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Menores: el camino de la reinserción

Los muros son altos. En cada esquina asoma una persona vigilando. Todas las puertas tienen un sistema de control. El movimiento por las instalaciones no es libre. El mobiliario es en mayoría de obra, no se puede desmontar y valerse de alguna pieza. Y las ventanas se abren unos escasos centímetros. Lo justo para ventilar. La seguridad es máxima. En su interior viven personas que han cometido robos, agresiones o abusos sexuales y que pagan bajo internamiento su deuda con la sociedad. Pero tras esa apariencia de prisión, el trabajo que se realiza en sus pasillos va mucho más allá de esa sanción. Y es que si la reinserción es uno de los pilares ante la delincuencia, con los habitantes de este centro cobra aún más peso, ya que ante ellos, cuando salgan de allí, tienen toda una vida por delante. Los más pequeños tienen 14, y los más mayores 18 años.

Se trata del Centro de Reforma Zambrana de Valladolid, el principal de estas características de Castilla y León y por el que pasan cada año cerca de 200 menores para someterse a sentencias de internamiento. De media, suelen permanecer unos cinco meses, un periodo en el que se trabaja a contrarreloj desde una primera fase habitual de negación hasta que se consigue que se ponga en la piel de la víctima y la vergüenza, empatía y sentimiento de responsabilidad afloren. En la mayoría de los casos se consigue. Sólo un ocho por ciento reincide en edad adulta, explica Clara Cano, directora de Zambrana. El resto vuelven a la normalidad, dejando atrás esos días que pasaron entre «barrotes».

Asustados

Cuando llegan algunos lloran, otros están enfadados, otros en shock... Vienen de estar «en su casa o en la calle sin control». En términos generales, sus primeros días viven «asustados», por muy mayores que se vean, de media tienen 16 años y medio. Muchos no saben aún nada de la vida. Otros han conocido mucho demasiado pronto. La situación comienza a normalizarse cuando «ven que se va a apostar por ellos» y empiezan a abrirse. Y es que de inicio tienen una percepción muy particular de ellos mismos. Ejemplo: un chaval que ingresa por haber dado una paliza a su madre y cuando le preguntan por su relación con su familia señala que «muy bien. No hay ningún problema».

Uno de los talleres formativos que se imparten en el centro
Uno de los talleres formativos que se imparten en el centro

La «reforma» de estos adolescentes se sustenta sobre una extensa base teórica en torno a qué factores hacen que una persona joven «insista o desista» en la delincuencia. Hay casos, los más comunes, en los que las infracciones se acotan a una etapa de «confusión de impulsividad» y acabado ese periodo, ese mal camino ya no les llama la atención. En otros casos, los más «difíciles», entran en juego características personales, familiares o contextuales que hacen que sean «más resistentes al cambio». Se trata de supuestos de consumos de sustancias -a los 20 días de iniciar la desintoxicación «comienzan a hilar conversaciones»-, patologías mentales o discapacidad intelectual -a veces no son capaces de entender su situación-. Pero, «los peores» son los que tienen rasgos de psicopatía, con poca empatía hacia la víctima. Son antisociales y con ellos hay que estar atentos incluso de no enseñarles habilidades sociales porque «aprenden a ejercer el mal peor». Se les identifica pronto, porque al llegar ponen de manifiesto cómo han normalizado situaciones que no lo son. «¿De verdad nadie de su familia ha estado en prisión?» o «¿A usted nunca la han pegado? Esos son los más persistentes, los más complicados. Cuesta más, pero si abren los ojos...», expone Cano.

Hay dos perfiles: los que delinquen sólo en su «impulsiva» juventud y otros «más persistentes», marcados por su entornoLa búsqueda de la empatía y la visualización de la víctima son las claves del arrepentimiento

Tanto en los casos más fáciles como en los más difíciles, una de las claves es el trabajo desde el «componente emocional». «El comportamiento empático adolescente es muy importante». Por ello, se busca una justicia restaurativa, que visualicen a la víctima. Incluso en fase de negación, en «su interior saben que es delito», pero hay que llegar hasta allí. Es donde entran en juego los programas de intervención, en los que se exponen, por ejemplo, situaciones que les son extrañas y que ven desde fuera, incluso mediante una película, y que consiguen que se ponga del lado de la víctima de unos hechos similares a los que cometieron. De ahí se lleva el trabajo al terreno de sus casos, donde ya empiezan las «justificaciones y distorsiones», donde acaba viendo tanto el daño que hizo como los «noes que no supo decir». Y es que por mucho que los estudios apunten a que situaciones contextuales pueden propiciar una mayor tendencia a la delincuencia, al final, «la decisión es suya porque muchos con las mismas variables no delinquen», señala la directora del Zambrana.

Día a día

Y todo ello se trata de enmarcar en una jornada en la que la disciplina es una máxima -son residentes de un reformatorio-, pero en la que se trata también de mantener la mayor normalidad posible, asemejando su día a día al de uno en el exterior. Así, se levantan y van al colegio o instituto -dentro o fuera de Zambrana, según la situación particular e internamiento- o acuden a programas prelaborales y talleres de formación. Después comen y tienen un tiempo de ocio. Hasta ahí, altos muros y seguridad por doquier aparte, parece un día cualquiera. Por la tarde empiezan los programas de intervención propios del Centro de Reforma. Los hay de carácter general para la prevención de comportamientos violentos, la búsqueda de la asunción de la responsabilidad de un hecho delictivo, así como salidas a la naturaleza o educación en valores como la iniciativa «valorcesto» de la mano del Real Madrid. Otros son más específicos y se destinan a aquellos con perfiles marcados por las drogas o maltrato hacia la pareja.

La convivencia en general «es buena», hay problemas de control de impulsos y peleas porque «algunos sólo han entendido a lo largo de su vida que se gana con la fuerza», pero se apoyan los unos a los otros. «Son muy de grupos de iguales». De hecho, las habitaciones son individuales, pero hay alguna doble y son las más «reñidas» porque quieren compartir.

Hay algunos que pasan por cada una de las unidades, organizadas por edad, ya sea porque persisten, se fugaron, la condena fue muy larga o porque hay varios hechos de su peor etapa que se han ido judicializando escalonadamente y pagan uno tras otro. Tanto los más reincidentes como los más fugaces guardan, en general, un recuerdo «agradecido» y siguen incluso llamando a sus educadores para hablar «porque están mal» o para contarles que han encontrado trabajo o para presentarles a su hijo.

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