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Mejores o majaras

Esto es lo que nos preguntamos todos. Si de esta saldremos mejores o majaras, como dice el meme. Y la pregunta no es solo relevante desde el punto de vista del bienestar individual o social. Es clave porque la COVID ha venido a entretejerse en un momento en el que teníamos que estar avanzando hacia el cambio de modelo económico. Los riesgos planetarios no han mejorado. Lo avisa ya hasta Bill Gates: el impacto de la crisis climática va a ser mucho mayor al de esta pandemia.

O nos ponemos ya con el cambio de modelo o nos enfrentamos a un periodo de mucho sufrimiento, más que el que ha traído el dichoso virus. ¿Nos ha ayudado esta pandemia a desarrollar las habilidades individuales o las capacidades comunitarias para enfrentarnos a la transición? La verdad es que hay señales en los dos sentidos.

Por un lado, hay una ralentización de la vida bulímica que llevábamos que puede ayudar a tomar conciencia de lo fundamental, a reorganizar prioridades o cambiar modos de vida. La elección de vivir en una zona rural en un periodo de desarrollo del teletrabajo nos muestra que es posible redistribuirnos y aprovechar la tecnología para evitar consumos y emisiones propios de un entorno urbano. Tenemos ganas de bosque y los de la ciudad invadimos cada fin de semana las zonas cercanas de la sierra. Y esto, que parece/es malo, tiene un lado bueno: nos lleva a darnos cuenta de cuánto necesitamos la naturaleza para ser felices. Porque solo protegeremos la naturaleza si aprendemos a quererla.  

Por otro lado, se está instalando una cierta anomia, una desgana que a menudo afecta también a la esperanza. Se llama agotamiento del yo a este efecto: la resiliencia demanda recursos y cuanto más tiempo debemos ser resilientes, más agotamos las reservas. Sería terrible que la pandemia nos dejara con el contador a cero: para impulsar y realizar el cambio social necesitamos tener llenos los depósitos de energía. Los movimientos ciudadanos en digital pierden fuelle. La vida comunitaria funciona mejor en entornos físicos y la obligación de migrar a encuentros digitales los ha debilitado.

Por un lado, hemos reducido consumos impulsivos y algunas categorías como productos bio o plantas han crecido. Hay una mayor responsabilización del ciudadano de a pie por sostener la economía, comprando a los comercios locales. Por otro lado, estamos tirando cada vez más del comercio digital y los envíos a domicilio. Y este modelo, comparado con el hecho de ir a recoger lo que necesitas a un punto central, genera más emisiones y congestión urbana, por no hablar de que se sostiene tantas veces en un modelo de trabajo precarizado.

Por un lado, esta pandemia nos ha mostrado que es posible tener un objetivo común (evitar el bicho, evitar las muertes, aplanar la curva); que los poderes públicos pueden marcar caminos y normas y hacerlas respetar; que los vecinos pueden unirse para llegar donde no llega el estado, haciendo grupos de ayuda mutua, cadenas de voluntarios o poniendo lo que cada uno sabía hacer (yoga, bingo, magia) al servicio de lo común. Que hemos estado aplaudiendo todos a las ocho durante 12 semanas y no había horas al día para hacer todas las actividades que nos ofrecían. Por otro lado, queda patente que siempre habrá un grupo de escépticos que niega el problema; y otro grupo, más numeroso quizá, que lo ignora y sigue poniendo su beneficio personal por encima del bien común, y no sacrifican sus fiestas, sus comidas, sus encuentros, aunque revienten la curva.

Por un lado, salimos mejores. Por otro lado, salimos majaras.

La cosa es que no podemos abandonarnos al escepticismo, a la desgana ni al 'yovoyalomío', ni podemos seguir en esta locura social donde cada uno sigue las voces que escucha en su cabeza y tira para un lado. Tenemos por delante un proyecto claro, el Pacto Verde, que busca cambiar los modelos económicos y sociales en casi todas las industrias y que lleva, de rebote, a cambiar la organización de la vida urbana-rural y la vida en el hogar. Acortar cadenas de suministro, regenerar zonas agrícolas con cultivos sostenibles, conservar o aumentar las reservas hídricas, defender y restaurar los ecosistemas, descarbonizar enteramente el sistema energético, circularizar todos los sistemas productivos evitando el despilfarro, mejorar los edificios para hacerlos más seguros y eficientes.  Ahí es nada. Y en este proceso, no podemos dejar a nadie atrás.

Este cambio solo va a ser posible si unimos esfuerzos. El Pacto Verde solo se va a conseguir si en las demás escalas - la nacional, la autonómica, la municipal- generamos alianzas donde todos rememos en la misma dirección. El tiempo se acaba. No podemos perder más tiempo en disputas fútiles. Tampoco podemos ponernos de perfil, porque nuestra apatía pone en  riesgo nuestra propia supervivencia.

Esta alianza compete, por supuesto, a los poderes públicos, pero no solo. Tenemos que involucrarnos todos: centros educativos, profesores, influencers de toda condición y tamaño, comunidades religiosas, guionistas, creativos, periodistas, artistas, deportistas, cantantes, actores y actrices... Necesitamos una banda sonora que nos suene a diario y nos recuerde la meta y que podemos. Y un relato del futuro al que vamos que nos de el impulso de llegar hasta allí.

Todos tenemos que jugar un papel para generar el cambio individual, y el más difícil, el cultural que va a posibilitar el Pacto Verde. Porque las barreras para el cambio no están en la falta de soluciones, sino en la resistencia a adoptarlas. A veces porque las alternativas más sostenibles se perciben menos eficaces, dan un poco de asco, no sirven para señalar status social, o no se anclan bien en nuestras particulares ideologías. Y para cambiar eso hay que movilizar otras lógicas, otros mitos y otros marcos culturales para que el cambio de estilo de vida que supone el Pacto Verde sea adoptado.

Tenemos muchos ejemplos de que es posible hacerlo. Si se piensa cómo ha cambiado en España, en muy pocos años, la visión del tabaco, los toros, el aceite de palma o del coche diésel, tendrá motivos para el optimismo.

Que se puede, pero con un plan. Haciendo procesos de abajo-arriba, de arriba-abajo y en diagonal, en zig-zag o en círculo. Pero ya, porque vamos tarde.

Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión de la autora y esta no compromete a ninguna de las organizaciones con las que colabora.

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