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Penúltimos tragos del rey de copas

Puede que no haya un sólo plano de Shane McGowan en 'Crock of Gold' en el que el ex cantante de The Pogues no salga con una copa en la mano. Bebe como el alcohólico que es: despacio, con dulzura, acercándosela lentamente a los labios y saboreándola con los ojos cerrados. La película documental dirigida por Julian Temple y producida por Johnny Depp descubre a un personaje con muchas más capas de las que aparenta y que en ningún caso son todas las que alberga. Considerado un poeta, niega serlo; reventado por el éxito de 'Fairytale of New York' reniega de la canción; y postrado en una silla de ruedas, aún espera componer e interpretar una gran obra. Su mérito fue coger el sonido irlandés y llevarlo a la actitud punk para que en ese lugar inseguro sobreviviera.

Depp y Temple se las arreglaron para empezar la rueda de prensa con 45 minutos de retraso y las rondas de entrevistas dos horas después de lo previsto. Cuando finalmente lo hicieron, entraron en la habitación copa en mano -se supone que de txakoli-, en una estampa que remitía a un sketch de Faemino y Cansado. Lo ideal en una entrevista es que las respuestas sean mucho más interesantes que las preguntas. En este caso, lo fueron, con la particularidad de que unas y otras no tenían la menor conexión. Quiero decir que Depp se embarcó en varios soliloquios, mientras Temple asistía a una copa de distancia. Su actual estado físico no ha permitido que McGowan en persona presentara la cinta en el Zinemaldia. La sensación es que de haberlo hecho, la hostelería donostiarra hubiera facturado como en un día de regatas.

Dicen los rockeros españoles que vivieron su eclosión allá por los años ochenta que en este país las trayectorias no sirven para nada y que sólo vales lo que tu último éxito. Y no les falta razón. Suelen evocar el fantasma de Johnny Cash en Estados Unidos o el de Johnny Halliday, aquí al lado, en Francia. Es cierto. Lo habitual entre nosotros es que el último que llegue diga que los anteriores eran una sarta de gilipollas y siente cátedra. También es verdad que muchas viejas glorias han puesto especial empeño en remachar los clavos del ataúd de su carrera artística.

Enrique Villarreal es una -o quizás la gran- excepción a esta regla. El documental 'El Drogas', de Natxo Leuza, llega hoy a Zinemira para recorrer de manera canónica y sin grandes sobresaltos el periplo vital de un tipo que se ha ganado el respeto de la profesión y de todos los públicos. A través de diversos episodios de su vida, se siguen aquel caos violento que llamamos años ochenta, el éxito desmesurado y, cuando todo apunta al amansamiento y al declive, el volantazo y el acelerón simultáneos y sin derrapar. Se echan en falta algunas voces que hubieran roto con el tono hagiográfico. Para que se hagan una idea: en toda la película no se recoge un sólo testimonio de algunos de sus viejos compañeros de Barricada, lo cual no deja de resultar extraño, después de casi treinta años años de convivencia en un grupo y por muy mal que se lleven ahora. Las únicas opiniones críticas con 'El Drogas' que se pueden escuchar corren a cargo del propio Enrique Villarreal. Con todo, el resultado es apasionante.

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