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Spain

Periodismo de lazo interior

Jordi Eroles fue «minyona» lírica del tripartito, primero con Maragall y luego con Montilla. Azote de convergentes, especialmente de Artur Mas, no dudó en hacer propaganda de aquel gobierno desde su puesto de presentador de los informativos en TV3 y su canal de 24 horas, llamado 3/24. Hay un oportunismo que explica la historia reciente de Cataluña mucho más que su independentismo. Un oportunismo basado en la cínica utilización de la supuesta «herida nacional» para el estricto provecho monetario: dicho de otro modo, hay una relación de directísima proporcionalidad entre los que más se rasgan las vestiduras en favor de la «libertad» de Cataluña y sus respectivas fortunas. Nadie ha sangrado tanto a su patria como los catalanistas a Cataluña. Y luego se quejan del «déficit fiscal» con España, cuando el más escandaloso déficit que existe en la catalana tierra está entre lo mucho que cobran sus libertadores a cambio de lo poco -o más bien nada- que la han liberado. Con Pilar Rahola y Toni Soler a la cabeza, Eroles es sólo un aprendiz, pero con su escaso talento y su presencia anodina ha logrado sobrevivir en un cargo codiciado y sus consecutivas militancias no son ajenas a ello.

En el selfie tomado en el Parlamento Europeo de Estrasburgo, aparece junto al consejero de Territorio y Sostenibilidad de la Generalitat, Damià Calvet. Los azotes a los convergentes, convertidos ahora en abrazos. Eroles presume en público de llevar el lacito amarillo en el interior de la chaqueta para que no se vea durante sus apariciones en pantalla, pero sobre todo para que todo el mundo sepa que lo lleva, especialmente sus jefes, de los que depende que continúe siendo una cara visible de la cadena.

Al margen de las miserias personales de nulidades «wannabe» como Eroles, este selfie y otros tantos muestran el nivel de periodismo y de profesionalidad de quienes trabajan se supone que como periodistas pero que ni por un instante abandonan la más descarada y vulgar propaganda. TV3 no es ni siquiera la televisión de «un país» sino la de una idea de este «país», y es verdad que se dirige a todos los catalanes, lo que pasa es que a unos les azuza con la más burda agitación, para asegurarse que continúan presos de su ira ciega, y a los otros, que además son mayoría, se dedica a manifiestamente insultarles.

El despliegue de groupies de la semana pasada en Estrasburgo era el propio de las más grotescas repúblicas bananeras; un entusiasmo entregado, de tan fanático hasta pueril entre los presuntos informadores, y una unanimidad tal en sus comentarios que, la próxima vez, con que manden a uno bastará porque dirá lo mismo y saldrá más barato. La cosa en Cataluña han llegado a una bajeza tal que, mucho más grave que artículos como éste relatándola, resulta que sus protagonistas están tan abducidos que ni llegan a darse cuenta del ridículo que hacen y ni disimulan cuando hay visitas. Yo les vi, revoloteando como en una fiesta de pijamas, poniendo los ojos en blanco cada vez que Puigdemont pasaba, y hablando de él en los noticiarios como si Jesucristo de vuelta hubiera bajado a visitarnos. Estas cosas siempre acaban mal. Indiscutiblemente siempre e indiscutiblemente mal. La única incógnita es si habrá recuento de cadáveres.

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