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"No voy a estar en casa a oscuras sin hacer nada, prefiero salir con mis vecinas a luchar"

Hace tiempo que tenía ganas de conocer de cerca la lucha de las lideresas de Cañada Real. Hace solo unos días tuve la fortuna de compartir con nuestra portavoz, Rita Maestre, y mi compañera Cuca Sánchez un encuentro con ellas en el local que utilizan para sus reuniones.

Alrededor de una mesa llena de manjares hechos por las manos amorosas de estas luchadoras, pudimos escuchar sus vivencias sobre la situación tan dramática que están viviendo por la falta de luz desde hace dos meses. Mientras escuchábamos sus desgarradores testimonios podíamos sentir, a la vez, las vibraciones de la solidaridad de este grupo de vecinas, hermanadas en la lucha por una solución que les devuelva algo tan básico como poder calentar su casa.

Nos explicaron cómo viven su día a día sin luz, cómo afecta esto a sus hijas e hijos y a sus vecinas más vulnerables que necesitan un respirador o un aparato para controlar la apnea por la noche y no pueden usarlo porque no tienen electricidad.

Nos contaron cómo se las ingenian para calentar sus casas, para cocinar, para lavarse… y nos dieron una lección de vida de cómo esta lucha les ha servido para unirse, empoderarse y dar sentido a su vida.

Quieren dejar de ser invisibles, quieren regularizar la situación y quieren pagar la luz para tener derecho a ella, "porque la luz no es un capricho, es un derecho" nos cuentan. Hay por allí correteando un niño de año y medio que aún no sabe hablar bien, pero que levanta sus manitas para aplaudir y decir "luz, luz".

Una de las mujeres toma la palabra: "Todo el día machacando con el mensaje de la necesidad de limpieza e higiene con esto del coronavirus, pero ¿cómo garantizamos eso en esta situación que vivimos? Hace frío, la humedad no se les quita de los huesos, hay criaturas con bronquitis cronificadas por esta situación…, esto es como estar en guerra o, incluso peor, porque los campos de refugiados tienen luz, nuestras familias no".

Otra de las mujeres nos decía que para secar la ropa la extendía en la cama, ponía una sábana y se tumbaba encima para que se secara con el calor de su cuerpo". Sus mensajes son claros y así nos lo repitieron una a una: "queremos pagar la luz".

También nos lo constataron los niños y niñas de la Cañada a los que acompañamos otro día mientras hacían los deberes en el centro de Cáritas: llenaron la pizarra de mensajes en los que pedían algo tan básico como pagar la luz, tener un parque, cobertura de Internet para poder mandar los deberes por mail, una autoescuela para que sus madres pudieran sacarse el carnet y no estar aisladas en la Cañada o una simple línea de autobús. Una infancia orgullosa de la lucha emprendida por sus madres y madres orgullosas de la lección de vida que les estaban dando sus hijas e hijos.

Hace unos años tuve la oportunidad de compartir lucha con otras lideresas, las que se paraban frente a las puertas de las casas que estaban a punto de desahuciar, las mujeres de la PAH. Y también recuerdo a Rosa Park, que lideró la lucha por los derechos civiles en EEUU; a Lucy de Cornelis y al Movimiento de Mujeres en lucha en Argentina que en el año 1995 pelearon para no ser despojadas de sus tierras; a Wangarin Maathai y al Movimiento Cinturón Verde con su lucha para frenar la deforestación de Kenya; a Carmen Avendaño de Madres contra la droga, que hicieron todo lo que pudieron para frenar la impunidad de los narcos en Galicia y a muchas más.

Y con todas ellas me he dado cuenta de que los movimientos por los derechos que apelan a la reproducción simbólica y material de la vida, que tienen que ver con la lucha por la tierra, la alimentación, la salud, la naturaleza y los derechos más básicos tiene algo en común: están liderados por mujeres.

De todo esto me acordaba mientras desayunábamos en la Cañada con las lideresas, mientras llegaba una de ellas con un informe médico del hospital, donde había pasado la noche con su niño de dos años por una bronquiolitis complicada por el frío y con riesgo real para su vida. Un testimonio desgarrador y ejemplo de lo que ellas, las lideresas, viven cada día. Se sienten invisibles: "antes estábamos aisladas en Cañada, ahora estamos abandonadas". Qué impotencia la nuestra y qué potencia la de estas mujeres que, a pesar de sus dramas, nos ofrecieron su comida, nos dedicaron aplausos y nos cantaron. 

Nos marchamos con el corazón encogido, pero también con su fuerza para trasladar y respaldar su lucha. Y nos fuimos con una carpeta llena de cartas escritas por las niñas y niños de la Cañada Real, cartas que han mandado también al alcalde de Madrid, a la presidenta de la Comunidad y al Comité de los Derechos del Niño y la Niña.

Nos vamos con el compromiso y el honor de ser altavoz de su lucha y con la invitación de volver para la fiesta que tienen prevista el día en el que la Cañada vuelva a tener luz.

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