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"¡No entres, que es de amores!"

Cuando tenía 19 años me encalabrinó con sus ojos y sus modales una estudiante de Enfermería de Jaén. Pero ella no me hacía ni puto caso y rechazaba con desdén y displicencia casi todos mis requiebros y mis maniobras por estar a su lado. Me sentía como el joven Werther, de Goethe, que se pegó un tiro al no poder aspirar al amor de Charlotte. Pero un día ella me llamó y me pidió que la acompañara a ver Love Story, la película de amor entre dos universitarios que iban a estrenar en Granada. Ella tenía muchas ganas de verla y había pensado en hacerlo a mi lado. Me sentí el chico más afortunado del mundo. ¿Sería esa la señal que estaba esperando?

Vinimos a Granada desde la capital del Santo Rostro en una furgoneta Citroën que me había prestado mi padre. Salimos a eso de las doce y a las dos y media o así estábamos dando una vuelta por Puerta Real. Hacía una tarde primaveral preciosa, demasiado preciosa para desperdiciarla en el cine. Pero ella estaba empeñada en ver esa película. La proyectaban en el cine Goya, en Puentezuelas esquina con calle Gracia, y había una gran cola para entrar en la sala. La expectación era enorme y yo le propuse a mi acompañante ir a dar una vuelta por la ciudad, que se abría esplendorosa a dos visitantes ocasionales como nosotros. Ella rechazó de plano la idea. Para entrar en la sesión de las cuatro tuvimos que esperar al menos una hora en la cola. Pero bueno, todo sacrificio era poco para estar sentado durante dos horas al lado de la chica de la que estaba enamorado.

El local, a pesar de ser amplio, estaba a rebosar: todo el mundo quería ver ese melodrama romántico que estaba arrasando en todos los cines de España. El caso es que cuando empezó la película me relajé y comencé a disfrutar de la historia. Yo observaba de reojo la impresión que le estaban provocando las escenas almibaradas del argumento a mi amada y de alguna forma empecé a elucubrar que nosotros podíamos vivir una historia como la que estaban proyectando. Cuando la vi llorar a en una de las últimas escenas, esa en la que la protagonista se está muriendo de leucemia, aproveché para cogerle la mano que tenía encima del reposabrazos. Ella no la retiró, lo que consideré una buena señal. La tuve asida hasta que salieron los créditos del final. Luego le presté mi pañuelo para que atajara el lloriqueo que el dramón peliculero le había provocado.

A la salida del cine y al llegar al coche, espoleado por la historia que habíamos visto y considerando que no me había retirado su mano cuando la tomé entre la mía, le eché valor, cogí su talle e intenté besarla. Ella apartó su rostro bruscamente y dijo unas palabras que actuaron como lija en mi corazón de enamorado:

-No, por favor. Nosotros no vamos a tener una historia de amor como esa que hemos visto. Lo siento.

-Amor significa no tener que decir nunca lo siento -dije como un gilipollas, tal como había aprendido en la película.

-Tu y yo sólo podemos ser buenos amigos, pero nada más.

-Entonces… ¿por qué me has llamado para ver Love Story juntos? Yo creía que… No sé… Que podías sentir algo por mí.

Me miró con ojos lastimeros y después dirigió su mirada a la furgoneta. No hicieron falta más señales para comprender que en aquel asunto yo simplemente había hecho de chófer. De pagafantas, que se dice hoy. El camino de regreso lo hicimos totalmente en silencio. Dicen que el cine es un buen lugar para comenzar una historia de amor. Pero conmigo no funcionó.

El cine más moderno

Pero bueno, a lo que íbamos y a lo que interesa ahora, que son los cines de Granada que conocí. El Goya fue el primero y el segundo fue el Palacio del Cine, a donde vine a ver, unos meses después de mi desengaño amoroso, Jesucristo Superstar. El Palacio del Cine estaba considerado el segundo cine de España en cuanto al número de butacas: 1.800. Nunca antes había visto nada igual. Tenía una pantalla enorme y curvada. Era espectacular. Con tres salidas de cámara que hacían falta para un sistema de proyección revolucionario. Al año o así volví a Granada a ver a mis amigos que estaban aquí estudiando y me llevaron a un cine al aire libre que le decían 'El cine de la manta'. Se llamaba, si mal no creo recordar, Cine Alameda y estaba en la confluencia de las calles Méndez Núñez y Pedro Antonio de Alarcón.

