a la que siempre seguía a hurtadillas: una especie de heroína sin cortar aunque muy barata para chutarse y tocar el cielo. De hecho mi primera emoción oficial dentro del ámbito deportivo nacional se produjo a finales del siglo pasado con el ascenso en sólo dos años, de Segunda B a Primera, de un equipo que jamás había estado en la élite y que tenía a un jefe en el medio del campo con un apodo en vez de un nombre y una actitud con el balón centrífuga: se llamaba Catali, y no sólo sigue llamándose así sino que se gana la vida con una cafetería en un polígono industrial de Albacete. Hasta que no veamos a Cristiano Ronaldo tirando cañas no querré volver a Primera. Por eso es tan necesario que el Real Madrid pise Las Pistas.

El Albacete Balompié fue un claro ejemplo de lo que hoy quiero contarles. Creo que a veces hasta imitaba a Floro dando ruedas de prensa, en mi caso haciéndome entrevistas por la calle a plena luz del día. Por suerte nunca existieron manicomios para infantes. Y eso que yo, en pleno Torremolinos atestado de turistas sin internet pero con mapasmundi, me iba a la playa con la camisola del Alba, aquella que patrocinaba la Caja Castilla la Mancha, hoy desaparecida entre tanto despilfarro y fusión por culpa del politiqueo más trincoso.

Yo de niño soñaba con ser el delantero centro de la U.D. Melilla y ganar la Copa de Europa en el Parque de los Príncipes. Ya mayor de edad, y viendo que ser jugador era harto imposible, pensaba ser el entrenador más diferente de la historia de los banquillos; el que llevaba a –por ejemplo, porque existen muchos sueños parecidos con equipos diferentes– a la Peña Deportiva Garrucha a Primera con jugadores del pueblo, la comarca y un par de armenios, por darle aún mayor elogio a la gesta. Y para dejarlo más claro: yo residí durante unos meses en Murcia –jamás me hice la pregunta de por qué– e iba a ver los partidos del Ciudad de Murcia. En aquellos años jugaba un joven talento llamado Güiza. Y en La Condomina no éramos ni tres mil. Casi todos eran seguidores del Real Murcia y si no lo eran todos fue porque el Ciudad jugaba en Segunda y los históricos en la Segunda B, donde hoy siguen.

Hace algo menos de dos años llegué a mi casa de Santa María, en la isla de Sal, Cabo Verde, con 43 añazos, y encendí el portátil como si hubiera tenido once años. Eran fechas de eliminatorias de ascenso: los que peleaban por subir a Primera y los que soñaban con la Segunda. Como podréis ver despreciaba el final de la Primera división –jamás llamaré a las ligas con nombres de bancos o aseguradoras– donde se jugaba el título, los que iban a Champions y los descensos. Por razones que no recuerdo muy bien llegué a la retransmisión en directo del Unionistas de Salamanca contra el Yugo Socuéllamos. El partido iba 2-1 en el minuto ochenta y cinco, y por el valor doble de los goles, iban a ascender los castellano-manchegos. De hecho los visitantes, en unos minutos finales increíbles, fallaron dos goles cantados al contragolpe. Pero en el minuto 97, última acción del partido, y cuando yo enderezaba mi tercera copa de tinto lisboeta, se pitó un penalti a favor de Unionistas que transformó un rumano asentado en España llamado Razvan. El Unionistas subía a Segunda B siendo el primero en devolver el fútbol profesional a la ciudad desde la desaparición de la Unión Deportiva Salamanca, la cual jamás ha renacido por mucho que un empresario mejicano haya rebautizado a su equipo como Salamanca CF UDS, comprado El Helmántico sin que el ayuntamiento pujara, así como haya adquirido trofeos e himno. Muy probablemente un día ese empresario que compra a golpe de talón estadios con historia y futbolistas aparentemente consagrados desaparecerá, como tantos, dejando a la burda copia, de nuevo, al borde de otra desaparición. Porque cuando no se sienten los colores hay mucho riesgo de anemia.

