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Peldaño 34: «No juzgues a alguien por lo que ves por fuera porque podría estar roto por dentro»

La chica de la imagen de la izquierda es «Maritriste». Tiene cuarenta años, es abogada, socia de un bufete de alta categoría, goza de un enorme reconocimiento y gana muchísimo dinero. Todos los días se arrepiente de no haberse lanzado a su gran sueño de dar conciertos de piano por todo el mundo. Odia su vida. La chica de la imagen de la derecha es «Marihappy». También tiene cuarenta años, no es abogada, no cuenta con una enorme riqueza personal, pero no se arrepiente de nada. Ama su vida. Por cierto, es pianista profesional. Da conciertos por todo el mundo.

En realidad, Maritriste y Marihappy son la misma persona. Ambas son María. ¿Cómo es posible? Porque Maritriste no existe. Éste es el motivo.

Se tenían una profunda admiración, y sin embargo ambas eran desconocedoras de este hecho. María se sintió odiada por Silvia desde el primer mes que se matriculó en la escuela de música. Silvia tardó un poco más, pero su conclusión no fue distinta: «No le caigo bien a María. Creo que me odia». María admiraba las dotes de Silvia como violinista y Silvia se sentía intimidada por el gran talento de María al piano. Ambas rivalizaban dentro y fuera de la escuela, y cada una consideraba que nunca podría ser en su campo tan buena como la otra lo era en el suyo.

Transcurría el tercer año de conservatorio. María se enfrentaba a un importante recital, sobre cuya interpretación iba a ser evaluada por un jurado. Había mucho en juego. De esa evaluación dependía su beca y su futuro. María había tenido una mala sensación con respecto a ese recital durante toda la semana. No se sentía con confianza. Llegó el día. Se sentó al piano, arrancó con nervios y de forma titubeante. Tras varios pasajes sin grandes errores, sucedió lo peor. Su mente se quedó en blanco y sus manos no respondieron. Se escuchó un murmullo contenido entre el público, señal de la sorpresa y muestra de la gravedad de lo que acababa de ocurrir. María tuvo la sensación de que su cuerpo se abrasaba al sentir cómo cada una de las miradas que se posaba sobre ella se transformaba en fuego. Sólo deseaba desaparecer. Y desapareció. Dejó al público plantado en medio de su concierto para irse corriendo a su cuarto a llorar las lágrimas de su supuesto fracaso hasta al amanecer.

Ese día marcó el inicio de su declive. Tras un mes dándole vueltas, un frío lunes de invierno tomó su decisión. Por el camino realizó la llamada más temida: «Mamá, papá, voy a dejar la escuela y no volveré a tocar el piano nunca más. En breve me reúno con la directora para comunicarle mi decisión. No hay vuelta atrás». Pero unos minutos antes de la reunión más importante de su vida, sucedió algo inesperado. De camino a la quinta planta, alguien se subió casualmente en el segundo piso al ascensor que sólo ella ocupaba. Era Silvia. Ambas intentaron ocultar su sobresalto.

Silvia pensó en darle simplemente los buenos días de forma correcta y seguir con el resto de su día, igual que cualquier otro momento en que se hubieran cruzado por el campus. Pero tomó una decisión distinta, y esta decisión iba a cambiar diametralmente el futuro de María.

«¿Eras tú la que estaba tocando el piano el viernes pasado a las diez en la sala principal?», le preguntó. María, con su autoestima en los niveles más bajos quizá de toda su vida, empezó a temblar. Su cabeza sólo pensaba en todos los errores que pudo haber cometido aquel día y cuál de ellos estaría propiciando el comentario tan inesperado de Silvia. Respondió con voz quebrada un eterno...: «Sí. Era yo». «Sabía que debías de ser tú. Sólo quería que supieras que considero que nadie tiene tu capacidad de hacer que las notas de un piano cobren vida. Enhorabuena», dijo Silvia.

Silvia se bajó en la cuarta planta, desconocedora del efecto tan transformador que en cuestión de apenas unos segundos había provocado una simple lengua y unas simples cuerdas vocales. Ni el mayor de los terremotos habría conseguido tener un impacto en María más extraordinario que el de esa simple frase.

La reunión con la directora nunca tuvo lugar. Tras escuchar esas palabras, María rompió a llorar dejándose caer mientras se deslizaba por el espejo del ascensor. Se agarró las rodillas y se mantuvo así durante varios largos minutos hasta que un señor trajeado pisó el interior del ascensor. Al verlo entrar, sin mirarlo a la cara se alzó con determinación y se fue directa a la sala de ensayo. Ese día tocó el piano hasta el anochecer. El mismo día que iba a marcar el nacimiento de Maritriste acabó convirtiéndose en el primer día en la vida de Marihappy.

#88PeldañosGenteFeliz

@anxo

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