Fuimos a ver Al este de edén, pero allí lo que menos importaba era la película que proyectaban. Los poetas se subían a las sillas y recitaban sus poemas, los borrachos levantaban sus botellas de cerveza para brindar, los aspirantes a cantantes cantaban sus canciones y los estudiantes, con la manta echada sobre los hombros, reían, bebían y comían pipas. Nadie se callaba en el cine y ahí de aquel al que se le ocurriera mandar callar a alguien. Si el proyeccionista le quitaba la voz a la película, nadie se enteraba. La manta servía para taparnos porque aquel cine al aire libre funcionaba hasta mediados de octubre.

Cuando ocho o diez años después vine a establecerme en Granada, a principios de los 80, el Palacio del Cine había cerrado para convertirse después en Multicines Centro y el Cine Alameda había desaparecido y convertido en pisos. Por entonces los cines que funcionaban era El Madrigal (un heroico que aún resiste), el Regio (que en 1984 ardería), el Aliatar (hoy una discoteca), el Goya (que cerraría en 1985), el Granada (que luego se transformaría en discoteca Granada 10) y el Príncipe (que estuvo funcionando hasta 1987). Puede que hubiere alguno más, pero no me acuerdo.

Hay un libro del gran Pepe Nadal que nos cuenta que el primer cine de Granada se abrió en la Gran Vía cuando esta no estaba aún reformada. Se llamaba Lux-Eddem. Era una barraca de madera recubierta con una lona y como su nombre era tan difícil de pronunciar, el vulgo lo llamó el Pascualini, ya que su dueño se llamaba Pascual. Por entonces las películas eran todavía mudas. El segundo cine que se abrió fue el Regio, que durante la República se llamó Salón Nacional porque no estaba el país para reyes. Después de una gran reforma volvió a llamarse Regio. Lo abrió un pastelero llamado Ricardo Martín Flores, al que todo el mundo lo conocía como 'Merengues' por los acreditados dulces que salían de su obrador. Mi siempre admirado Juan Bustos, cronista de la ciudad, cuenta que por aquellos años uno de los personajes más populares de Granada era el Chato, un hombre bajito y casi enano que se ganaba la vida vendiendo vasos de agua y caramelos en el cine Regio.

-¡Chato! ¡Agua! -gritaban los que querían los servicios acuíferos del personaje.

Claro que el cine todavía era mudo y si se chillaba nadie perdía los diálogos.

Del cine Regio ya he hablado en alguna de mis historias porque ardió en 1984 cuando proyectaban El caso Almería, aunque hay quien piensa que fue su último dueño quién le metió fuego para recalificar el terreno. Estaba en la calle Escudo del Carmen.

El Teatro Napoleón que se construyó en tiempo de la invasión francesa se convirtió en Teatro Principal y luego en Teatro Cervantes. Empezó a también a proyectar películas a partir de 1910 y en enero de 1966 fue cruelmente derribado. Los que lo recuerdan dicen que su estructura romántica era una maravilla. El día en que se derribó un buen número de personas se concentró en la plaza de Mariana Pineda para llorar por su pérdida.

Pisos por cines

La piqueta también acabó con el Cine Olympia, en la Gran Vía. Estuvo funcionando durante 48 años, hasta que el desarrollismo lo convirtió en ese mamotrético edificio que lleva el mismo nombre del cine. El cine Olympia fue inaugurado en 1920 y tenía 1.500 butacas de general, 750 localidades de patio, 22 palcos y 250 butacas preferentes. Cuando Granada decía de ir al cine, iba al Olympia. Su fachada con molduras helénicas era muy singular y atractiva. En 1930 un carbonero quiso convertir su almacén de carbón en el cine Aliatar. Pero por problemas de construcción y estando la guerra de por medio hasta 1940 no empezó sus proyecciones. Fue el primer cine que tuvo aire acondicionado.

