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Manuel Vilas: «Me preocupa que algunos críticos piensen que cuando un libro se vende deja de ser literatura»

Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) aún conserva el acento aragonés, aunque lleva en la maleta más kilómetros andados que un viajante a la antigua usanza, aquellos que iban carretera y manta vendiendo lo que fuera preciso para sacar a la familia adelante, de crecepelos o bálsamos de Fierabrás a ropa interior. Hasta el año 2018, en el que publicó «Ordesa» (Alfaguara), muy pocos sabían de un escritor llamado Manuel Vilas. Su obra -y su vida, que tanto impregna su obra- pertenecía a un muy cerrado círculo de lectores y de amantes de la literatura, no sé si con mayúsculas o con minúsculas; lo mismo da a estas alturas de la película y de los hechos editoriales. Si en esos amaneceres como autor hubiera tenido que definir a Manuel Vilas, lo habría hecho más como poeta que otra cosa (cerca de veinte libros a sus espaldas), aunque se prodigara en la novela (siete títulos más) y hasta en el ensayo (otros siete en la lista) e, incluso, escribiera crónicas periodísticas (una parte de ellas publicadas en ABC Cultural).

Pero llegó «Ordesa» como una exhalación en su devenir y en el de muchos lectores. Una historia en la que Vilas se abría en canal para exorcizar todos sus miedos y dolores, sus crisis y travesías en el desierto de su (la) existencia: la pérdida de los padres, el divorcio, la separación de los hijos, el alcoholismo... No escondía ante el público ninguna herida, muchas de ellas sin cicatrizar, aún calientes. Se desnudó ante todos, y ese dolor se convirtió en virtud, en redención. Así, poco a poco, fue entrando en la casa de muchos lectores, esos que engrosan la guía telefónica del común de los mortales. Gracias a «Ordesa», Vilas se convirtió en un autor de ese éxito que se fragua de boca a boca, y cuya llama, sin dar demasiada luz o deslumbrar, tarda en extinguirse o puede que nunca se extinga, protegida en el rincón que se ha buscado.

Desde luego, Manuel Vilas, el cariño de los lectores se lo ha ganado puerta a puerta. Feria del libro a feria del libro, de norte a sur de la geografía española. Y en esta itinerancia de escritor y vendedor de (sus) libros, llegó «Alegría», continuación de «Ordesa» en su devenir literario, y con él, el cielo de quedar finalista del premio Planeta 2019, que ganó Javier Cercas. Es curioso, ahora caigo en que la obra comparte título con un antiguo espectáculo de El Circo del Sol. El «show» debe continuar y me pregunto cómo llamará Vilas al siguiente capítulo de su personal historia de amor con esos lectores que transitan por las calles de la vida.

¿Se imaginó en algún momento que su carrera y su trayectoria literaria darían ese vuelco radical?

No te lo imaginas nunca. Simplemente te pegas la vida escribiendo y lo dejas todo a ver qué pasa. Lo que intentas es hacer lo mejor posible el libro que estés haciendo. Hay un azar profundo en la literatura. Yo sí que he visto algo fundamental que es que la literatura sin lectores no existe.

Usted era un autor eminentemente minoritario.

Es una trampa horrible. El escritor que tiene la idea de que lo que está escribiendo no va a llegar al gran público, que lo deje, porque ya no está en el buen camino. La literatura siempre ha sido del gran público. Cervantes era del gran público. A Cervantes lo leía todo el mundo. Ese es un problema de la modernidad, que nos ha desquiciado mucho a los escritores, esta idea de que la literatura no iba a ser asimilada por el gran público.

«Soy un novelista cuya obsesión es la familia. Es el único sitio donde se puede encontrar el amor incondicional»

¿Se considera y le gusta que le consideren un fenómeno de ventas?

Si algo me gustaría considerarme es una persona laboriosa, una persona trabajadora. Es el único adjetivo que tolero sin incomodidad, el de trabajador. Todos los demás adjetivos me incomodan muchísimo, pero el de trabajador me gusta. Soy un trabajador de los libros, de la literatura, una persona que aspira a dedicarle cuantas más horas, mejor. Y ya está. Punto final. No hay más.

¿Cuándo empieza a escribir?

Empecé a escribir con 14 años. Con 14 o 15 años estás leyendo, y ya sabes que lo que lees te está provocando la escritura. En este caso, yo firmé hace un par de años al lado de Fernando Aramburu en la Feria del Libro. No se lo he comentado nunca, pero se acercó un lector, tenía una cola, pero un lector vio que, aparte de «Patria», Aramburu había escrito un montón de libros más, y dijo: «¿Todos estos libros son también suyos?». Se creía que solo era el autor de «Patria». A mí también me ha pasado lo mismo, mucha gente se asombra de que lleve tantos años escribiendo, pero es lo que hay.

¿Cuándo descubre que la familia debe ser el objeto de sus novelas?

Soy un novelista cuya obsesión es la familia. Me he dado cuenta de que la familia es el único sitio donde se puede encontrar el amor incondicional, el amor que no está expuesto a vaivenes sentimentales, o a vaivenes de mercadería o a vaivenes de otro tipo de intereses. Ese es el amor que se da en la familia.

«La crisis fundamental en la que vivimos está basada en cómo los padres se dan cuenta de que sus hijos van a vivir peor»

¿Qué diría a quiénes le han acusado de exhibicionista o de abusar de sentimentalismo?