Yo celebré aquel ascenso del tal Unionistas y lo que allí veía: un campo de atletismo demasiado vetusto, un ínfimo y feo graderío al que jamás habría ido el Madrid ni para homenajear a un niño autista, un patatal con hierba donde hace frío hasta en las noches de agosto, un equipo sin talonario, y sobre todo, a tres mil personas enfervorecidas celebrando un milagro como cualquier secta de Utah y alrededores. Y claro, tuve que hacerme socio –caí en la secta– tras descubrir que Unionistas no quiere suplantar a la Unión –equipo, por cierto, del que nunca fui aficionado, como tampoco soy nativo de Salamanca ni tengo familia allí– sino homenajearla. Porque como bien dicen a grito pelado sus seguidores norcoreanos, Unión sólo hubo una. Y tristemente ésta desapareció en 2013. Por lo que todo lo demás son homenajes o falsedades, o exactamente lo último.

Trabajar muchas horas y escribir a destajo no te deja mucho tiempo para otras cosas. Y por poner un ejemplo muy conciso, cuando juega Unionistas –como este domingo pasado contra el Dépor en Copa del Rey donde uno de los presupuestos más bajos de los 80 equipos de Segunda B eliminó a un histórico de España con varios títulos–, dejo el porno mañanero del día libre y busco el orgasmo en las internadas de Javi Navas, los lanzamientos de falta de Góngora, y sobre todo, la lección que nos está dando a todos el entrenador vasco Jabi Luaces que en un mes y medio ha devuelto la ilusión a Unionistas sacándolo del descenso, en el que estaba muy hundido, y metiéndolo en dieciseisavos de final de Copa –aún del Rey– contra el más ilustre de todos: el Real Madrid; aún Real. Ver cómo celebraron todos –plantilla, cuerpo técnico, colaboradores– el emparejamiento contra los merengues certifica por qué soy de Unionistas. Y la razón es porque allí y en Las Pistas, donde Sotomayor batió el record del mundo de salto de altura elevando su cuerpo hasta los dos metros cuarenta y cinco, nació el griterío incansable por culpa de un sueño poco elitista. Ya que los que más afinaban la garganta en el sorteo eran los jugadores, cuando en general los mismos gastan más gomina que decibelios, y ya quiero ver yo a los de blanco encararse ante un estadio donde sólo salen indemnes los que baten records. El Madrid, aseguro, las pasará canutas. Porque ellos no es que no celebraran el haberse emparejado con Unionistas; es que no saben nada de un club único, y estoy seguro que, irrepetible.

Unionistas es la ilusión por todo, la emoción por cualquier cosa, y algo que no existe en ninguna división española: una afición fiel, que aparte de dueña de su equipo, anima sin cesar durante los noventa minutos, gane o pierda, y que viaja por centenares a cualquier lugar de España llueva o truene. Y claro, para los que crecimos buscando milagros, aunque fueran ajenos, Unionistas ha sido como una aparición mariana siendo agnóstico. O esa Unión Deportiva Melilla ganando la Champions.

Y qué quieren que les diga, estoy tan seguro de que el Madrid es favorito como que irán más apurados que en muchos estadios de Champions. Quiero ver yo a Benzema controlando un balón oficial sobre un agujero concebido con el martillo de un atleta aficionado mientras Piojo, un lateral derecho de otra época, le inyecta su aliento en el cogote a Isco. Alguien debería advertirles de que nada está ganado. Porque si Unión sólo hubo una, como Unionistas no hay ninguno.

Antes de dormir, y por si acaso, suelo besar el carné de socio simpatizante que yace, lleno de polvo, sobre mi mesita de noche. Duermo a solas. Y no quiero que mi sueño sea testado por un psiquiatra.

Joaquín Campos, Santa María, Sal, Cabo Verde, 19/01/20.

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