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Papuchito, un 10 con el 24 para el Sevilla: un tatuaje de Óliver Atom, dos milis con Simeone y un divorcio en Bérgamo

Para pedir el 10 valen todos, para pasearlo por el campo, bastantes; pero para honrarlo, hay que tener paciencia, talento y duende. Ese torrente oscuro y estremecido, del que habló Federico García Lorca: "El duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar". Alejandro Darío Gómez Villaverde nació en Buenos Aires, Argentina, el 15 de febrero de 1988. Su próximo cumpleaños lo celebrará en Sevilla. 33 cumplirá, sin expolio ni flagelaciones. Ya bastante dejó en Bérgamo, en los dominios del Atalanta. Allí tocó el cielo y probó el suelo tras enemistarse con Gian Piero Gasperini. "Ha sido el jugador más importante en mis cinco años. Creo que dirigí 200 partidos y él jugó 195, pero hay situaciones que se deben estudiar", dijo el entrenador italiano. "Cuando me vaya se sabrá toda la verdad", contestó el futbolista.

Fue feliz y dejó de serlo. Su vida está llena de viajes polilleros, de esos que atraviesan la noche y se estampan contra la luz. De niño se sentía del Club Atlético Independiente de Avellaneda. Su tío, Hugo Villaverde, defendió la camiseta del Rojo durante más de una década. En los genes de su madre estaba escrito su carácter desfachatado, insolente y agudo. De poca correa. De pelear por cada palmo de hierba. Debutó en agosto del 2005 defendiendo la camiseta azul con mangas rojas del Arsenal Fútbol Club. Quince minutos tuvo para demostrar por qué un chico de diecisiete años, al que aún llamaban Piojo, estaba llamado a ser titular en el equipo de Sarandí. Allí levantó la Copa Conmebol Sudamericana, tras marcar dos goles en la final, a doble partido, frente al América mexicano. Cuatro temporadas pasó en El Viaducto, ejerciendo de enganche. Cuando se fue, ya llevaba el diez a la espalda. Su número preferido. Como el de Óliver Atom, el personaje de dibujos animados que lleva tatuado en el gemelo derecho.

De Sarandí a San Lorenzo, y de San Lorenzo a Catania. En ambos fue entrenado por el Cholo Simeone. En ambos vistió de bastonado rojo y azul. Por el camino iba dejando destellos de garra y generosidad. Jugaba duro, vertical y asociativo. Su posición se iba escorando. Ni mediapunta, ni segundo delantero, más bien esquinado, desmayado a banda, buscando el pie bueno para conquistar el área rival con centros e incisiones desde la frontal. El dinero ucraniano le tentó y pidió salir rumbo al Metalist Járkov. "Íbamos a jugar la Champions, peleaba el campeonato con el Shakhtar, estaba lleno de argentinos, iba a ganar tres veces más... Pero fue un año terrorífico. Yo me fui en septiembre y la guerra empezó en diciembre", contó el argentino. Nada más acabar la temporada, pidió volver a Italia. Finalmente, el futbolista eligió el Atalanta. En Ucrania, donde tanto había sufrido, vivió uno de los momentos más felices de su carrera: la clasificación para octavos de final de la Champions League. Un día histórico para él, un día histórico para la Dea.

El desencuentro

Hasta su divorcio con Gasperini, el Papu había sido un referente en el Calcio. Su equipo practicaba un fútbol implacable y suicida y él era el líder incuestionable. Con el 10 creaba y destruía, era el primero en la presión y el último en el remate. 252 partidos, 59 goles y 71 asistencias con la elástica bergamasca. Los días más felices en el Estadio Atleti Azzurri d'Italia, los días más felices en la casa de los Gómez Raff. Pero todo amor es, también, precipicio. "Lo mejor está por venir, te amo", escribió a mano en una nota colgada en la pared el Papu a su esposa Linda hace sólo unos días.

Los billetes de avión ya estaban sacados y el acuerdo cerrado con Monchi. Los embajadores emocionales del club nervionense habían hecho su trabajo. Correa, Perotti, Fazio, Konko, Ocampos, Acuña, Mercado, Banega... "Todos me hablaron maravillas de la ciudad. Se vive muy bien. Calor. Hermosa la ciudad...", dijo el bonaerense en su presentación. "Al duende hay que despertarlo en las últimas habitaciones de la sangre", escribió Lorca. "La maglia sudata sempre", fue la despedida de Gómez a la afición del Atalanta. "No veo la hora de conocerlos", fue su saludo a los aficionados del Sevilla. En medio, el Papuchito, como lo llamaba su madre de niño, soportando el peso del 10 sobre su espalda. Aunque en su nuevo equipo le hayan asignado el 24, el suyo es un dorsal que va por dentro. Mucho más que un número estampado en una camiseta. Una obligación, un pesar dorado, un rugido primero, una constelación en las venas.

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