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Maradona, un Dios de los pies en el barro

La muerte alcanzó a Diego Armando Maradona y algo se ha cerrado para siempre en el mundo del fútbol y más allá. Sus 60 años exceden los de una vida truncada. Había nacido en Villa Fiorito, en la periferia sur de la ciudad de Buenos Aires. Casitas humildes y comidas a veces furtivas. Un padre que llevaba el dinero apenas para la supervivencia. "Yo crecí en un barrio privado... privado de luz, de agua, de teléfono", diría con ironía al revisar esos días.

 Pero a los 9 años ya es presentado en 'Sábados circulares de Mancera', el programa más importante de la televisión argentina, el mismo que vio debutar en este país a Joan Manuel Serrat. Se lo vio jugar con el balón ante la mirada atónita del presentador. Pipo Mancera debió ser el primero en preguntarse de qué planeta venía ese pibe con la cara sucia y los calcetines caídos.

Para entonces, ya se hablaba en Argentinos Juniors de un enviado celestial. Fue el único niño de ese humilde club de la primera división que vestía ropa Adidas cuando la marca alemana apenas había aterrizado en este país y solo unos privilegiados podían jactarse de adquirirla. Ese signo de distinción, llevar Adidas, un bolso y las zapatillas azules con las tres tiras, dejaba entrever a los ojos de los demás un destino absolutamente singular.

"Mi sueño es jugar el Mundial", confesaría poco tiempo después a otro canal televisivo que lo fue a buscar a las canchas del barrio de Saavedra. Ya lo llamaban "Pelusa". En 1973, Diego fue el emblema de "Los cebollitas", el equipo infantil de Argentinos Juniors que ganó el Torneo Evita. Curiosamente, el goleador de ese formidable conjunto fue "Polvorita" Delgado. Claro que a la hora de hablar de magia, todos señalaron a ese pequeño al que nadie podía quitarle la pelota. Dos años más tarde, en el verano de 1975, Diego fue uno de los niños que alcanzaba los balones a los jugadores cuando salía del campo.

 En el entretiempo de Boca Juniors y Argentinos Juniors permaneció solo, sin nadie al lado, en el medio del terreno, para hacer malabarismos con el pie izquierdo. "Que se quede, que se quede", gritaron las tribunas. A nadie que estuvo esa noche en el estadio de Vélez Sarsfield le quedó dudas: Maradona, a los 14 años, era tan diferente que hasta ensombrecía a los mayores.

 1. UN DEBUT SORPRENDENTE
Esas intuiciones se confirmaron el 20 de octubre de 1976. Maradona debutó esa tarde como jugador de la primera división frente a Talleres de Córdoba. No existen siquiera filmaciones de ese momento que muchísimos argentinos dijeron presenciar. No cabrían en el pequeño estadio de tribunas de madera de la calle Gavilán. Nadie quiere renunciar a la condición de testigo único. Por eso, aquel día se inició el mito. Maradona recibió el balón. Oviedo lo fue a buscar con la seguridad que le daban los años. Recibió un caño. El cordobés lo observó irse suelto de cuerpo y con la melena al viento.

Pocos meses más tarde, César Luis Menotti lo hizo formar parte del combinado que se preparaba para el Mundial 1978. Salió en el segundo tiempo del partido contra Hungría y dejó pinceladas de belleza. Sin embargo, el entrenador no lo llevó al certamen. Diego lloró al enterarse. Queda la imagen de su rostro sin consuelo como uno de los desatinos futbolísticos de la Argentina. Tuvo la revancha en el Mundial juvenil de 1979. Ahí pasó de ser promesa a realidad.

Maradona jugó en 1981 en Boca Juniors. A cambio, su equipo de formación recibió una fortuna y numerosos jugadores con los que llegaría a la cima de los torneos locales e internacionales. Diego valía eso y mucho más. Su primer torneo con el equipo más popular de este país tuvo momentos descollantes. Boca fue la antesala del traspaso millonario al Barcelona. 

Pero antes tuvo lugar el Mundial de 1982, un Mundial extraño porque coincidió con la guerra de Argentina con Gran Bretaña por la posesión de las islas Malvinas. Hasta Diego se ofreció ir como voluntario en las horas que el nacionalismo retórico le hacía un inmenso favor a la dictadura. Argentina perdió la guerra y el Mundial. Hasta se fue expulsado ante Brasil, nada menos, después de haber recibido una lluvia de patadas. Le pegó a Batista, acaso por impotencia. Tendría que esperar cuatro años para la vindicación definitiva.

2. SU SALTO A EUROPA: BARCELONA Y NÁPOLES

Pelusa inició a partir de 1982, y mientras su país comenzaba a transitar los últimos meses de la pesadilla dictatorial, su carrera en el exterior. Estuvo en Barcelona junto con Menotti durante casi 700 días.  Los memoriosos suelen repetir que el Camp Nou se colmaba para verlo en acción. Se esperaron días rutilantes. Pero Maradona tuvo solo apariciones efímeras. Una hepatitis y luego aquella embestida de Goikoetxea, el defensor del Athletic de Bilbao, que le fracturó el tobillo, marcaron sus pasos por la ciudad condal. Ganó una Copa del Rey, otra Copa de la Liga y una Supercopa de España. Jugó 58 partidos. Anotó casi 40 goles. También inició su inmersión en el mundo de la noche y la droga. Nunca dejaría de arrepentirse de esa iniciación y el dolor insondable que, fama y espectáculo mediante, lo iría fagocitando. Pero eso sería más tarde. Antes llegaría al sur italiano como una fuerza tectónica.

