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Por qué algunas personas ven dinosaurios en las nubes y otras ven conejos

Aquello que llamamos «realidad» no está fuera sino dentro de nuestro pensamiento, constituyendo nuestras convicciones y creencias. Si éstas cambian, también lo hace aquello que consideramos que es real. Este es el punto de partida de las psicólogas Montserrat Moreno y Genoveva Sastre que en su obra «Por qué vemos dinosaurios en las nubes» (Gedisa Ed.) abordan un nuevo enfoque que combina la «cognición» y la «emoción» para comprender cómo funciona el pensamiento cotidiano.

Nuestra forma de mirar, de situarnos en el mundo, de concebirlo y de organizarlo no pasa por clasificar facultades y dividir operaciones sino por integrarlas y por entender que el límite de nuestra realidad suele ser (muchas veces) el límite de nuestro pensamiento y el horizonte de nuestra imaginación. Por una vez estar en las nubes no es sinónimo de distracción o de pereza...

Con un sugerente ejemplo como es el de los distintos dibujos que cada persona ve en las nubes, nos adentran en la construcción de universos y de realidades... ¿Por qué no todas las personas vemos lo mismo ante los mismos hechos?

Genoveva Sastre (G.S.): Algunas personas se preguntan a menudo «¿por qué no todo el mundo piensa de la misma manera?» y con bastante frecuencia «¿por qué no todo el mundo piensa como yo?». Pero para responder a estas preguntas necesitamos averiguar primero en qué consiste pensar, qué hacemos cuando pensamos.

Lo que vemos, oímos, tocamos, es decir, todo aquello que percibimos y todas las sensaciones que experimentamos las interpretamos dándoles un determinado significado, las relacionamos unas con otras (las organizamos) y extraemos del conjunto unas consecuencias. Este es el proceso que seguimos para elaborar modelos organizadores del pensamiento. Llamamos «realidad» al resultado de este proceso mental.

Pero el problema es que, ante una misma situación, no todo el mundo tiene en cuenta los mismos elementos. Otra persona, que observe la misma situación, puede retener otros datos, atribuirles diferentes significados, y relacionarlos entre sí de otra manera, con lo cual llegará a conclusiones muy diferentes. Su «realidad» no será la misma.

Montserrat Moreno (M.M.): ¡Y aquí empieza el problema! Imaginemos que se trata de una pareja que discuten sobre un tema común, de dos científicas que defienden paradigmas diferentes o de dos políticos de partidos rivales. La realidad, para cada cual, es aquello en lo que cree. No existe una única realidad sino tantas como creencias y si cada cual está convencido de poseer la única verdad posible, no hay manera de ponerse de acuerdo. Por eso es tan importante aprender a descentrarse de uno mismo. Un brillante epistemólogo decía: «La verdad es la invención de un embustero».

En su obra «Por qué vemos dinosaurios en las nubes» parten de la unión de percepción e interpretación, de afectividad y pensamiento racional, ¿por qué?

G.S. : Porque no hay percepción sin interpretación ni pensamiento sin emoción. A cualquier cosa que percibimos le atribuimos un significado. Por ejemplo, si pensamos «aquello que veo es un árbol», estamos otorgando inmediatamente significado a lo que tenemos ante nuestros ojos. Si oigo un sonido melodioso que viene del árbol, inmediatamente lo identifico como el canto de un pájaro. Un ornitólogo, sin embargo, puede percibirlo como el canto de un mirlo o de un jilguero, por ejemplo. Nuestro conocimiento previo es lo que nos permite dar un significado u otro a lo que percibimos.

Si relacionamos esto con lo que hemos dicho antes nos daremos cuenta de que el significado que atribuimos a los datos que seleccionamos, depende, en gran parte, de lo que sabemos y de nuestras convicciones previas.

Tanto lo que llamamos «afectividad» como «pensamiento racional» tienen un origen común y se desarrollan paralelamente, como nos muestra el estudio de la psicogénesis de ambos conceptos, pero no evolucionan de la misma manera. El medio tiene gran influencia en esta evolución.

Los programas curriculares van dirigidos al desarrollo del razonamiento a través de diferentes materias, pero no ocurre lo mismo en lo que concierne al pensamiento emocional.

Junto con nuestro equipo de investigación, hemos constatado experimentalmente la enorme influencia que tienen las emociones en el pensamiento. En esta obra describimos los experimentos que lo ponen en evidencia.

