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Nunca lo conté

Yo tenía ocho años y jugaba a la pelota con mis amigos en la calle, justo debajo de casa. Era una tarde normal, acababa de salir de clase y había merendado un bocadillo de mortadela o de ese foie gras más bueno que el pan. Chutábamos el balón cuando un hombre se acercó en un coche negro y brillante. Me llamó, «ven, ven un momento…». Estaba cerca, en esa misma calle, la mía. Fui hacía él, ni siquiera tuve que alejarme de mi radio de seguridad, de ese lugar en el que nunca nada malo me había pasado. Aquel desconocido sacó el brazo por la ventana y metió su mano debajo de mi falda de colegiala. «¿Te gusta?». Arrancó el coche y se marchó sin esperar mi respuesta. Recuerdo mi temblor, cómo permanecí allí quieta un par de minutos antes de volver a jugar con el resto de niños, como si no hubiera pasado nada. Nunca lo conté.

Mi profesor de autoescuela era un hombre mayor, rechoncho y con la nariz grande. Me saqué el carnet con 18 años recién cumplidos, muy rápido, como siempre lo hacía todo, con demasiada prisa por hacerme mayor. Eran los años 90 y conducíamos un Peugeot 205 blanco. Al principio no le di importancia a que tocara mi pierna cada vez que cambiaba de marcha. Es solo una rodilla, pensaba, menuda tontería. Las primeras veces, incluso le reía las bromas que me hacía cada vez que me rozaba. A la siguiente clase, empezó a subir; al par de semanas, ya iba por la mitad del muslo. Siempre sonreía, siempre soltaba gracietas que desenfocaban lo que ahí ocurría.

Cuando tocaba meter la segunda o la tercera o la cuarta (aquel coche no tenía quinta), empezó a dolerme el estómago. Mis sistemas nervioso y digestivo me alertaban, aquello no era ninguna chorrada, o le paraba o acabaría en la entrepierna mucho antes de que llegara el día de mi examen. Él seguía con sus bromas que yo ya no reía; tan tranquilo, tan seguro de que yo no me quejaría, de que seguiría permitiendo que me tocara. No recuerdo cuántas clases tardé en atreverme, aunque diría que demasiadas. Un día dejé de tener miedo a parecer una exagerada y, cuando él posó su mano en mi pantalón, justo en el pliegue de mi cadera, tragué saliva y le dije: «Viejo verde, si vuelves a tocarme, la voy a liar tan gorda que no volverás a dar clases en tu vida». Se quedó callado, ni siquiera se tomó la molestia de excusarse y me di cuenta de que ahí la única que sentía vergüenza era yo. No volvió a tocarme ni a sonreír. Aprobé a la primera y nunca lo conté.

Esos solo son dos episodios de los muchos que he sufrido a lo largo de mi vida. Hace poco los recordaba con un grupo de mujeres y me sobrecogió comprobar que todas, de alguna manera, habían pasado por lo mismo desde muy pequeñas. Una a los cinco años; otra, a los siete; a los 12; a los ocho; a los 14. Todas contaban esa misma vergüenza, el mismo miedo a parecer unas exageradas, unas locas mentirosas que sacan todo de quicio. Por esos temores preferimos callar.

Hablábamos de la infancia y de la adolescencia, cuando una de esas mujeres contó cómo su marido la había penetrado cuando ella estaba inconsciente. Ocurrió durante el confinamiento, habían bebido los dos y ella se desmayó cuando llegaron a la cama. Entre las lagunas de aquella noche, recuerda tumbarse boca abajo y cómo él se dejó caer sobre su espalda antes de que todo se fundiera a negro. A la mañana siguiente, al despertar, se sintió inquieta. Ese dolor en el estómago. Ni siquiera hizo falta que se lo preguntara, él se lo contó tan contento en el desayuno: «Y no te acuerdas de nada, cariño, eres un desastre».

«Es verdad -contestó ella-, no tenía que haber bebido».

Cuando nos lo contó, a sus hermosos 40 años, repetía en cada frase la palabra marido. «Es mi marido». La que aún no se atreve a decir (por miedo, por vergüenza, por parecer exagerada) es «violación».

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