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Menuda birria de siglo

Si fuera posible (que no lo es), les devolvería lo que llevamos de sigo XXI a sus responsables y les pediría que volviesen a empezar desde el principio, pues hasta ahora lo están haciendo de pena: la caída de las Torres Gemelas en 2001, la crisis financiera de 2008 y, ahora, el coronavirus (más el bonus track del prusés para los españoles en general y los catalanes en particular). Difícilmente se pueden empalmar tantas desgracias sin que parezca que nos ha mirado a todos el mismo bizco (y no me refiero a Oriol Junqueras).

Tampoco es que el siglo XX fuese la alegría de la huerta --en España, la pérdida de las últimas colonias, una república bienintencionada pero catastrófica, una guerra civil y cuarenta años de dictadura; en Occidente, dos guerras mundiales, infinidad de conflictos regionales y el sida--, pero para nosotros, los egoístas baby boomers españoles, tan dados al solipsismo, la cosa no estuvo tan mal: nos libramos de Franco, descubrimos la democracia, disfrutamos del underground barcelonés y la Movida madrileña, nos beneficiamos del amor libre (aunque en la práctica fuera tan imperfecto como el de antes) y esquivamos el sida si no éramos homosexuales ni yonquis; también gozamos de la mejor música popular y del cine más interesante, así como de una situación económica desahogada (a ratos).

En ese sentido, compadezco a esos millennials de los que se burla Bret Easton Ellis: lo de las Torres Gemelas les pilló muy pequeños y lo de Lehmann Brothers solo lo vivieron a través de la ruina de sus progenitores, pero lo del coronavirus les ha jodido la vida a fondo, obligándoles a quedarse en casa cuando deberían estar en los bares haciendo el ganso y tratando de ligar (no me extenderé sobre la birria de banda sonora que les ha tocado para no hacer más sangre).

El problema de devolver al remitente el siglo XXI es que no sabemos su dirección. Los creyentes (no es mi caso) podrían encomendarse al Señor y suplicarle clemencia, pero me temo que, igual que en el siglo XX, nosotros mismos somos los responsables de tanta desgracia: pese a lo que digan sus practicantes, el fundamentalismo islámico no procede de Dios, sino de la estupidez de un sector de la humanidad; la crisis de 2008 nos la trabajamos a conciencia con la desregulación de la banca acometida por Reagan y Thatcher en los años 80, el virus actual suena también a metedura de pata humana, y la reacción de los gobiernos --improvisación, palos de ciego, falta de previsión y líderes infames, entre los que brilla con luz propia el presidente de Brasil, un fascista que además es un idiota (categorías que suelen ir unidas)-- encaja a la perfección con eso que Jean D´Ormesson ha definido certeramente como Ineptocracia.

Si creyera en esas cosas, diría que la naturaleza que tan agudamente execraba Schopenhauer --ese ente que solo piensa en sí mismo, en su necesidad constante de expandirse en dirección hacia no se sabe muy bien donde-- ha tomado las riendas y se ha sacado de la manga el coronavirus para hacer limpieza humana y ambiental --mientras caemos como moscas, el aire está más limpio que nunca--, ya que nos resistimos a desencadenar la Tercera Guerra Mundial y a volver a empezar por el principio. Según el filósofo alemán, la naturaleza odia todo lo que no contribuye a su florecimiento: las mujeres que no se reproducen porque no quieren o porque ya no están en edad fértil, los homosexuales incapaces físicamente de dar a luz, los viejos que se agarran a la vida cuando ya han cumplido su misión hace tiempo…Una naturaleza que va a su bola y a la que le importamos un rábano: por eso nos tuvimos que inventar a Dios, para hacernos la ilusión de que alguien le plantaba cara y de que había un ser superior al que le importábamos.

No sé qué vendrá después del coronavirus, pero tengo la molesta impresión de que la maldita naturaleza todavía no ha terminado con nosotros. Y si nos da un respiro, lo aprovecharemos para ir a la playa, olvidarnos rápidamente del horror recién experimentado y retomar las cosas donde las dejamos (incluyendo el prusés, naturalmente: observemos que, en plena pandemia, un profesor majareta se queja de que se les pretenda imponer a los niños catalanes la figura del Ratoncito Pérez cuando les corresponde El Ratolí Martí). En cualquier caso, aprovechemos esa tregua de aire sin polución y aguas limpias, pues no tardaremos mucho en recuperar nuestra más acendrada costumbre: cagar donde comemos.

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