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Okupas: Los que no tienen ni voz ni voto

El confinamiento que nos ha tocado vivir desde mediados del pasado mes de marzo lo hemos sobrellevado todos como hemos podido, con más o menos dificultades y con más o menos comodidades a nuestra disposición.

Las personas que por distintas razones ya vivían antes de esta circunstancia al margen de la sociedad, en casas ocupadas o en fincas abandonadas, tienen que atravesar ahora una situación aún más dura, ya que sus condiciones de vida no contemplan el tener que recluirse durante tanto tiempo en casas que en su mayoría no disponen ni siquiera de los servicios más elementales, como la luz o el agua.

En El Puerto de Santa María el Ayuntamiento abrió, en las primeras semanas de la pandemia, un albergue municipal en el que podrían alojarse las personas sin techo, aunque esta opción no la han contemplado todas las personas que viven en la calle o en casa ocupadas. Algunas veces el motivo es que se trata de personas enganchadas a las drogas. Es el caso de Enrique y Bely, una pareja que vive en la calle desde hace décadas, pasando de casa en casa y con una precariedad vital a la que ya se han terminado por acostumbrar.

A Enrique es habitual encontrárselo por las calles de El Puerto vendiendo ceniceros de lata que él mismo fabrica. Es una persona educada y pacífica, siempre acompañado por su perrito. Bely, su pareja, lleva 40 años viviendo en la calle. Es asmática y le falta un riñón. Ambos viven desde hace dos años en una finca ocupada de la calle Cielo, donde conviven junto a algunos vecinos que llevan allí toda la vida.

Enrique explica que hasta hace unos días no sabía ni quien era el presidente del Gobierno. No ve la televisión ni tiene Internet. Sobreviven los dos gracias a la caridad de los vecinos y a la ayuda de colectivos como el de Los Invisibles, que les facilita comida. También tienen buenas palabras para la Policía Local, que les conoce desde hace años, aunque los nacionales les han dado algún susto sobre todo al principio de la pandemia, cuando fueron denunciados por saltarse el confinamiento decretado por el Estado de Alarma.

Enrique y Bely vivieron también durante un tiempo en la finca ocupada de la calle Larga 35, “pero aquello era horroroso”, recuerda él. Ahora en esta casa están bien y temen que si se marchan quizás no puedan volver.

José Manuel, portuense de 42 años, vive desde hace dos en un cuarto ocupado junto a la Casa de las Cadenas. Era uno de los vecinos del histórico edificio, que fue desalojado en su día cuando se vendió a una promotora.

José Manuel ha hecho de todo en la vida, ha sido albañil, cocinero y pintor, pero solo tiene un año cotizado. Su padre y su hermana le llevan comida pero no acude a ninguna de las redes que los servicios sociales han puesto en marcha. Solo acudió a Cruz Roja, entidad de la que fue voluntario hace años, aunque le dijeron que el cupo de atención estaba ya saturado.

Los vecinos también le ayudan, no en vano lo conocen desde niño en el entorno de la plaza del Polvorista, pero como él dice “ellos también están mal, la gente cada vez puede ayudar menos porque a ellos también les falta”.

Hasta ahora José Manuel iba haciendo chapuzas, trabajaba en la Feria, en la motorada... pero esas puertas también se han cerrado y el futuro lo ve muy negro, tanto que teme estar cayendo en una depresión. “Es que la soledad es muy mala”, lamenta, mientras agradece la compañía de sus mascotas, dos perros de pequeño tamaño.

Un poco más allá vive Juanlu, que reside también en una casa sin luz ni agua. Él tiene permiso del dueño, que le permite vivir allí a cambio de que le cuide a un perro y un gato. Juanlu vive así rodeado de recuerdos ajenos y ni siquiera las mascotas son suyas, aunque al menos tiene un techo bajo el que cobijarse.

El triste recorrido que hacemos hoy tiene parada también en una antigua imprenta de la avenida de la Bajamar, donde reside un gallego muy conocido en El Puerto por hacer malabares en la calle. También sobrevive como puede, al igual que muchos otros casos de personas sin voz ni voto, convecinos a los que prácticamente no vemos aunque nos los crucemos todos los días.

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