Núñez y el Pelusa, el día de la firma con el Barça.

Diego vistió la camiseta de Nápoles por 1.200 millones de pesetas. Y ahí, en la Italia más pobre, el mito cobró forma. Fue el artífice de los dos Scudettos, la Copa de Italia, la Supercopa de ese país y única Copa de la UEFA. Diego fue una deidad profana, un estandarte, un símbolo de pertenencia, un horizonte.

3. MÉXICO Y LA CONSAGRACIÓN MUNDIAL

Pero si algo definiría a Diego sería el Mundial de 1986. Argentina se clasificó en el último minuto ante los peruanos. Reyna no dejó que Maradona se moviera por ningún lado. El seleccionado de Carlos Bilardo era blanco de críticas furibundas que hasta alcanzaban a su estrella. Algo, sin embargo, empezó a cambiar a partir del debut ante Corea del Sur (3-1). Jorge Valdano anotó dos goles, pero el diez avisó que ese sería su certamen. Pasaron Italia y Uruguay. Llegó Inglaterra, cuatro años después del conflicto de las islas australes. Aquel gol con la mano, fruto de una picardía que intentó explicarse en clave de una colectividad trasgresora.

La mano de Dios ante Shilton.

El segundo gol a los ingleses tuvo la marca de una epopeya personal. El relato radiofónico de aquella proeza, realizado por el periodista uruguayo Víctor Hugo Morales, concluyó con aquella pregunta que por estas horas recobra su actualidad: "¿de qué planeta viniste?". Morales hizo de su asombro un lugar común: ese tipo no podía ser terrenal. Lo llamó también Dios y los creyentes se persignaron al oír su nombre. Hasta fundaron una Iglesia, con su decálogo, sus rezos y sermones. Finalmente tuvo su Copa. Hasta el presidente Raúl Alfonsín tuvo que pedir perdón en nombre de un país que había desconfiado demasiado. Nunca se había llegado tan alto y sobre los hombros de una sola persona.

Maradona se transformó definitivamente en Diego, el Diego, el hombre al que todo sería perdonado, sus deslices, contradicciones y caídas, hasta  el despunte de un perfil plebeyo que asociaría a la figura de otro mito argentino, Ernesto Guevara, cuyo rostro se tatuaría en un hombro, y las barbas cenicientas de Fidel Castro. Se sintió hasta con poder de desafiar a la misma FIFA que manejaba el brasileño Joao Havelange.

4DECADENCIA
Antes que asomara la decadencia, fruto de su adicción, Maradona escribiría otra página de su épica personal en el Mundial de Italia. Eliminó a Brasil y a los locales nada menos que en Nápoles. Jugó casi con una pierna menos. Pagó el precio de su irreverencia. El club al que había llevado al cenit lo defenestró. Se fue a Sevilla pero sus perlas irrumpieron a cuentagotas. Retornó a la Argentina y profundizó su pendiente. Tuvo su primera causa por drogas. Lo fotografiaron en un coche policial y con la cabeza cubierta. Ya nada sería igual en adelante.

Su paso por Newell's Old Boys, cuando un tal Leo Messi tenía seis años, fue breve y desconcertante. Los incidentes se repitieron en serie. Lo sacaron del Mundial 1994 por haber consumido efedrina. "Me cortaron las piernas", dijo y denunció una conjura. Había imaginado aquel certamen en Estados Unidos como su propia reinvención. Lo que siguió fue un lento e inexorable declive. Sus dos nuevas incursiones en Boca Juniors fueron insípidas. Se despidió del fútbol en 2001 como si estuviera frente a un confesionario colectivo.

"Me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha", dijo en la cancha de Boca Juniors tras su último partido homenaje.  No dejó de repetir que podría haber llegado más lejos aún. "¿Sabés qué jugador hubiese sido sin la droga?”, conjeturó sobre esa ingesta de cocaína que en medio de una gordura colosal lo llevó primero a un exilio cubano y luego al borde de la muerte en Uruguay. Sus resurrecciones siempre fueron maradonianas.

 5. FINAL

Fuera de la cancha, nunca encontró la sosiego. No pudo. No supo. Los escándalos lo siguieron como una sombra. Tuvo dos hijas con su primera novia y esposa, Claudia Villafañe. Luego reconoció a otros tres. Y además en La Habana hay tres que esperan una confirmación judicial. El hipotético octeto de descendientes (casi un equipo de fútbol, ha bromeado una de ellas) lo tuvo presente a su modo en su cumpleaños sesenta y luego, cuando sobrevino la internación.

El día de su boda con Claudia Vilafañe.

Hubo años en que parte de los argentinos se fastidiaron con Maradona. Sus contradicciones, a veces oceánicas, no fueron otras que las de una sociedad que lo celebró y también crucificó. La derecha lo instituyó en un mal ejemplo nacional. "Soy completamente izquierdista, de pie, de fe y de cerebro", les respondía. Lo demás es historia, la historia de un final que se creyó escrito hacía tiempo. Se fue del mundo un 25 de noviembre, el mismo día que Fidel Castro, como si se tratara de una última y suprema mofa, aunque en rigor fue el más triste y previsible de los desenlaces.

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