M.M. : De lo que dice mi colega se desprende que si no sabemos qué es un dinosaurio nunca lo veremos en las nubes. El conocimiento nos abre las puertas a nuevos universos mentales. Si no se ejercita a niñas y niños desde muy temprana edad en el conocimiento de sus emociones y de sus estados de ánimo, van a tener muy difícil entenderse a sí mismos y a los demás.

Los varones son los que más sufren estas consecuencias debido, en gran parte, a que la sociedad les obliga a reprimir ciertas emociones consideradas «femeninas» y les incita, en cambio, a luchar y a competir entre ellos.

La inmensa mayoría de reclusos en cárceles por delitos violentos son hombres y también lo son la mayoría de muertos en batallas infructuosas y a causa de enfermedades coronarias. Esto debería llevarnos a reflexionar.

¿Cuándo comenzamos a construir nuestra realidad y cómo lo hacemos?

G. S. : Desde que nacemos. Cuando aprendemos el nombre de las cosas ya las hemos experimentado previamente. Las criaturas aprenden de quienes les rodean que cada cosa que ven y tocan o cada sensación que experimentan (hambre, sed, dolor…) tiene un nombre. Aquí empieza la atribución socializada de significado.

M. M. : Ciertamente, y también la cultura en la que viven indica a las criaturas cómo deben comportarse y lo que deben aprender, según su sexo, el nivel social de sus progenitores, y las creencias, usos y costumbres de su sociedad. Lo que es considerado como «natural» cambia según las diferentes culturas y según el momento histórico de cada sociedad.

¿Qué factores influyen más en la construcción de nuestra realidad a partir de nuestros pensamientos?

G. S.: No podemos hacer nuestro el mundo exterior introduciéndolo directamente en nuestro cuerpo. Pero si podemos «in-corporarlo» a través de elaborar con el pensamiento las sensaciones que nos produce.

Para ello atribuimos significados a estas sensaciones, las organizamos y las conservamos en nuestro cuerpo, es decir, construimos modelos organizadores. De esta manera estamos convirtiendo en algo propio aquello que existe en el mundo exterior.

Esta es, explicado esquemáticamente, la base de las representaciones mentales. Bajo esta óptica las representaciones no son copias, ni modelos que reproducen exactamente la realidad, como se creía antes, sino construcciones subjetivas de cada persona que selecciona libremente los datos que juzga pertinentes, los organiza a su entender y extrae las conclusiones que considera más convenientes.

¿Qué consecuencias psicológicas puede tener construir la realidad en base a las sensaciones que nos genera?

G.S.- Las sensaciones organizadas y cargadas de significado producen conocimientos y emociones. Por eso afirmamos que, en sus inicios, ambos son una misma cosa y sólo arbitrariamente se pueden separar. Si tienen alguna duda les invito a que se concentren en un suceso que les haya producido emociones muy intensas. Cuando hayan conseguido revivir aquellas circunstancias, pregúntense si han podido hacerlo sin pensar en ellas.

M. M.- ¡Y la inversa también es cierta! No hay pensamiento sin emoción, puesto que el significado es inicialmente emocional. El conocimiento es imprescindible para poder experimentar emociones y viceversa.

¿Existe una manera saludable para la mente de construir la realidad?

G. S.- Si tenemos la convicción de que el mundo está plagado de seres egoístas, malvados y peligrosamente competitivos, en el que predomine la envidia y la traición, pasaremos la vida defendiéndonos de nuestros fantasmas y nuestra existencia será muy poco saludable.

Si, por el contrario, construimos un universo mental en el que predomine la confianza en los demás -a menos que nos demuestren que no la merecen- la cooperación y la ayuda mutua, los sentimientos amorosos y las personas afectuosas y solidarias, actuaremos en consecuencia y viviremos en un mundo mentalmente mucho más saludable. Y lo que es muy importante: seremos más felices.

M.M.- En gran medida cada cual es responsable del universo en el que habita. Es cierto que existen condicionantes biológicos y sociales que ponen límites a nuestros deseos, pero también es cierto que depende de cada persona como manejar estos condicionantes.

Tenemos maravillosos ejemplos de superación de condicionantes biológicos en los atletas paralímpicos, capaces de alcanzar objetivos que parecían imposibles. También existen muchas personas resilientes que han logrado superar condicionantes sociales extraordinariamente negativos. Estas y éstos son un ejemplo de cómo construir formas de vida saludables.

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