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Misántropo

Creo que fue en El Conde de Montecristo donde leí: «El cautiverio en compañía es menos cautiverio». La frase me gustó tanto que si tuviera redes sociales la publicaría, e inmediatamente, me imagino, recibiría un buen puñado de pulgares en alto, corazones rojos y comentarios halagüeños, como si yo fuera el verdadero Dumas. (Y luego, naturalmente, tendría que comentarles yo sus estupideces a los comentaristas. Quid por quo, Clarice).

Pero los hombres como yo no tenemos redes sociales. Porque lo malo de ser un hombre como yo, serio, brillante, con un nivel cultural superior a la media y una sensibilidad fuera de serie, es que son pocas las personas con las que nos relacionamos. La mayoría o nos aburren o nos irritan. Por eso estoy pasando esta cuarentena en absoluta soledad. Quién necesita a gente vulgar habiendo libros, películas, óperas grabadas.

Bilbao amanece tan espléndido, cálido y soleado que un regocijo ladino me recorre de arriba abajo: qué mal lo estarán pasando todos esos fantasmas del trabajo que continuamente relatan en voz alta sus envidiables agendas sociales, sus viajes a la otra punta del mundo, que si este fin de semana se juntan con tal o cual amigo. Se estarán pudriendo de aburrimiento, solos o aún peor, con mujeres y niños que les ponen la cabeza como ollas a presión.

Por ahí circula un coche de policía lentamente. Veo cómo los agentes miran con recelo a cierta paseante, una cría vestida como una de esas cabezas de chorlito que se graban recomendado ropa china y maquillaje cancerígeno.

En el supermercado los estantes de cerveza están vacíos, los clientes caminan como zombis desorientados ataviados con patéticos disfraces postapocalípticos, los reponedores están a punto de un ataque de nervios. Todo esto mejora aún más mi humor.

Paseo tranquilamente de camino a casa, bien cargado, cuando, quién sabe por qué, dirijo la vista hacia arriba, hacia la fachada de un viejo edificio de Alameda Urquijo, y me topo con la escena: un Adonis rubio, bronceado y musculoso, únicamente cubierto por un bañador azul, se dedica a hacer ejercicios de yoga en un diminuto balconcito. El sol baña su cuerpo, armónico, perfecto, y al tener los ojos cerrados, parece ajeno a cuanta penuria le rodea. A continuación, la puerta del balcón se abre y aparece una mujer tan joven y hermosa como él ataviada con una suerte de negligé y la melena recogida en una trenza, y en un rápido y ágil movimiento, digno de una mantis religiosa, lo abraza por detrás. El Adonis abre los ojos con un agradable gesto, ella le susurra algo al oído, y entonces a él se le tuerce la cara y exclama tan alto que puedo oírle: «¡Joder con la puta cuarentena! ¡Ni comida china podemos pedir!». Suena tan tosco y agresivo que hace que el bello espejismo se esfume de un plumazo.

Y yo, pegado a la acera, con las pesadas bolsas de plástico haciéndome daño en los dedos, siento que ya no puedo ser más dichoso.

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