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Pasara el aislamiento en un piso de estudiantes en Granada: "Mamás, estamos bien"

Estudiar fuera de casa es uno de los anhelos que se tienen de joven y Granada sabe mucho de esto. Conocida como una de las ciudades universitarias por excelencia, son muchos los estudiantes que entre septiembre y junio inundan sus calles y sus pisos... Salvo si entre medias se cruza una cuarentena. Durante el fin de semana que se comunicó la puesta en marcha del estado de alerta, muchos de los universitarios se volvieron a sus lugares de origen aunque no todos. Santi Rodríguez, Juande Fernández, Luis Pozo y Celia Sánchez son cuatro ejemplos de quienes se han convertido en la resistencia estudiantil de Granada.

El sábado 14 de marzo, los cuatro se sentaron frente a la televisión para comprobar cómo comenzaban a anunciarse todas las medidas que, a partir del lunes, se iban a poner en marcha, pero su idea era fija: quedarse en casa, pero en el piso de estudiantes.

"Vimos la comparecencia en directo y la verdad es que no creíamos que iba a ser para tanto. Nuestras madres nos llamaban y nos decían que nos fuésemos a casa, pero llevábamos toda la semana saliendo por Granada, aquí ya había casos... ¿Y si nos íbamos e infectábamos a nuestras familias?", comenta Santi Rodríguez, por lo que entre ellos imperó el sentido común –ese que, precisamente tanto echan en falta muchos en los jóvenes– y se quedaron en Granada junto a su gata, Arya. Eso sí, como sabían que su amiga Celia se encontraba sola en su piso, no dudaron en llamarla para que pasase el aislamiento, al menos, en compañía.

Durante los primeros días, como ocurrió con prácticamente el 100% de la población, todo era incierto. "Como teníamos comida suficiente para cuatro o cinco días, no salimos ninguno de casa, pero veíamos cómo durante el fin de semana pasaba muchísima gente o cargados de bolsas o con maletas para irse a sus casas y la verdad que yo no lo entendía", reconoce este joven, que además ha podido comprobar junto a sus compañeros cómo todo cambiaba de la noche a la mañana en una de las zonas más concurridas de la capital: Plaza Einstein.

"Te asomas a la ventana y estás acostumbrado a ver muchos coches, colas, algún que otro accidente incluso, y ahora tan solo observas cómo muy de vez en cuando pasa una o dos personas con bolsas de la compra", relata Santi Rodríguez, una muestra de un cambio de rutina que a ellos también les ha afectado.

Estudiantes de Magisterio, Ciencias Políticas, Ingeniería Civil y el grado superior en TECO (Técnico en Conducción de Actividades Físico-deportivas en el Medio Natural), ahora su día a día se ha convertido en estar frente a un ordenador, dar clase online e incluso comprobar cómo algunas prácticas presenciales han sido canceladas: "Tenía que acabar en mayo y nos van a quitar la mitad de las prácticas ya que son en campamentos, con niños, etcétera" comenta Celia Sánchez, pero pese a todo han logrado establecer una serie de rutinas para estudiar pero también desconectar.

"Los grupos de la universidad se van llenando de mensajes y noticias muchas veces sin contrastar sobre qué va a ocurrir con el curso. Te despiertas con decenas de correos nuevos con más trabajo, mientras nosotros estamos sobrecargados a prácticas diarias", comenta Santi Rodríguez. Y es que incluso los primeros días comprobó "el caos" que supuso la adaptación de los profesores cuando llegó a tener tres clases de forma simultánea, algo que se solventó unas jornadas después.

"Nos levantamos temprano para dar clase; comemos; después te pones con trabajos, luego hacemos algo de deporte en el salón y por la noche o nos juntamos para ver alguna película o serie o jugamos a algún juego en el ordenador", comenta Santi Rodríguez, que reconoce, como no puede ser de otro modo, los aplausos de las ocho de la tarde y el tirar la basura también son para ellos los mejores momentos del día.

"A las ocho, tenemos unos vecinos en el balcón de enfrente con hijos pequeños que ponen música tras los aplausos y los niños se lo pasan genial y para tirar la basura nos turnamos, al igual que para comprar o hacer de comer. Antes, cada uno compraba lo suyo y se hacía su comida, pero ahora va uno y compra para todos y para cocinar igual. Un día uno hace pasta, otro cocina otro alguna cosa, y así", explica este joven que además reconoce como ahora "se limpia mucho más que antes" el piso.

Pese a al "libertad" de estar solos, también echan de menos a sus familias. ¿Un claro ejemplo? Que mientras que antes hablaban "a lo mejor solo una vez por semana" con sus padres, ahora las vídeollamadas se han convertido también en parte de la rutina diaria. Eso sí, como bien dicen ellos a sus familias, tranquilidad, porque "mamás, estamos bien" y, si todo sale bien, pronto estarán de vuelta en casa.

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