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Manuel Piosa Rosado, ‘El Lirio’

Conocí al Manuel Piosa en la década de los 70 del siglo pasado y para mí fue toda una revelación. Yo tenía algo menos de 30 años, pero desde pequeño estaba oyendo hablar de él. Porque Manuel Piosa El Lirio era toda una leyenda en Moguer. Cuando lo conocí me pareció un hombre muy bueno, todo lo contrario de lo que había oído decir de él. Mi abuela materna, moguereña ella, nos contaba a mis hermanas y a mí que él había matado a Pinzón al comienzo de la Guerra Civil y nos lo retrataba como un hombre malo. Tanto es así que nos metía miedo diciéndonos que si no nos portábamos bien iba a venir El Lirio.

El Ayuntamiento de Moguer me adjudicó hacer unos trabajos topográficos en el lugar conocido como El Monturrio para hacer el plano que serviría de base para la confección del proyecto del nuevo recinto ferial y quitarlo así de la Plaza de las Monjas, ya que se quedaba pequeño y además era incómodo. Y en el despacho del alcalde, que era Julián Gamón, me presentó a Manuel Piosa diciéndome que sería mi ayudante. Entonces él, muy respetuoso, me dijo “me llamo Manuel, pero puede llamarme Lirio, que es como se me conoce”.

Yo conocía en Punta Umbría a su hermano, también conocido como El Lirio, y tenía cierta amistad con él porque era jardinero y trabajaba en algunos de los chalets que yo andaba midiendo. El Lirio, el de Punta, me ayudaba en muchas ocasiones y se le conté a Manuel, que el destino había hecho que los dos hermanos me ayudaran a mí a medir, cada uno en un pueblo.

Manuel y yo hicimos buena amistad el tiempo que estuvimos juntos midiendo y me contó muchas cosas por las que tuvo que pasar para que no lo mataran, porque él había sido acusado de un crimen que no había cometido.

Efectivamente, hubo unas revueltas muy grandes esos días en este pueblo tan bonito. Por ejemplo, quemaron la Iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Granada, sacaron al centro de la plaza todas las imágenes del interior de la iglesia y las quemaron haciendo una gran hoguera. A todo esto, se sucedían los disparos en la casa de los Pinzón e incluso provocaron un incendio por un lateral. Dentro de la casa estaba de vacaciones Luis Hernández Pinzón, que era teniente coronel y que tenía el antecedente de haber participado en el intento de golpe de estado del General Sanjurjo, que se le llamó la Sanjurjada. Sin embargo, en aquella ocasión no se quiso involucrar en este nuevo intento, por temor a que fuese un nuevo fracaso, pero la verdad es que había quedado “fichado”.

No fue solo la plaza de la iglesia y las calles adyacentes, también las revueltas de la muchedumbre habían logrado entrar en el Convento de Santa Clara y sacar todas las imágenes a la Plaza de las Monjas para quemarlas también. Los disturbios se sucedieron y aumentaron y al alcalde se le fue de las manos este asunto, porque a pesar de pedir ayuda a las autoridades de Huelva, poca ayuda obtuvo. Entre la muchedumbre estaba Manuel Piosa como uno más y todos disparaban. Y entre tantos disparos, varios le dieron al teniente coronel Luis Hernández Pinzón, Pero a saber cuál fue el que le produjo la muerte.

Entonces Manuel Piosa, asustado porque a muchos de ellos los detuvieron y mataron, huyó y se escondió y jamás nadie lo encontró porque él se “enterró” en vida. Y así estuvo más de 30 años escondido en las cuadras de la casa familiar situada en la calle Galinda, que tenía unas caballerizas donde hizo una fosa del tamaño de una tumba en la que se escondía cada vez que oía una voz que no le resultaba familiar.

Eran los momentos más críticos de su cautiverio, porque después salía a estirar las piernas por la casa cuando había tranquilidad. Pero esto era prácticamente solo por la noche, porque su hermana tenía una tienda que recibía gente constantemente para comprar. No obstante, durante el resto del día Manuel no se aburría, pues leía la prensa diariamente ya que su hermana se la traía todos los días.

También se dedicaba a aliñar unas aceitunas que tenían mucha aceptación entre la clientela. Además, arreglaba sillas de enea y fabricaba dulce de membrillo, entre otras muchas cosas para ayudar a su hermana Esperanza, que fue como una madre para él. Por cierto, recuerdo lo muchísimo que me gustaba de pequeño el dulce de membrillo de Moguer, un producto que ya nunca más he vuelto a ver y que seguramente habían sido hechos por Manuel. Eran redondos, como de cinco centímetros de diámetro y la parte exterior era como una corteza más dura, muy ricos.

Cuando se enteró por la prensa de la amnistía que el general Franco otorgó a todos los huidos no se lo podía creer. Su sobrino, que era sacerdote y coadjutor de la Iglesia de La Palma del Condado, se convirtió en su consejero para que se presentase a las autoridades, ya con la tranquilidad de que no le iba a pasar nada. Una vez en libertad, con las ansias de vivir y de salir al aire libre, todas las mañanas muy temprano se iba al campo a caminar.

Al poco tiempo fue cuando el bueno de Julián Gamón, primer alcalde de la democracia en Moguer, le dio trabajo en el ayuntamiento y me lo asignó a mí como ayudante. Recuerdo que algunos días aparecía, para que yo las probase, con algunas lechugas que a él le regalaba Antonio El Realista, con quien también en algunos momentos hacíamos tertulia.

Hace muy poco se estrenó la película titulada La trinchera infinita que trata de un hombre que también se escondió y estuvo oculto muchos años, esa película precisamente se rodó en varios pueblos de Huelva, en la Sierra de Aracena, Carboneras, Higuera de la Sierra, Paymogo.

El Lirio y yo hablamos mucho de aquellos días tan terribles que se vivieron en Moguer y él me contaba que, con su juventud, se dejó seducir con promesas y lo engañaron. Estaba muy arrepentido de haber participado en aquellas revueltas, pero ya no había vuelta atrás. Él fue un perdedor, igual que también lo fue el teniente coronel Hernández Pinzón. En las guerras todos son perdedores.

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