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Por qué es imposible que España baje a los 25 casos por 100.000 habitantes que piden Sánchez y Ayuso

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El pasado 15 de octubre, la Unión Europea estableció un semáforo de alerta según los distintos parámetros que utilizamos habitualmente para medir la gravedad de la pandemia. Reducir la complejidad de la situación a tres colores puede tener sus riesgos. El primero, obviamente, es caer en la simpleza.

Para llegar al verde, era necesario limitar la incidencia del virus a 25 casos por 100.000 habitantes en los últimos 14 días. También había que bajar del 4% en la positividad durante dos semanas seguidas. Lógicamente, todo el mundo se enamoró del verde. España, la primera. El verde facilitaba las comunicaciones, eliminaba restricciones de vuelo y favorecía el turismo. El verde era bueno. Viva el verde.

El primero en apuntarse a lo del 25 fue el vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio Aguado, quien pidió un confinamiento breve, de unas dos semanas, que sirviera como reseteo para bajar a esa cifra y poder recibir visitantes cuanto antes que levantaran la economía.

La idea era bonita pero poco realista: dos semanas de confinamiento bajarían sin duda la transmisión de contagios… aunque difícilmente hasta esos 25 casos por 100.000 habitantes. Si, además, la idea es llenar a continuación la ciudad de “familias que vienen a ver las luces” es obvio que el plan, desde el punto de vista sanitario, es poco consistente.

En cualquier caso, tanto Pedro Sánchez como distintos miembros del gobierno de Isabel Díaz Ayuso han insistido recientemente en los 25 casos por 100.000 habitantes. Tanto que, en principio, este artículo iba a titularse: “¿Qué puede hacer España para bajar a los niveles que exige Europa?” pero el contenido iba a tener solo una palabra: “Nada” y, lógicamente, se quedaba corto.

Tras los casi 20.000 nuevos contagios que ha registrado hoy el ministerio de Sanidad, España queda ya con una incidencia de 361,66. Hace tan solo una semana, estábamos en 280,4. La tendencia al alza da vértigo. No hay manera de saber hasta dónde nos puede llevar la ola de otoño-invierno porque no tenemos precedentes y los muertos se cuentan por 1.000 a la semana. Mencionar siquiera la cifra de 25 es, con perdón, no enterarse de nada o vivir en otro planeta.

El problema no es solo España. Que los políticos sean incapaces de actuar como un solo territorio con unas mismas medidas no ayuda, desde luego, pero esta ola al menos la compartimos con el resto de Europa. Según el ECDC, a fecha de 23 de octubre, ningún país cumple con ese requisito. Ninguno. De hecho, solo Noruega y Estonia están por debajo de 50. Bélgica está por encima de 1.000, República Checa por encima de 1.100 y así sucesivamente.

No se ve que haya medida alguna capaz no ya de reducir, sino de mitigar siquiera esta ola. Madrid lo está probando con la estrategia de no hacer tests a contactos estrechos no convivientes, y de momento está funcionando… pero a costa de mantener una cifra de hospitalizados que sigue entre las tres más altas de España y que ha dejado de bajar.

El último día que España como país estuvo por debajo de los 25 casos por 100.000 habitantes en la incidencia acumulada de 14 días fue el 17 de julio, justo antes de los rebrotes de Huesca y el Segrià. Han pasado tres meses y seis días. Pensar que se puede desandar en un ataque de voluntad lo que se ha andado durante todo este tiempo es absurdo.

La última vez que Madrid, como región, estuvo por debajo de esos 25 casos fue una semana después, es decir, el 24 de julio. Por entonces, ya llevaba un par de semanas multiplicando sus casos pero en cantidades que no llamaban demasiado la atención. De nuevo, repitan conmigo, han pasado tres meses. Hemos dejado pasar tres meses.

Vayamos un poco más atrás en el tiempo: el 14 de mayo fue el primer día que España bajaba de esos 25 casos tras dos meses largos. El primer día que se superó ese umbral fue el 18 de marzo pero ahora sabemos que la única razón por la que eso sucedió tan tarde fue porque no se hacían suficientes tests y prácticamente todos los casos asintomáticos pasaban desapercibidos.

Incluso los leves, en algunas comunidades autónomas, estaban fuera del radar del PCR: se pedía a los afectados que se metieran en un cuarto de su casa con paracetamol, comida y agua y se les deseaba mucha suerte.

Es una referencia pésima precisamente por la diferencia en la capacidad para hacer tests. En la primera ola no hubo ni un solo día con más de 10.000 casos notificados. En la segunda, hemos superado los 20.000 y puede que los 30.000 caigan la semana que viene. Ahora bien, es la única referencia que tenemos, así que habrá que utilizarla.

Incluso con una infradetección de caballo, España tardó dos meses en bajar de la cifra con la que sueñan Aguado, Sánchez y tantos otros. En medio, hubo un Estado de Alarma que limitó todos nuestros movimientos y una desescalada gradual que duró unas seis semanas.

Bien, si de verdad el objetivo es reducir la incidencia hasta ese nivel, ya sabemos lo que hay que hacer: primero, confinar todo el país como se lo confinó en aquellas dos semanas de marzo y abril que están en el recuerdo de todos. Comercios cerrados, bares cerrados, teletrabajo obligatorio, nada de colegios, institutos ni universidades presenciales. Se acabaron las terrazas, las reuniones, cualquier interacción más que con la caja del supermercado.

Adiós al transporte público, adiós a los vuelos, los trenes, los autobuses… adiós al fútbol, adiós a cualquier deporte profesional o amateur. Podemos mantener algún paseo limitado a determinadas franjas horarias para no volvernos locos. Los niños pueden jugar en los parques, siempre vigilados y con prudencia.

Segundo, mantener ese confinamiento por lo menos hasta que se llegue a 100 casos por 100.000 habitantes. A partir de ahí, una desescalada por fases como la que funcionó en mayo y junio. Una desescalada tutelada, sin prisas, garantizando que todo el mundo cumpla su parte de rastreo de casos, con las cadenas de transmisión perfectamente ubicadas.

Confiar en que, así, poco a poco, esos 100 pasen a 50 y de 50, finalmente a 25. Quizá por entonces vuelva el buen tiempo de primavera y podamos potenciar otra vez los espacios exteriores. Si no se va a hacer nada de esto -y no se va a hacer salvo que los hospitales vuelvan a saturarse como supuestamente no se saturaron nunca en marzo y abril- seguir hablando de semáforos es absurdo. Se parece mucho a engañar a la gente.

El problema que tienen ahora mismo España y Europa en general es suficientemente grave como para que no nos andemos con atajos. Hay que evitar que el otoño se cobre 20.000 víctimas mortales. No me hablen de colorcitos. La media de muertos por día según datos de comunidades autónomas está ya rondando los 150 con tendencia al alza.

Esa tendencia se va a multiplicar como se están multiplicando los casos. Incluso parando en 250 por día, tendríamos 7.500 al mes y el otoño dura tres meses. Esa es la situación real. Esa y los 500 nuevos hospitalizados cada día. Esa es la urgencia. Esa es la alarma. El resto, ahora mismo, suena a burla.

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