En 1988 cierra sus puertas para convertirse en multicines y ahora es una especie de discoteca. Otro clásico, el cine Granada, se levantó en 1945 en unos antiguos talleres de herreros de la calle Cárcel Baja. Fue el pionero en el cinemascope. En 1983 fue convertido en la discoteca Granada 10 en la que durante un tiempo se proyectaban películas en una pantalla enrollable. Ahora es un club.

Dice Pepe Nadal en su libro que entre las confluencias de Reyes Católicos y Gran Vía hubo un gran cine de verano que se llamó Gran Capitán. Y que el Teatro Isabel la Católica se salvó gracias a que lo compró el Ayuntamiento de Granada para rehabilitarlo tal y quedar tal y como está hoy.

En 1950 se inauguró el Cine Gran Vía, en la calle Darro del Boquerón. Comenzó proyectando estrenos y terminó con películas clasificadas 'S' y 'X'. Las porno para entendernos. En la calle Pedro Antonio de Alarcón esquina con Recogidas, se abrió a mediados de los 50 el cine Capitol. Estuvo vivo durante un cuarto de siglo, hasta que los dueños se dieron cuenta de que un bloque de pisos sería más rentable.

En el Zaidín funcionaron El Central y El Apolo y en barrio del Realejo se abrió el cine Príncipe, en donde los martes por una misma entrada podían entrar dos mujeres. Era una discriminación porque a los hombres nunca se les permitió tal privilegio. Los 'martes fémina' del Príncipe, se llamó aquella promoción. Este cine, al que la gente le decía 'El Canuto' por la estrechez de su sala, fue pionero en las sesiones de media noche y en el cine de arte y ensayo. Está escrito que el empresario de esta sala fue excomulgado por el arzobispo por permitir la proyección de la película María Waleska, interpretada por Charles Boyer y Greta Garbo. La censura era implacable. Hoy esa película la verían hasta los niños de teta y no se escandalizarían.

En ese mismo barrio estaba el cine Alhambra, en la calle Molinos. Y en La Chana había dos cines de verano que funcionaban bien: el Florida y el Victoria. El último cine de verano que he visto funcionar ha sido el cine Vergeles, al lado de Merca 80. Tenía cuatro salas y ha funcionado hasta hace poco. Era una delicia poder ir una noche veraniega a ver una buena película con una botella de cerveza a tu lado. Hoy es un supermercado.

Y el que resiste, el que concita apuestas de cuándo será cerrado, es el Madrigal, en la Carrera del Genil, que ha apostado por echar cine que no va a las salas de los centros comerciales. Se abrió en 1960 y es el último refugio de los cinéfilos nostálgicos.

Hoy el concepto del cine es diferente. Casi todos los centros comerciales (Serrallo, Nevada, Alhsur…) tienen sus seis u ocho salas, además de las que hay abiertas en Kinnépolis. Actualmente no se concibe un cine con 1.800 butacas como las que tenía el Palacio del Cine, que incluso servían para que los políticos dieran sus mítines. Una de las más correosas intervenciones de Fraga Iribarne en los primeros comicios generales después de la dictadura fue precisamente en el Palacio del Cine.

El profesor Mateo Arias ha publicado recientemente un estudio sobre la arquitectura en los cines de Granada y afirma que llegaron a existir casi 40 cines la capital, lo que la convirtió en la tercera de España después de Madrid y Barcelona. Contaba mi buen amigo Juan Bustos, al que le he plagiado el título de esta crónica, que aquellos eran tiempos en que las películas eran de guerra o de amores. Y que los niños que salían de ver una película romántica avisaban a los que hacían cola: "¡No entres, que es de amores!". Eso mismo tenían que haberme advertido a mí aquella tarde en que vine a ver Love Story a Granada, cuando comprobé que el amor tiene casi siempre un sentido trágico y una quebradiza realidad: !¡No entres, que es de amores!".

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