No es una exhibición, sino un pacto autobiográfico que funciona, y desde Montaigne está formulado: yo te cuento mi vida porque seguro que hay algo que te ha pasado a ti. De hecho, la gente que lee «Ordesa», cuando viene a verme, no me habla de la vida de los personajes, sino de la vida de su familia. Eso es lo que pasa con la narración autobiográfica, que no estás leyendo la vida del narrador, sino tu propia vida.

Cambiando de tercio: recuerdo las crónicas sobre Estados Unidos que publicó en ABC Cultural.

En EE.UU. aprendí muchísimo. Es un país inquietante. Hace tiempo que no voy, y me he hecho adicto a EE.UU. porque ahora necesitaría volver a ir para darme un chute de la cultura popular americana.

«Los últimos 40 años son los mejores de la historia de España»

En las redes sociales usted es un opinador nato. Por ejemplo, sobre España y sus asuntos.

La política en España está paralizada, está claro. Que el desánimo político puede generar desánimo cultural también lo veo. Para que haya energía cultural debe haber también una estabilidad política. Soy optimista, quiero ser optimista, y creo que la cultura sigue siendo muy relevante. De hecho, Occidente ha creado modelos culturales. La democracia es un modelo cultural. Creo en ese modelo cultural, la democracia.

¿No piensa que vivimos un momento en el que todo tiene que ser blanco o negro?

Es un momento en donde hay una exigencia de blanco y negro que a mí me parece agobiante, me parece antidemocrático. Yo reclamo las 50.000 gamas de grises. La literatura son 5 millones de grises. La civilización y la inteligencia son la creación de matices. Si a un escritor le quitas los matices, le quitas la literatura. Políticamente, la matización ahora está mal vista. La imposibilidad de matizar me parece perjudicial para la inteligencia y para la civilización.

¿Sus novelas son un gran homenaje a la gran clase media española?

Sin duda, por supuesto. Porque era la clase social del esfuerzo, la clase social que se construyó en los años 60, gente que se esforzó muchísimo sacando a su familia, un país entero. Era gente positiva, que confiaba en su trabajo. Antes te decía que el adjetivo que me pondría es el de trabajador. Eso lo vi en mi padre. Gente trabajadora. Eso fue la clase media española que se creó en los años 60. Y sigo creyendo en eso, en lo mismo. Sigo creyendo en el trabajo.

«Tengo una visión esperanzada de la sociedad. A pesar de lo que veo y de la destemplanza, y de la desmoralización y de la poca ejemplaridad de la política española»

¿La clase media ha desaparecido?

Tengo una visión esperanzada de la sociedad. A pesar de lo que veo y de la destemplanza, y de la desmoralización y de la poca ejemplaridad de la política española; y de la incapacidad que tienen los políticos españoles de trasladar a sus ciudadanos un ejemplo, un modelo, de comportamiento y de progreso y de sensación de que vamos hacia algún lado; y de racionalidad, porque no hay racionalidad en la política española. Sigo creyendo en el esfuerzo de la clase media española, en la que se construyó en los años sesenta y la que dio origen a la Transición. Los últimos 40 años de la Historia de España son los mejores que ha habido a lo largo de nuestra Historia.

Uno de sus hijos, cuenta en la novela, trabaja como repartidor en Glovo. Es el signo de los tiempos del que hablábamos antes.

Desde que me dijo que trabajaba en eso, cuando veía a alguien por ahí de Glovo, me entraban ganas de ayudarle con la bicicleta.

¿Recuerda cuando le habló a su padre de su primer trabajo?

Sí, fue una redención social. Cuando le dije que había encontrado un trabajo salido de mi carrera, se puso muy contento. Mi padre no tuvo estudios universitarios, y si hubiera podido, los habría tenido, si hubiera vivido en otro momento, él vivió la Guerra Civil... Que yo fuera a la universidad y que tuviese estudios universitarios fue muy importante para él. De alguna manera, vio que la historia tenía sentido porque yo entraba en un sitio al que no había podido entrar él. Ese modelo histórico de redención a través de los hijos en España ha generado la Historia de España. Los padres se sacrificaban porque los hijos iban a vivir mejor, sobre todo desde la posguerra española, los años cuarenta en adelante. La crisis fundamental en la que vivimos está a partir de 2008 basada en cómo los padres se dan cuenta de que sus hijos van a vivir peor, porque toda la distorsión social que vivimos está originada en 2008, es hija de la crisis económica.

«La civilización y la inteligencia son la creación de matices. Si a un escritor le quitas los matices, le quitas la literatura»

¿Cree que su éxito le ha apartado de una cierta clase literaria?

Quiero ser optimista y quiero pensar que no. Quiero pensar que la gente se da cuenta de que el éxito de la literatura repercute en todos los escritores. Hay un tema que me preocupa que es cuando algunos críticos y talibanes piensan que cuando un libro se vende deja de ser literatura.

¿Ha sentido eso tan español que es la envidia?

No lo he sentido. Le voy a ser enormemente sincero: si en algún momento me ha parecido que podía darse, he hecho un esfuerzo enorme de negación, por una razón, porque confío en que este país mejore. Como un acto de fe.

¿Es un escritor compulsivo, es decir, tiene la sensación de que tiene que estar continuamente escribiendo?

Soy un escritor compulsivo por una obsesión por el trabajo. Eso es heredado de mi padre. Cuando era profesor de instituto me levantaba por la mañana e iba a dar mis clases. Desde que me dedico a la literatura, me levanto y tengo que producir, porque entiendo que es mi trabajo. Tengo que escribir todos los días, y si no lo hago, es como si dijera: «Si no has escrito hoy, no comes». Es una especie de atavismo.

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